Es la historia del barco más viejo de la guerra de Malvinas. En Los viajes del Penélope (Tusquets), un ex combatiente, escritor y periodista reconstruye sus días en la embarcación indaga, a partir de esa experiencia, en diferentes aspectos de nuestra historia.
Es la historia del barco más viejo de la guerra de Malvinas. En Los viajes del Penélope (Tusquets), un ex combatiente, escritor y periodista reconstruye sus días en la embarcación indaga, a partir de esa experiencia, en diferentes aspectos de nuestra historia.
El 11 de abril de 1982, con 19 años y a punto de terminar el servicio militar en la Armada, Roberto Herrscher fue enviado a combatir a las islas Malvinas. En mayo de ese año, la Armada argentina decomisó la goleta malvinense Penélope, a la que le asignó siete tripulantes nacionales, entre ellos Herrscher, único conscripto del grupo. Durante dos meses, el autor vivió los desastres de la guerra a bordo del «barquito». No sabía entonces que estaba en una nave histórica. Muchos años después, el autor, convertido en prestigioso periodista, fue tras la estela del barco más pequeño y antiguo que peleó en la guerra de Malvinas. Con el nombre Feuerland, el Penélope había sido construido para la expedición a tierras patagónicas del aviador alemán Gunther Plüschow, un particular héroe alemán de la Primera Guerra Mundial. En 1929, el Feuerland fue comprado por un malvinense que lo rebautizó Penélope. Durante décadas fue una de las imágenes más características de las islas Malvinas. En Buenos Aires, Malvinas y Alemania,
Herrscher reconstruyó la fascinante historia del Penélope, pero también la vida cotidiana de los malvinenses desde la guerra hasta la actualidad, buceó en el pasado del nacionalismo alemán anterior al nazismo y se reencontró con los fantasmas de la guerra, su propia historia.
Seis marinos sobre la turba malvinera
(…) El 2 de abril sorprendió a González Llanos trabajando en el Servicio de Análisis Operativo del Comando de Operaciones Navales. Un día después del desembarco de las tropas argentinas en Malvinas, el teniente de navío fue convocado al Comando de Operaciones Navales, donde le ordenaron minar la bahía frente a Puerto Argentino para evitar la entrada de submarinos británicos. Con un suboficial y cuatro cabos, viajó a las islas el 9 de abril en un Hércules de la Fuerza Aérea. Mientras tanto, el Buen Suceso embarcó 25 minas, y el taller de armas de Puerto Belgrano preparaba otro cargamento para enviar en otro buque de ELMA, el Córdoba, que luego del establecimiento del cerco naval inglés nunca llegó a Malvinas. Así fue como, de los cuatro campos minados que habían previsto colocar, sólo pudieron poner dos, y ninguna mina explotó porque al final ningún submarino enemigo entró en la bahía.
Pero en el momento del minado el comando naval argentino estaba seguro de que submarinos británicos debían estar al acecho. Por eso, para que no percibieran la maniobra del Isla de los Estados, el comando naval envió al Forrest, otro de los barcos auxiliares, a actuar de «cortinador acústico antitorpedos». En el Forrest los marinos y conscriptos debían intentar hacer todo el ruido que pudieran para que los radares de los posibles submarinos no captaran la maniobra.
El primer día que salieron a poner el campo minado con el Isla de los Estados, el equipo de González Llanos había instalado una plataforma que salía del costado del buque y alzaba la mina con la pluma. El teniente dirigía la maniobra parado en cubierta, mirando hacia abajo a los miembros de su equipo que trabajaban en la bodega. «Teóricamente la mina se tenía que caer al agua pero no se caía.» Entonces sucedió uno de los episodios más peligrosos en toda la experiencia de guerra del teniente.
«Tratamos de meter la pluma, y en ese momento la mina se cayó en la bodega, en medio de la bodega. A mí se me paralizó el corazón.» Horacio sabía que las minas tienen elementos de activación para que no exploten cuando no deben, pero siempre pueden ocurrir accidentes. Después de unos interminables segundos, la mina no explotó y el equipo del teniente desconectó los cables mientras, sobre la cubierta, los conscriptos del Isla de los Estados contenían la respiración.
A la noche siguiente, 26 de abril, terminó el minado y la orden recibida por González Llanos era que debía volver al continente a entregar el mapa indicando dónde habían puesto las minas. Pero necesitaban oficiales en Malvinas y le ordenaron quedarse y pasar a hacer guardia en la flamante Central de Informaciones en Combate, donde había oficiales de Ejército, Marina y Fuerza Aérea.
El 7 de abril, mientras hacía guardia en la CIC, lo llamó el subjefe de Marina en las islas, capitán de navío Antonio Mozarelli, y le dijo que habían encontrado un barco en la isla Aguila. El 5 de mayo, un avión de reconocimiento de la Armada había divisado la pequeña goleta Penélope atracada en un muelle en esta islita ubicada al sur del estrecho de San Carlos, donde sólo había dos casas con dos familias y un desparramo de ovejas. Con la flota estacionada en el continente después del hundimiento del crucero General Belgrano y los buques y submarinos británicos cerrando el cerco naval sobre las islas, la nave civil podía ser útil. «Mozarelli me dice: "Junte una dotación y váyase a buscar ese barco" (…)».
Texto: Roberto Herrscher y gentileza Tusquets Editores
Para saber más: www.tusquets-editores.es
01/04/07
LA NACION
