El próximo 10 de este mes, la comuna de Adolfo Alsina organizará un encuentro novedoso evocando las tres décadas de la inundación que arrasó con la villa balnearia de Epecuén, la cual desde hace algunos años ha quedado nuevamente expuesta -esto es, sus ruinas- por la bajante experimentada por las aguas, que llegaron a estar diez metros sobre sus calles.
El próximo 10 de este mes, la comuna de Adolfo Alsina organizará un encuentro novedoso evocando las tres décadas de la inundación que arrasó con la villa balnearia de Epecuén, la cual desde hace algunos años ha quedado nuevamente expuesta -esto es, sus ruinas- por la bajante experimentada por las aguas, que llegaron a estar diez metros sobre sus calles.
Epecuén era uno de los puntos turísticos que año a año se potenciaban, apoyado en el poder curativo de sus aguas, con características especiales para mejorar la salud de personas con problemas reumáticos.
Por eso su plaza hotelera crecía y el turismo se fortalecía de manera significativa. Todo parecía prometer un futuro de progreso y prosperidad.
Pero, en 1985, las lluvias registradas en territorio bonaerense fueron colmando las lagunas que forman el denominado sistema de las Encadenadas. Esto tuvo consecuencias catastróficas.
Las inundaciones afectaron a las poblaciones ubicadas en sus bordes y la fuerza del agua destruyó cada una de las defensas que se armaron para tratar de contenerla.
Serían necesarias varias páginas para resumir la cantidad de errores cometidos por las autoridades provinciales en el tratamiento de la situación, así como la falta de respuesta a los pedidos de los habitantes de la zona para anticiparse a las consecuencias de hechos de esas características.
Lo cierto es que, a la hora de la verdad, la resolución final fue sacrificar a Epecuén, volcar en su laguna el sobrante de agua hasta generar la rotura del muro de contención que mantenía a salvo la villa.
El agua entró de repente, dando apenas tiempo para que los habitantes salvaran unas pocas pertenencias. Luego arrasó con todo.
Hoy el lugar tiene mucho de tétrico y fantasmal. Ruinas, restos, rejas oxidadas, cocinas volcadas, raíces de árboles que simulan ser gigantescas arañas blancas. El agua se ha retirado y Epecuén atrae a propios y ajenos por esa particular condición.
Por eso Epecuén no festejará este aniversario, sino que conmemorará aquel hecho. Porque el lugar es un símbolo de todo lo que no se hizo en materia de infraestructura y, lo que es peor, lo que no se ha hecho todavía.
Quizá debiera debería colocarse una placa que diera cuenta de quiénes fueron los irresponsables que permitieron una tragedia semejante. (La Nueva)
04/11/15
