Durante unas semanas, a finales del pasado año, pudimos ver y escuchar en todos los medios de comunicación como piratas de tez morena secuestraban y retenían al atunero vasco Alakrana y a toda su tripulación.
Durante unas semanas, a finales del pasado año, pudimos ver y escuchar en todos los medios de comunicación como piratas de tez morena secuestraban y retenían al atunero vasco Alakrana y a toda su tripulación.
Las opiniones eran casi unánimes y parecía claro frente a que situación nos encontrábamos. Por un lado un grupo de honrados pescadores (de diversas nacionalidades, aunque solo nos preocupasen los españoles) que cumplían con su esforzado trabajo lejos de sus hogares, y por otro una banda de piratas armados, con el único objetivo de lucrarse rápidamente a base de extorsiones y amenazas.
Esto es lo que los medios de comunicación masivos nos transmitieron. Sin embargo cabe preguntarse si hay algo más detrás de este nuevo fenómeno de la piratería del siglo XXI.
Lo primero para entender lo que ocurre en Somalia pasa por conocer la situación económica, social y política de este país africano.
Por una parte se trata de uno de los países más pobres del mundo, con una esperanza de vida que no llega a los 50 años y en el que según los más recientes estudios aproximadamente el 60% de su población es analfabeta. Situada en la zona del Cuerno de África su clima es principalmente desértico, lo cual hace que la agricultura sea escasa y poco productiva, obteniendo gran parte de sus alimentos de los ricos bancos de peces que pueblan sus costas.
Se trata por tanto de una nación desestructurada en lo económico y social, pero también en lo político. La historia de Somalia está plagada de intervenciones extranjeras, desde los tiempos coloniales en que Francia, Italia e Inglaterra se repartían su territorio, hasta la intervención imperialista del ejército de los EE.UU en 1993, el cual fue repelido por la resistencia de los somalíes, que se puede observar, aunque de forma sesgada, en la película Black Hawk Down.
Desde 1991 no existe un gobierno fuerte y estable, lo que ha llevado a numerosos conflictos y guerras civiles, declarándose, de hecho, diversos estados independientes dentro de la propia Somalia controlados por diferentes facciones.
Esta situación de inestabilidad e indefensión ha sido aprovechada por multinacionales pesqueras y estados durante las dos últimas décadas para esquilmar las costas de Somalia sin que el débil gobierno pudiera hacer nada por evitarlo (las fuerzas costeras cuentan con una sola patrullera para vigilar cientos de kilómetros de costas). Este fenómeno se conoce como Pesca Ilegal No Declarada y No Reglamentada (IUU, por su sigla en inglés). Según el Grupo de Trabajo de Alta Mar (HSTF), en 2005 más de 800 barcos pesqueros IUU operaban al mismo tiempo en aguas de Somalia. Se estima que obtenían ilegalmente 450 millones de dólares en pescado y marisco.
Del mismo modo, muchos barcos vierten en la zona toneladas de residuos, en ocasiones radiactivos, que agravan aún más la destrucción de las costas y sus recursos naturales. Las denuncias de estas prácticas se iniciaron a principios de los 90, pero fue tras el tsunami de 2004 que azotó el Índico, y que puso al descubierto y arrastró a la costa los contenedores de basura, cuando el Programa de Medio Ambiente de las Naciones Unidas (UNEP) reconoció que Somalia estaba siendo utilizada como vertedero para desechos peligrosos.
Todos estos hechos están dejando sin trabajo y sin sustento a decenas de miles de personas que basaban su subsistencia, de un modo u otro, en la pesca tradicional que se practica en las costas de África oriental. Este es el contexto en el cual se desarrollan los que ahora conocemos como Piratas Somalíes.
En vista de las circunstancias, muchos pescadores decidieron organizarse en los autodenominadas “Guardacostas Voluntarios de Somalia”. Que con lanchas rápidas acosaban a los barcos extranjeros intentando expulsarles de las aguas de su país.
Uno de los líderes de los piratas, Sugule Ali, explicó que su motivo fue “poner alto a la pesca ilegal y a las descargas en nuestras aguas… No nos consideramos bandidos del mar. Consideramos que los bandidos del mar [son] quienes pescan ilegalmente y descargan basura, y portamos armas pero en nuestros mares”.
Aunque los datos respecto a estos temas nunca son muy fiables el sitio web independiente WardherNews, de Somalia, ha estimado que el 70% de la población del país apoya a los piratas-guardacostas. La presión ha obligado a los grandes arrastreros a alejarse de la costa y parece ser que la pesca vuelve de nuevo a ser una actividad viable para los pescadores locales.
Es posible que el secuestro de personas inocentes no sea el medio más adecuado, ya que al fin y al cabo quienes pagan son los pescadores españoles y de otras nacionalidades que no dejan de ser trabajadores a sueldo de estas multinacionales pesqueras, las verdaderas responsables, junto con los gobiernos occidentales de lo que ocurre en Somalia y muchos otros países africanos. Incluso se puede aceptar que lo que en origen surgió como pescadores que defendían sus trabajos y su costa se hayan convertido en algunos casos en mafias más preocupadas por el propio lucro que por el bienestar del pueblo de Somalia.
Sin embargo es necesario comprender que una sociedad desestructurada, degradada por una pobreza extrema y las guerras alentadas desde occidente, con una juventud sin futuro que ve como sus posibilidades de trabajo y sustento desaparecen en aras de beneficios multimillonarios de unas pocas empresas estallen como respuestas violentas en un intento por mantener su soberanía y conseguir una vida mejor.
De nuevo occidente considera que enviando tropas, barcos militares y mercenarios se puede solucionar un problema arraigado en la realidad económica y social de un país sumamente pobre y explotado. Solo el coste del desplazamiento de todas estas tropas a la zona duplica el PIB de Somalia, y permitiría poner en marcha programas de alimentación, salud y educación que llegasen a toda la población del país. Mientras que si los ingresos que se llevan ilegalmente las multinacionales pesqueras pasasen al país africano este vería multiplicado por 4 su PIB.
En este punto se contraponen dos visiones. La imperialista, basada en el militarismo y la imposición por la fuerza, carente de todo sentido humanista. Y la internacionalista, defendiendo la justicia y la solidaridad entre los pueblos. La solución es hacer desaparecer la necesidad de perpetrar actos violentos para sobrevivir, no valerse de la superioridad para imponer nuestra ley. Hasta que esto no sea comprendido sucesos como este seguirán ocurriendo, más o menos organizados, más o menos revolucionarios y conscientes.
31/01/10
EL INSOLENTE
Órgano de Expresión de la UJCE en Castilla y León
