Marina mercante, bandera nacional e industria naval

El optimista: va a salir bien y va a ser una grata sorpresa. El escéptico: va a salir mal y no me sorprende. El realista: sería una grata sorpresa que salga bien, pero si sale mal no me sorprendería.

El optimista: va a salir bien y va a ser una grata sorpresa. El escéptico: va a salir mal y no me sorprende. El realista: sería una grata sorpresa que salga bien, pero si sale mal no me sorprendería.

Las observaciones que pueden hacerse en torno a la acción del Gobierno en uno de los sectores económicos (y estratégicos) más olvidados como lo es el de la marina mercante son múltiples. No caer en preconceptos o en el fundamentalismo político cotidiano es un riesgo por evitar. Pero hoy es casi imposible de sortear. La valoración moral en este caso no es viable. Es fatuo evaluar como "bueno" o "malo" contar con barcos de bandera argentina, tripulados por marinos y capitanes argentinos para el transporte de mercadería argentina.

Es preferible la mirada estratégica: así actúa y así se celebra cada acción que realiza el gobierno de Lula en Brasil. Todo logro, todo proyecto, toda inversión en Brasil es estratégica. Y lo que es estratégico siempre es celebrado. Incluso cuando implica el desembolso millonario en subsidios y protección.

Es preferible también (en un país donde los flancos fiscales necesitan acorazarse permanentemente) hacer un análisis bajo el rigor de la ecuación económica, es decir, si redunda en un beneficio (disminución de costos o más ganancias) ondear el pabellón argentino, en la hidrovía, en barcos que naveguen a Brasil incluso. Pero, ¿para quién? ¿La carga? ¿El armador? ¿El Estado? La mirada que signa la redacción del plan oficial y sindical de recuperar la bandera nacional, incluso vía una reserva de cargas y la importación de buques usados sin arancel, presume tener algo de todo. Más la recuperación de la mano de obra.

Se quiere apuntar a lo estratégico, a lo laboral, a lo fiscal, a lo político. La oportunidad se presenta con un frente sindical muy poderoso y más unido que nunca, y con Maruba que, con un presente difícil, podría propiciar la concreción del plan. Si hay una planificación detrás, sustentada en un proyecto de ley integral (y no viciado de "decretismo") más un gerenciamiento profesional, la crítica al plan estaría viciada de escepticismo. Si no existe nada de eso, sólo sería una crítica realista.
Por Emilano Galli

13/04/10
LA NACION

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