Los secretos del hielo

La Argentina fue el primer país del mundo en contar con una base permanente en la Antártida, en 1904. Hoy la visitan turistas y es el centro de las miradas de los científicos por ser la mejor ventana para estudiar el cambio climático, la amenaza del planeta.

La Argentina fue el primer país del mundo en contar con una base permanente en la Antártida, en 1904. Hoy la visitan turistas y es el centro de las miradas de los científicos por ser la mejor ventana para estudiar el cambio climático, la amenaza del planeta.

Mirada desde muy alto, a través de los ojos de un satélite, su imagen parece la hoja de un árbol.

Es el continente más frío, ventoso y seco de la Tierra. Lo llaman la fábrica meteorológica del planeta, y no es en vano, ya que allí pueden alternar las cuatro estaciones en un mismo día. Parte del misterio radica en que la nieve que cae en la Antártida no se derrite. En lugar de ello, el peso de las subsecuentes nevadas la va “quemando” y la comprime. La capa de hielo (o permafrost) que cubre el Continente Blanco ha crecido luego de años y años de nevadas. Su grosor promedio es de 2200 metros.

Dentro del núcleo o corazón de esos enormes macizos existen polvo, sustancias químicas y burbujas de aire –atrapados durante el proceso de formación de hielo– que son como huellas dactilares capaces de hablar de la historia geológica de nuestro planeta. Los científicos utilizan esos núcleos helados para estudiar los cambios climáticos de la tierra y la atmósfera detrás de claves que expliquen el fenómeno del calentamiento global, proceso que abre un signo de interrogación sobre el futuro.

Además, esas enormes masas de hielo contienen casi el 90% del agua del planeta, y al menos el 70% de ese vital líquido es agua potable, lo que convierte a la Antártida en la reserva de agua potable del planeta. Sus 14 millones de kilómetros cuadrados de superficie ganan 20 millones más cuando buena parte del mar que la rodea se congela y lo vuelve el tercer continente más grande del globo.

En la Antártida hace mucho frío; el récord: casi 90º bajo cero. Tomar una bocanada de ese aire puede generar un espasmo capaz de causar un infarto. Soplan vientos de hasta 330 km por hora. Los temporales son sordos, sin truenos ni relámpagos, y arrastran la nieve endurecida. En la jerga antártica se los llama blizzard. El aire que se respira y el suelo que se camina allí son los más puros y asépticos del planeta: no prosperan virus; sí, algunas bacterias, levaduras y hongos.

En la Antártida ocurren fenómenos ópticos únicos. Por ejemplo, la aurora austral, por arriba de los 100 km de altura, vinculada con los vientos solares. O el blanqueo, durante el que no hay sombras, o los espejismos, que se producen cuando los rayos de luz se refractan en la superposición de capas de aire. Y, por supuesto, en el centro del continente –el Polo Sur–, el amanecer y el anochecer dos veces al año: durante seis meses es de día y durante los otros seis, de noche.

Un laboratorio viviente

El geólogo Sergio Marenssi dirige el Instituto Antártico Argentino (IAA), la primera institución en el mundo dedicada exclusivamente a las investigaciones antárticas, que el 22 de este mes cumplió su 51º aniversario. El doctor Marenssi, como todos aquellos que han hecho de la Antártida el norte de su pesquisa científica (lo que incluye largos y continuos viajes, estadas, exploraciones), no hace ningún esfuerzo por disimular su entrega y compromiso con ese territorio misterioso y fascinante.

–Hace más de un siglo que nuestro país tiene presencia ininterrumpida en la Antártida –explica Marenssi–. Eso permite que contemos con los datos instrumentales más extensos y continuos que se poseen, y que muchas investigaciones emplean cuando se refieren a los cambios climáticos registrados allí. Esos datos tienen gran peso estadístico.

–A menudo nos enteramos de que se derrite el Polo Norte. ¿La Antártida no?

–Hay muchas ciudades y muy pobladas dentro del círculo polar ártico; en cambio, no hay ciudades en el círculo polar antártico. Por otra parte, el océano Ártico es agua congelada, no hay tierra abajo; la Antártida es un continente con una capa de hielo arriba. En efecto, el océano Ártico se está derritiendo rápidamente; en la Antártida, en cambio, se registra un impacto –¿Por qué en la península?

–Porque está rodeada de océanos, y el gran terreno de los cambios se produce en el agua, tras lo cual repercute en la tierra y en la atmósfera. Esta se calienta y se enfría rápido; el océano, como es tan grande, demora más en registrar el calor, pero una vez que elevó su temperatura pasará mucho tiempo hasta que se enfríe. No hay riesgos inmediatos en la Antártida, pero hay fenómenos que “avisan”.

–¿Por ejemplo?

–En los últimos 50 años se detectó un aumento de la temperatura en la península de medio grado en promedio, y también el colapso de dos grandes barreras de hielo, Larsen A y Larsen B, seguramente vinculadas con el calentamiento global. Si este fenómeno agrega agua dulce al océano, se diluirá su salinidad e introducirá una cantidad de agua fría, alterando sus dos parámetros básicos. Esto abre la posibilidad de que los océanos aumenten su caudal y los continentes se cubran de agua. Por eso no nos podemos quedar cruzados de brazos. La Antártida, en ese sentido, nos ofrece una gran oportunidad: es uno de los pocos espacios donde existe una política de Estado que se ha mantenido a lo largo de cien años, un proyecto que comparten los sectores políticos, científicos y militares. Y eso no es poco.

La Antártida, mi hogar

El mayor Sergio Pietrafiesa es el jefe de la Base Esperanza, la única de las bases argentinas donde viven familias, donde funciona (como era de esperarse) una escuela con niveles primario y secundario, y donde nació el primer ciudadano antártico del mundo: Emilio Marcos Palma, el 7 de enero de 1978, al que luego siguieron siete niños más.

No es la primera vez que el mayor Pietrafiesa, de 42 años, llega a la Antártida. En realidad, la verdadera pionera fue su esposa, María Elena Carro, hija de otro militar, que en 1978, cuando era una niñita de 8 años, integró la primera dotación de familias que se radicaban durante un año en la Antártida. Hoy el matrimonio Pietrafiesa repite la epopeya junto a sus tres hijas, Natalia, María Belén y Milagros, 18, 17 y 7 años respectivamente.

–Esta temporada llegaron 8 familias –explica Pietrafiesa–. Entre éstas, los maestros de la Escuela N° 38, Karina y Marcelo, con sus tres hijos. En la base hay 11 casas; cada familia ocupa una de ellas, y los sábados nos reunimos en una noche de pizzas que nunca se suspende. Antes de venir a radicarse una familia, todos sus integrantes realizan una preparación de un año. Tenemos teléfono, Internet, radio (la única argentina en la Antártida), y vemos películas. Las esposas son auxiliares de base y están a cargo de la radio, la guardería, la biblioteca, la videoteca, el centro de documentación.

En la Antártida no se permiten las mascotas. “Ninguna forma de vida no autóctona”, dice el militar, pero advierte que les deben mucho a los perros polares antárticos, que durante décadas arrastraron trineos, y sin quejarse.

“Los chicos –dice– son los que más disfrutan y mejor se adaptan. De la casa más lejana, la escuela está a unos 50 metros. Así que, con excepción de un temporal de más de 80 kilómetros por hora, no faltan a clase.” Pietrafesa dice que se siente el efecto del cambio climático: hay más lluvias, más verde y menos blanco. Y que difícilmente existan problemas de convivencia entre los ocupantes, que este año sumarán 63 personas, entre grandes y chicos. “Y si hay alguna dificultad, se intenta superar los escollos. No existen problemas que se resistan a una buena charla.”

Claro. No es fácil pasar un año lejos de casa, rodeados de frío, de distancia, de una noche que nunca termina de ser día o un día que no se convierte en noche. Pero el mayor Pietrafesa dice que en octubre o noviembre, cuando ven regresar al Rompehielos Almirante Irízar para buscarlos, a muchos se les hace un nudo en la garganta al saber que deben regresar. Es que la Antártida siempre deja huellas.

Por Gabriela Navarra

Fotos: Rafael Calviño/Archivo

Los animales del frío

Focas: hay numerosas especies de focas en la Antártida. Se las divide en verdaderas y no verdaderas. Las primeras son de regular tamaño y tienen los miembros posteriores dentro del cuerpo, excepto los tarsos. Carecen de orejas, se desplazan por el medio acuático y sólo salen para dormir la siesta o tener sus crías. La “foca peletera”, o lobo de dos pelos, por ejemplo, no es una foca verdadera y tiene orejas.

Entre las focas verdaderas se encuentran la de Weddell, la cangrejera, la de Ross, el leopardo marino. Pero es el elefante marino la foca de mayor tamaño: el macho puede alcanzar 7 metros, en tanto que la hembra no pasa de los 3. Su piel es gruesa, de color pardo. El macho puede inflar el morro y transformarlo en trompa. De ahí su nombre. Y, para envidia de muchos, tiene hábitos poligámicos.

Cetáceos: la Antártida alberga el animal de mayor porte que haya existido en el planeta, la ballena azul, que pertenece al grupo de cetáceos barbados o sin dientes. Los cetáceos incluyen también al cachalote y la orca, esta última una especie que se alimenta de pingüinos, focas y otras ballenas.

Aves: hay muchas especies. El albatros frecuenta el Antártico y sobresale por su envergadura (hasta 3,40 m) y majestuoso planeo. Entre los petreles, están el gigante, el damero del cabo, el gris, el antártico, el de Wilson y blanquísimo de las nieves.

Otros integrantes de la fauna son el cormorán de ojos azules, la gaviota, el skúa o gaviota parda y el gaviotín, que viaja más de 40.000 kilómetros entre los polos.

Pero, entre las aves, el grupo de los pingüinos es el que más llama la atención. Tienen andar erguido y son aves sociables, que a menudo viven en comunidades de más de 150.000 individuos. Hay pingüinos de Adelia, antárticos (o de barbijo), Papúa y el emperador, que mide un metro de altura.

El guardaparques

En pocos días, Diego Luis Lucca comenzará a dedicarse a una tarea que difícilmente haya soñado: deberá anillar pichones de petrel gigante, y cuando empiece el frío y comiencen a llegar las focas de Weddell tendrá que censar los adultos y las crías, pesar a las más pequeñas, sacarles muestras de sangre y, a sus mamás, muestras de leche materna.

Desde diciembre de 2006, el guardaparques Diego Luis Lucca está en las islas Orcadas del Sur, a 3229 kilómetros de Buenos Aires. Por medio de un convenio entre la Administración de Parques Nacionales y la Dirección Nacional del Antártico, Lucca, que tiene 44 años y 22 de experiencia, se postuló para trabajar en el Continente Blanco. Y le dieron el sí.

“Realizamos tareas científicas –explica–. Básicamente, el monitoreo del ecosistema antártico a través del estudio de especies de pingüinos, aves y mamíferos marinos. Además, aquí funciona una estación sismológica. Esta isla se encuentra dentro de la placa de Scotia. Se producen sismos con frecuencia y los medimos. También registramos los datos del sistema GPS que monitorea la deriva de la isla y enviamos todo al continente.”

Diego Luis Lucca afirma que está fascinado por los paisajes, el ambiente, la desmesura de los escenarios: dice que hay témpanos –tanto o más grandes que edificios– que van adoptando formas de lo más extrañas, y al cabo de un tiempo desaparecen como por arte de magia. Confiesa también que en medio del griterío de los pingüinos y los cormoranes o el jugueteo de los lobos marinos se siente una paz indescriptible. Con la Base Orcadas, así como con el resto de las bases en la Antártida, es posible tener contacto marcando un número telefónico que equivale a una llamada local. Eso le permite estar cerca de sus tres hijos (la mayor, de 19, estudiante de periodismo, y los dos varones, de 16 y 13, cursando la secundaria) y todos sus afectos. Diego Luis Lucca volverá al continente en febrero de 2008, pero ya lo sabe: en su vida, habrá un antes y un después de la Antártida.

La Argentina: pionera y visionaria

La Argentina fue el primer país que contó con una base permanente en la Antártida: fue inaugurada el 22 de febrero de 1904 en las islas Orcadas. Además, durante 40 años fue ésa la única base permanente. Recién en 1944 Inglaterra inauguró Faraday.

En 1951, el general Hernán Pujato, un militar visionario, fundó el Instituto Antártico Argentino, primera institución científica del mundo dedicada exclusivamente a las investigaciones antárticas. El Instituto Antártico tiene una base permanente, Jubany, establecida a fines de 1953 en la isla 25 de Mayo, de las Shetland del Sur.

La Argentina es el país más cercano geográficamente a la Antártida. El 1º de diciembre de 1959 se firmó el Tratado Antártico, que entró en vigor el 23 de junio de 1961. Los países signatarios originales fueron la Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Rusia (en ese momento, URSS).

Básicamente, el tratado compromete a las naciones a no utilizar el continente para otros fines que no sean de investigación científica y cooperación internacional, y prohíbe toda forma de contaminación o de actividad bélica. Un acuerdo firmado en Madrid en 1991 complementa este tratado y consagra a la Antártida como “reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia”.

La Argentina, Chile y Gran Bretaña reclaman territorios superpuestos. El 29 de octubre de 1969 se fundó la Base Marambio. Y el 11 de abril de 1970 aterrizó allí el primer avión Hércules C 130.

Aun en los peores meses de invierno, el Hércules C 130 va y viene desde Marambio: es que en esa base existe una pista de aterrizaje de tierra compactada, de 1200 metros de longitud y 40 de ancho, que permite el arribo de aviones con tren de aterrizaje convencional, es decir, con ruedas. Entre las bases antárticas y Marambio se realizan vuelos con el DHC-6 Twin Otter, un avión que utiliza esquíes con lo que puede descender sobre el hielo. Durante la campaña de verano, se usan también helicópteros Bell 212 entre los campamentos científicos, las bases, el rompehielos Irízar y Marambio.

La Argentina tendrá una importante participación en el Año Polar Internacional, que se celebra entre 2007 y 2008. Este evento reúne a 10.000 investigadores de 50 países y dispone de mil millones de dólares para conducir mil proyectos de investigación. Nuestro país encabezará siete proyectos y participará de otros veintiséis.

Turismo en la Antártida

Historia: desde hace 15 años, la Antártida recibe turistas.

Tendencia: los registros de la temporada 2005-2006 indican que llegaron 25.000, y la cifra crece. Para la que recién finaliza, se calculan unos 29.000.

Regulación: la Asociación Internacional de Operadores Turísticos Antárticos (Iaato, por sus siglas en inglés), creada en 1991, regula la actividad de turismo en ese continente y agrupa a las compañías que operan allí.

Extranjeros: los registros indican que entre los visitantes hay una abrumadora mayoría de norteamericanos, ingleses, alemanes y australianos; profesionales, ex docentes, gente con sed de aventura y profunda inclinación hacia la naturaleza. “No se puede pernoctar en tierra, y la gente, cuando baja, cuida”, asegura desde la Base Esperanza el mayor Sergio Pietrafesa. El doctor Sergio Marenssi, director del IAA, es más escéptico: “Mientras no interfiera con la ciencia, no tengo comentarios. Pero todavía nadie estudió, por ejemplo, el efecto acumulativo de llevar 500 personas a observar los mismos pingüinos durante varios días, en forma continuada”.

15/04/07
LA NACION

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