Las fotos tomadas desde el espacio por la NASA el pasado mes de agosto han puesto de manifiesto que el mar de Aral, que llegó a ser la cuarta masa líquida más grande del planeta, se evapora a una velocidad mayor de lo esperado. Las autoridades de Kazajstán pusieron en práctica hace siete años un plan intensivo para preservar una parte de ése mar interior centroasiático.
Las fotos tomadas desde el espacio por la NASA el pasado mes de agosto han puesto de manifiesto que el mar de Aral, que llegó a ser la cuarta masa líquida más grande del planeta, se evapora a una velocidad mayor de lo esperado. Las autoridades de Kazajstán pusieron en práctica hace siete años un plan intensivo para preservar una parte de ése mar interior centroasiático.
Se construyó el dique de Kok-Aral para impedir que el agua que llega a través del río Sir Daria se escape hacia el sur. Pero tales medidas, insuficientes según los ecólogos, sólo lograrán salvar el extremo norte del Aral, el que se encuentra en territorio kazajo. El resto del lago, el trozo que pertenece a Uzbekistán en el lado sur, está condenada a desaparecer. Se le había dado un límite de vida de ocho años, sin embargo, al paso que va el cambio climático, no parece que vaya a pasar de dos o tres.
El mar de Aral era hace 50 años un lago ovalado con una superficie de 67.000 kilómetros cuadrados. En medio tenía una isla llamada Renacimiento. Se convirtió más tarde en una península y ahora se confunde ya con el desierto.
Todo empezó con una de las obras faraónicas del régimen soviético: los trasvases, efectuados a partir de 1957, del Amú Daria y Sir Daria, los dos grandes ríos centroasiáticos que desembocan en el Aral. El primero por el sur y el segundo por el norte. A través de numerosos canales, el agua de ambos ríos era desviada para irrigar los campos de algodón en pleno desierto. De esa manera, el caudal que recibía el Aral quedó reducido de 58,4 kilómetros cúbicos de agua al año a apenas un kilómetro cúbico.
La desecación del Aral hizo que muchas localidades, antes situadas en su ribera y ricas en cultivos de legumbres y cereales, sean ahora estériles. Decenas de poblados quedaron aislados en medio del desierto y sin medios para sobrevivir. La arena se tragó dos millones de hectáreas de tierras fértiles.
Las ciudades de Muinak (Uzbekistán) y Aralsk (Kazajstán), los dos puertos principales del Aral, se encuentra hoy día a 180 y 40 kilómetros, respectivamente, de la actual costa. Los esqueletos de los barcos varados en la arena del desierto dan idea de la dimensión de la catástrofe. Uchasái es otro de esos puertos fantasmas, cuyos habitantes vivieron siempre de la pesca. Kazajstán espera que Aralsk vuelva pronto a ser costera.
La agonía del Aral ha afectado también al clima. Los inviernos son mucho más fríos y los veranos más cálidos y secos. La situación sanitaria también empeoró. Durante la época soviética, la isla Renacimiento fue un polígono de pruebas de experimentación de armas biológicas. La contaminación del agua, la tierra y el aire hizo que aparecieran numerosas enfermedades respiratorias e intestinales. El 85% de las mujeres eran anémicas y la tasa de mortalidad infantil llegó a alcanzar el 35 por 1.000. En todo el entorno vivían más de tres millones de personas. La única salida fue buscar otras zonas en donde establecerse.
Para financiar los programas de ayuda y desarrollo de las zonas afectadas por la catástrofe ecológica causada por la desecación del Aral, el Banco Mundial se comprometió en 1995 a conceder un préstamo de 300 millones de dólares en varios tramos.

Polémicas soluciones que nunca llegaron
Las soluciones que los jerarcas soviéticos idearon para enmendar la catástrofe ecológica del mar de Aral fueron no menos espectaculares que la causa que la provocó, es decir la multitud de pequeños trasvases en los ríos Sir Daria y Amú Daria para regar los campos de algodón. La primera propuesta consistía en provocar un aumento del caudal de ambos ríos en sus respectivos nacimientos, los sistemas montañosos del Tian Shan y del Pamir.
El procedimiento consistía en dinamitar los glaciares.
La idea fue abandonada, ya que se temía que sus consecuencias pudieran ser aún mucho peores que la desecación del Aral. El segundo proyecto tuvo más aceptación. Preveía desviar alguno de los grandes ríos de Siberia hacia Asia Central. El elegido fue el río Obi y su nuevo curso debería haber discurrido hasta el Aral a través de Kazajstán.
La costosa obra debería haberse llevado a cabo en la época de la “perestroika”, durante el mandato de Mijaíl Gorbachov, pero los problemas políticos y, sobre todo, económicos impidieron su realización. El actual presidente de Uzbekistán, Islam Karímov, no desaprovecha nunca la ocasión de reiterar sus críticas contra Gorbachov por haber dejado aparcado aquel “esperanzador” proyecto, cuyas secuelas, según los ecólogos, hubieran sido también nefastas.
02/10/09
ABC.ES

