La llegada, el reencuentro.

La llegada, el reencuentro.

El  reencuentro   con  Nicolás Ferrari  y  Sebastian Raviculé,  Guardaparques  que  concluyen  su estadía  anual, fue  muy  alegre  y  emotivo,  pues  ambos,  son compañeros  de trabajo  y  amigos que no  veíamos  hace años.

Tras dos  días  de  descargar  el  buque  Puerto Deseado,  iniciamos  la primer salida   de  trabajo   a  las  colonias  de pingüinos  Adelia y Barbijo en  Punta  Martin,  una  de las  zonas  de investigación en  la  isla;  allí  Sebastian  y  Nicolás,  nos fueron  poniendo  al tanto de  los métodos de  trabajo  y  recomendaciones  especiales  para  que  la tarea  sea  mas  eficaz  y  eficiente.

En  estas  colonias se  realizan  trabajos  sobre la población;  para  ello se  censan adultos  al  arribo,  parejas  en  nido, huevos  durante  la  puesta,  eclosión (cuando salen  del  cascaron  los  pichones) ,  pichones  en  nido, pichones  en  guardería (es  cuando  están  ya  grandecitos y los  juntan  a  todos  en  un mismo  lugar) y total  de pichones   y  adultos;  estos  datos  sirven  para  estudiar  el  éxito  reproductivo de  la  especie.

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También  se  extrae  contenido  estomacal,  para  ver  la  dieta  y   detectar  toxinas o variaciones  en  las  poblaciones de krill,  que  son la  principal  fuente de  alimentación  de  los  pingüinos  en  este  lugar . Este  trabajo  en  particular  se   hace en  la costa  ya  que se  capturan  los  animalitos  cuando  regresan  de alimentarse  mar  adentro.

Otro  de los  trabajos   consisten en censos  de lobos  marinos, focas de Weddell, y elefantes marinos ,  para  ello  se  camina  por  la  costa a  lo  largo  de 5 Km.  contando  los  animales  y  anotando  alguna particularidad  especial;  también  se  colectan  fecas  para  ver  dietas.

En  ocasiones   observamos  focas  leopardos  (temible  predador  marino) descansando  sobre témpanos, por  lo  que  nos  subimos  a ellos  para  fotografiarlos  y  colectar  muestras ya  que  es  el  único  lugar  en  donde  descansan del  agua  marina,  por  ello  es muy  raro  encontrar  uno  en  la  costa.

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La Antártida por dentro

En 1988, con el beneplácito de las compañías petroleras, los países firmantes del Tratado Antártico aprobaron la explotación minera del Continente Blanco, abriendo así la puerta a la degradación ambiental y, tal vez, los conflictos armados. Tres años más tarde recapacitaron y alumbraron el Protocolo de Madrid, que convirtió a la Antártida en una “reserva natural dedicada a la paz y a la ciencia” y prohibió, durante los próximos cincuenta años, toda actividad minera en su ámbito.

El acuerdo será revisado en el año 2041. Se espera que para entonces la humanidad haya comprendido la importancia de la Antártida como regulador del clima planetario, último laboratorio natural sin alteraciones y mayor reserva de agua dulce del mundo. Y el único continente libre de dinero, armas, fronteras, huellas de guerra y catástrofes ecológicas sea declarado Parque Mundial.

La Antártida es también el continente más frío (88º C bajo cero), el de mayor altitud media (2.050 m snm), el más ventoso (con ráfagas superiores a 300 km/h), el más seco (caen menos gotas que en el Sahara y hay zonas donde no ha llovido en los últimos dos millones de años) y el único sin terremotos. Además, la extrema asepsia de su ambiente impide incluso el resfrío más leve y hace que los animales muertos tarden una eternidad en descomponerse. Para colmo de extrañezas, en su corazón -el Polo Sur imperan una sola noche y un solo día, de seis meses. No acaban aquí los prodigios. Gracias a 20 millones de kilómetros cuadrados de mar congelado, logra casi triplicar su extensión en invierno y saltar del cuarto al tercer puesto en el ranking continental, por encima de África.

Sus espaldas cargan hielo y nieve suficientes para cubrir los restantes continentes con una alfombra blanca de 33 metros de espesor y, si se derritieran, aumentar 60 metros el nivel de los océanos.

 Hospeda el 90 % del hielo planetario, el 70 % de las reservas de agua dulce (bastante para un millón de años al ritmo actual de consumo) y produce, en forma de témpanos, un volumen equivalente a la mitad del agua que usa el mundo cada año. ¿Para qué sirve la “torta helada”? No sólo para apagar la sed del planeta cuando hayamos liquidado ríos, lagos y napas subterráneas.

La Antártida y su cinturón marino conforman el sistema de enfriamiento de la nave terrestre, una fábrica de climas y una pieza clave para la circulación de corrientes acuáticas y atmosféricas. También el último laboratorio natural sin alteraciones que le queda al orbe.  Vale decir, una oportunidad única para la ciencia.

A la Argentina corresponde el honor de ser el primer país del mundo (y el único durante cuarenta años) con una base permanente en la Antártida. Se trata del observatorio de la Isla Laurie, en el archipiélago de las Orcadas del Sur, que funciona desde febrero de 1904. Actualmente, nuestro país cuenta con doce bases, en las que se realizan diversas tareas de investigación científica. Algunas son pequeñas aldeas. Es el caso de Esperanza, donde se celebró el primer casamiento antártico y, en enero de 1978, nació el primer bebé (Emilio Palma, hijo del entonces comandante de la base).

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En 1990, un guardaparque colaboró con el equipo científico del Instituto Antártico. La experiencia resultó fructífera.

Al año siguiente, se firmó un convenio para posibilitar el envío de guardaparques a las bases Orcadas, Esperanza y Jubany. Desde entonces, la Administración de Parques Nacionales participa allí en el desarrollo de tres programas biológicos (monitoreo del sistema antártico, aves marinas y mamíferos marinos) y en dos de geofísica (sismología y geodesia). La Argentina es el primer país que envió sistemáticamente guardaparques al Continente Blanco.

 La vinculación de Parques Nacionales con la Antártida tiene un remoto antecedente. A fines de 1903, Francisco P. Moreno alojó en su casa al doctor William Bruce, quien regresaba a Buenos Aires tras explorar las Islas Orcadas.

 El científico escocés, por intermedio de Moreno, le ofreció a nuestro país hacerse cargo del observatorio de la Isla Laurie, semilla de la primera base permanente en territorio antártico.

El viaje

Después de 11 días de navegación en el buque oceanográfico Puerto Deseado, y tras sortear el paso o Mar de Drake, arribamos a la base Orcadas; nuestro hogar y área de trabajo por un año.La base se encuentra en la isla Laurie, que junto con la isla Coronación y otros islotes menores componen el grupo de las Islas Orcadas en la Antártida Argentina.

En estas islas, colonias compuestas por cientos a miles de pingüinos, aves voladoras y mamíferos marinos encuentran un lugar ideal para alimentarse, descansar y/o reproducirse. Es aquí donde la Argentina tiene una de sus Bases Antárticas para investigación científica.

La base está asentada en un pequeño istmo de no más de 4000 metros cuadrados limitado al S por la Bahía Scotia, al E por el Glaciar del C° Monja, al N por la Bahía Uruguay y al O por el C° Mossman.

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Los edificios están algunos elevados a 2 metros y dispuestos de forma separada en taller, casa principal, derretidor de nieve, usina principal, usina secundaria, casa de emergencia, depósito de combustibles, depósito de gas, botero, laboratorio, estación de observaciones meteorológicas, geomagnetismo y sismografía.

Tres sitios históricos y de interés hablan de la historia pionera de la base: “Omond House“, un refugio construido en 1903 con piedras de la isla y amoblado precariamente, por del Dr. William Bruce y su expedición provenientes de Escocia. El observatorio de geomagnetismo montado por Bruce construido en madera de doble pared  en 1904 . Una  casa construida en 1905 y  que  luego  fuera  denominada “casa Moneta”. Por último y mirando al Norte sobre Bahía Uruguay se encuentra el cementerio con los restos y memorias de los expedicionarios fallecidos en los más de 100 años de presencia antártica argentina en la base Orcadas.

05/02/09
LA NACION

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