Una rocambolesca operación de espionaje de la II Guerra Mundial.
Una rocambolesca operación de espionaje de la II Guerra Mundial.
El submarino «Seraph» (foto del archivo de ABC), protagonista de diversas misiones secretas en el Norte de África. La más conocida de todas ellas, la del Mayor Martin, conocido como «el hombre que nunca existió», una treta para engañar a los alemanes sobre el verdadero punto donde se produciría el desembarco del frente sur, que finalmente se produjo en Sicilia.
Desde la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial, Stalin no dejó de echar en cara a las potencias occidentales su incapacidad de abrir un segundo frente en Europa. «¿Van a dejar que hagamos todo el trabajo mientras ustedes miran» declaró el dictador soviético. Lo cierto es que ya existía un plan muy ambicioso para desembarcar en Francia, pero aún existían mucho trabajo que hacer y que resultaba lejano en 1942. Churchill insitió en la necesidad de desembarcar en África, ante el temor muy fundado de que Alemania ocupará todo el norte africano, includo el estratégico Canal de Suez, y que pudiera llegar a las fuentes de petróleo de Oriente Medio. Comenzaba la «Operación Antorcha», que hizo desembarcar a miles de soldados norteamericanos en el norte de África. Durante un tiempo se temió que los alemanes ocuparan España para cerrar el Mediterráneo. Y se especuló también con la posibilidad de que fueran los aliados quienes lo hiceran.
Mientras se peleaba en el norte de África, había que abrir un nuevo frente en Europa, para conseguir que las tropas alemanas se dividieran y aliviaran el frente ruso. Es en este contexto cuando se produce el episodio novelesco que narramos en nuestro «revelado» de hoy. Entrar en Sicilia significaba entra en Europa. Por eso estaba tan bien defendida por los alemanes. Se planteó tender una trampa al espionaje nazi, una treta para que pensaran que la invasión se produciría en otro lugar y que Hitler dividiera las fuerzas.
Ewen Montagu, miembro del Servicio de Inteligencia Naval británico concibió un ingenioso plan. Había que conseguir que supuestos documentos secretos llegaran a manos alemanas con el mensaje que Sicilia no sería el lugar del gran desembarco que se preparaba. Tras descartar diversas posibilidades se pensó en hacer llegar a la inteligencia alemana los documentos en España, donde contaban con una importante red de espias. Se buscó hasta el intermediario, un eficaz espía alemán que operaba en Punta Umbría, desde donde vigilaba todo el tráfico del Estrecho. Para enredar más las cosas se decidió que los documentos los transporara un cadáver, de un oficial británico de la Real Infantería de Marina, cuerpo reducido y selecto, cuyos miembros eran desigandos a menudo para misiones delicadas.
El patólogo Sir Bernard Spilsbury determinó que el cadáver debía ser de un ahogado, muerte que no implicaría ni deterioro ni violencia. Comenzó la búsqueda y el elegido fue un jóven de 30 años que había fallecido en Londres de neumonía. Sus padres se avinieron a la operación y solo pidieron que su hijo recibiera cristiana sepultura. Comenzó la Operación Mincemeat –carne picada-, y lo primero que se hizo fue crear una identidad ficticia: el Mayor William Martin –capitán en realidad pero con el cargo de mayor, equivalente a nuestro comandante, durante la guerra- tomó forma. En su cartera de bolsillo llevaba una carta de amor de una secretaria del Ministerio de la Guerra llamada Pam y dos entradas de un teatro de Londres de mediados de abril. Para la fotografía de carnet se buscó a un hombre con un gran parecido al muerto. Los documentos realmente importantes se metieron en una cartera de mano que, además, llevaba encadenada a su muñeca, para evitar que se perdieran. Entre otras cosas había dos cartas dirigidas al general Alexander y al almirante Cunningham. En ambas se comentaba que la «Operación Husky» -el nombre en clave del desembarco en Sicilia-, no era más que una maniobra de distracción para evitar que se concentrasen más tropas en Córcega y Grecia, lugares de la invasión. Grecia permitía demás acercarse al petróleo rumano, por lo que los alemanes le darían gran verisimilitud.
El 19 de abril de 1943 el submarino «Seraph» se hizo a la mar desde Gibraltar. En su bodega llevaba un extraño paquete con la etiqueta de «instrumentos ópticos». Solo el comandante del submarino sabía que en realidad era el cadáver de un supuesto oficial británico y que había que dejarlo cerca de Punta Umbría, de manera que pudiese ser encontrado facilmente. El 30 de abril, un pescador de Punta Umbría encontró el cadáver que fue inmediatamente puesto a disposición de la Comandancia de Marina de Huelva. La cartera de portadocumentos fueron enviados a Madrid, que los pusó a disposición del espionaje alemán. El vicecónsul inglés de Huelva se encargó de que el cadáver recibiera cristiana sepultura.
Las autoridades españolas recibieron la petición del embajador Samuel Hoare para que les fuese devuelta la documentación que llevaba el oficial británico. El jefe del Estado Mayor de la Marina, Alfonso Arriaga, dio largas y retrasó la entrega de documentos. Cuando los recibieron los británicos comprobaron que habían sido abiertos. La misión parecía marchar bien. Ya solo bastaba que el Alto Mando alemán se tragara el engaño. The Times, mientras tanto, publicó la esquela de William Martin. El 15 de mayo, los alemanes transfirieron del sur de Francia al Peloponeso a una de sus mejores unidades, la I División Acorazada- El general Keitel ordenó el envío de fuertes contingentes a Córcega. Sicilia había sido descartada como principal punta de lanza de los aliados en Europa. El 9 de julio comenzó el desembarco en Sicilia.
La identidad real de William Martin no se conoció hasta 1996. El 29 de octubre de se año, The Daily Telegraph informó de que Roger Morgan, funcionario del Concejo londinense de Kensigton y Chelsea, pudo reconstruir la identidad del que siempre se conoció como el «hombre que nunca existió»: Glyndwr Michael, fallecido a los 34 años en el hospital de Saint Pancrass de Londres. Existen algunas otras versiones. Y aún prevalece un misterio: desde su entierro en 1943 hasta 1994 alguién dejó flores cada día en la tumba de Martin. Nunca se ha sabido quién lo hizo. (Por Federico Ayala Sörenssen; ABC – España)
21/10/16
