Viajeros en libertad – Sin récords ni hazañas

Viajeros en libertad – Sin récords ni hazañas

Una pareja de jubilados holandeses recaló en Argentina como parte de un periplo de once años que hasta ahora no tiene fecha de arribo.

Una pareja de jubilados holandeses recaló en Argentina como parte de un periplo de once años que hasta ahora no tiene fecha de arribo.

Cuando pisaron tierra argentina en junio pasado abrieron su última botella de champagne. Más que festejar la llegada segura a puerto, brindaron por la feliz idea de cambiar de planes justo en medio de su primer cruce del Atlántico. Es que Wytze y Mia Veltman, una pareja de holandeses de la ciudad portuaria de Makkum, planeaban unir Cabo Verde con la exótica y desconocida Surinam, antigua colonia holandesa. Hasta tenían un pariente esperándolos ahí cuando decidieron conocer más a fondo América del Sur y recalar en el puerto de Salvador, Brasil. Bajaron a Buenos Aires con parada en Buceo, llegaron a Dársena Norte y de allí se trasladaron a San Fernando. Mientras hacían algunos arreglos en el barco, dejaron el cockpit para recorrer por tierra algo de nuestro país.

Llevan treinta y cuatro países recorridos en una singladura bohemia y sin prisa que ya cumplió once años. Pero se apuran a aclarar que en absoluto salieron con la idea de darle la vuelta al mundo. Ni de batir récords. “Donde nos gusta, vamos”, explicó Mia mientras convidaba café recién hecho y torta de manzana horneada a bordo del Skua, un sloop de 12.58 metros y 16 toneladas de peso, hecho a medida en su ciudad de origen. “Navegar nos apasiona, claro, pero lo que hace interesante el viaje es la gente y su cultura”, subrayaron casi a dúo, y al minuto sorprendieron con la confesión de que en once años navegando apenas hablaban de temas náuticos.

Para ellos, que se conocieron cuando ambos, profesores de educación física, daban clases de vela en unas vacaciones de verano, la náutica está en la piel. Y en este caso, es un medio para concretar un anhelo que esbozaron de recién casados, hace más de cuarenta años. Vamos a navegar por el mundo, dijeron. Luego llegaron dos hijas y decidieron esperar a que crecieran. “No era común en esa época viajar con niños –aclaran–. Pero, como dice el refrán, hijos grandes, problemas grandes”, dijo con una sonrisa Wytze, intentando explicar por qué esperaron tanto para soltar amarras.

Pero llegaron a los 58 y adelantaron su jubilación cuatro años, aun a costa de perder algo de plata. El trabajo había llegado a una meseta, las chicas estaban grandes y los tres nietos nacidos; ya no había excusas. Salieron a buscar un barco pero dieron con un casco que decidieron trasladar a Makkum para empezar a darle forma al velero que querían. El proceso tomó un par de años, entre el diseño y la construcción, y enriquece el relato de estos viajeros que orillan los setenta años. “Wytze iba una vez por semana a ver cómo iba todo. Los viernes yo iba también y les preparaba algo rico cuando terminaban el trabajo –recordó Mia–. Un día, cuando estaban instalando la ducha afuera, escuché que el constructor le insistía a mi marido que tenía que tener agua caliente porque él sabía que yo la quería así, a pesar de que mi marido le decía que era ridículo, porque uno se ducha afuera cuando hace calor. Ahí me di cuenta de que tanto atender a los obreros había rendido sus frutos: ¡estaban respetando mis indicaciones al pie de la letra!”.

Otras indicaciones de la tripulante del Skua incluían un armario calefaccionado para secar y calentar ropa, un lavarropas bien asegurado y un especiero enorme justo al lado de la cocina eléctrica. “Ese fue el único problema que tuve. Un día vine y vi que el electricista había puesto dos interruptores donde debía ir el especiero, así que tuve que conformarme con ponerlo acá”, explicó mientras señalaba el espacio sobre la pileta de lavar. No fue fácil convencer al carpintero de hacerlo y adaptarlo al ángulo que la carpintería tenía ahí, formando un triángulo. “Me preguntaba para qué necesitaba tantas especias, si él se arreglaba con sal y pimienta. Entonces yo le pregunté si él tenía un solo martillo y un solo destornillador en su caja de herramientas. Tuvo que callarse la boca y hacerlo”, relató con picardía.

En ningún momento el relato de la pareja huele a hazaña. Cuando les pregunté por el mal tiempo y las tormentas, Wytze hizo un chasquido con la boca y levantó la mano derecha como diciendo: no es nada. “Dormimos cada tres horas cuando estamos navegando, con uno de nosotros siempre de guardia; no confiamos mucho en las alarmas. Cuando estamos en medio del océano marcamos la carta cada veinticuatro horas y, cada dos, cuando estamos navegando por la costa. Claro que usamos el GPS, pero seguimos marcando en la carta de papel porque nos da seguridad y porque así aprendimos a navegar nosotros”, subrayó Wytze y recordó la peor tormenta que pasaron: “Mia estaba al timón y yo descansaba adentro. Me llamó y sentí que su voz tenía un tono de preocupación. Cuando me levanté, llovía a cántaros y soplaban 65 nudos. No habíamos tenido tiempo de bajar la mayor, corrimos con tormentín; ella guiaba desde afuera y yo le leía los instrumentos. Por suerte el mar estaba bastante chato, como suele pasar cuando llueve fuerte. Fueron tres cuartos de hora y nada para lamentar”.

Postales de viaje
La bitácora está en la cabeza de Mia. Ella anota cada país visitado y es ella también la que desgranó los recuerdos en la entrevista con Bab. Entre los más admirados destaca el Museo Hermitage, en San Petersburgo, que según contó tiene más cuadros de maestros holandeses que la propia Holanda. “Nos contaron que Pedro el Grande quería que la gente fuera al museo para mejorar su nivel cultural, y entonces se le ocurrió regalar pan y vodka gratis durante la visita. Dicen que fue un éxito”. También narró con entusiasmo los seis años –originalmente sólo serían dos– visitando los países con costa al Mediterráneo. Siria y Líbano los maravillaron por el buen estado de conservación de los sitios arqueológicos y de interés cultural.

También se mezclaron sus emociones al recordar algunos trayectos especialmente osados como la salida de Líbano con destino a Israel: declararon que iban a Chipre y a las 24 millas se desviaron para ser recibidos por una patrulla que finalmente les dio las coordenadas para entrar a Israel escoltados, encandilados y encañonados. O cuando intentaron cruzar el Mar Rojo, con fama de peligroso por los piratas de este siglo. Les recomendaron hacer la travesía junto con los participantes del “Vasco de Gama Rally”, organizado por holandeses. Pero cuando entraron al sitio web para registrarse leyeron con asombro que recomendaban comprar un arma para tener a bordo. Y cuando vieron a algunos viajeros practicando tiro, desistieron. “Ni había pensado en tener un arma a bordo ni jamás hubiera estado dispuesto a disparar primero”, enfatizó Wytze con cierta pena.

Las aguas pesadas del Mar Muerto los dejaron un poco desilusionados. “Está lleno de insectos y el cuerpo te queda todo aceitoso”, se lamentó Wytze. En el desierto, en Túnez, tuvieron una hermosa experiencia. Habían alquilado dromedarios y acampaban sólo protegidos por una barrera de viento por las noches, y a la mañana desayunaban cuscus y pan horneado bajo la arena. Sus guías quedaron fascinados por la armónica de Wytze, así que él decidió regalársela a uno de ellos, que también era músico. Otra de sus mejores anécdotas náuticas no incluyen al Skua pero sí al velero de 6 metros de eslora que llevaron en batán durante unas vacaciones en Venecia. Sabían que estaba prohibido navegar por el Gran Canal, pero decidieron correr el riesgo y, a lo sumo, enfrentar la vergüenza de la multa de mil liras. No hizo falta: cuando celebraban la osadía con una copa de vino, un policía se les acercó, los vio y solamente hizo un gesto de saludo con la gorra. ¿Permisividad latina, le dicen?

Una forma de vida
A esta altura queda claro que estos viajeros no son turistas, y hasta cabe la duda de si son viajeros. Están viajando mientras viven o viviendo mientras viajan, disfrutando de la pensión más rendidora y generosa que uno pudiera imaginar. Una o dos veces al año toman un avión para visitar a sus hijas, radicadas en Holanda y Suiza, pero vuelven enseguida al barco. “En estos años hemos comprobado que algunos amigos no nos perdonan habernos ido tanto tiempo. A veces, cuando llamamos para visitarlos nos dicen que están ocupados. No es fácil volver, creo que por eso nosotros seguimos viajando”, concluyó Wytze, convencido.

13/10/10
BIENVENIDO A BORDO

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