Se insiste con frecuencia en la importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo y el crecimiento.

Se insiste con frecuencia en la importancia de la ciencia y la tecnología para el desarrollo y el crecimiento.

Hay quienes, al parecer, están convencidos: incluso en plena crisis, y si bien siente el golpe, el área más protegida de los recortes presupuestarios que están implementando los países europeos es la actividad científica.

Precisamente, pronto tendremos la oportunidad de ver en vivo y en directo el poderío de una de las más exquisitas maquinarias científico-tecnológicas europeas funcionando aquí, en Buenos Aires, cuando abra sus puertas el nuevo laboratorio asociado al Instituto Max Planck en el polo científico que se levanta en las ex bodegas Giol, el primero de América latina. Para mencionar sólo algunos de los efectos que puede tener este excelso engranaje, bastaría con enumerar los que tuvo en la zona de Munich, donde se creó un centro biotecnológico cuyo núcleo es el Instituto Max Planck de Bioquímica. En los últimos 30 años, la investigación biomédica impulsó a la ciudad y su área circundante y permitió la creación de 164 empresas pequeñas y medianas.

Según los registros, el trabajo de los investigadores de la Sociedad Max Planck se tradujo ya en 3000 invenciones que dieron lugar a 1800 acuerdos de comercialización y 260 millones de euros por licencias. La Max Planck Innovation, el puente entre la ciencia básica y sus aplicaciones, evalúa anualmente alrededor de 150 invenciones, solicita patentes para alrededor de la mitad de ellas y comercializa otras 60 sin protección de propiedad intelectual. Buen ejemplo para la ciencia local que está viviendo una primavera esperanzadora.
Por Nora Bär

22/10/10
LA NACION

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