Durante años, los U-Boote alemanes tuvieron en jaque a los Aliados, sin embargo, existían varias formas de enviarlos al fondo del mar.
Durante años, los U-Boote alemanes tuvieron en jaque a los Aliados, sin embargo, existían varias formas de enviarlos al fondo del mar.
Cargas de profundidad
Durante la guerra contra Adolf Hitler y su esvástica, una de las formas más económicas que tenían los buques aliados que navegaban en superficie para tratar de mandar al fondo del océano un U-Boot alemán sumergido era haciendo uso de las cargas de profundidad. Estas armas, inventadas durante la Primera Guerra Mundial, estaban formadas por un cilindro metálico en el que se introducía una cantidad de explosivo que podía oscilar entre los 150 y los 300 kilogramos (aproximadamente la misma cantidad que el torpedo de un sumergible). Una vez cargada, se arrojaba desde un buque o un avión hacia el fondo del mar con el único objetivo de destruir a cualquier submarino enemigo que estuviese en la zona.
Su funcionamiento era sencillo. Para empezar, los navíos o aeroplanos aliados debían detectar la zona del mar en la que aproximadamente se ubicaba, agazapado bajo las aguas, el U-Boot. A continuación, se situaban encima de la misma, regulaban el detonador de la carga a una profundidad determinada y, finalmente la lanzaban. «En esencia, la carga de profundidad estaba formada por un tambor [lleno de explosivo] y una espoleta basada en un medidor de presión que se activaba al alcanzar una determinada profundidad» explica Carlos Martí Sempere en su libro «Tecnología de la defensa: análisis de la situación española».
Los daños en el submarino
Una vez que se sumergía hasta la profundidad marcada, la carga de profundidad explotaba provocando una gran onda expansiva que podía causar graves daños a los submarinos que se hallasen cerca. Con todo, su objetivo no era sólo hundir aquellos cascarones, sino causarles tantos daños como para obligarles a subir a la superficie. Y es que, una vez que se hallaran bajo el cielo azul, se les podía disparar algún que otro torpeo e, incluso, obligar a su tripulación a salir por patas (o a nado, más bien) con un cañón de superficie.
«Aunque su radio de letalidad era de unos 5 metros, lo que hacía que la probabilidad de destrucción fuera muy baja, la acción combinada de múltiples cargas podía causar suficientes daños en el casco del submarino o en sus equipos como para obligarle a regresar a la superficie, debido a que las ondas de choque que creaban bajo el agua llegaban más lejos, gracias a la excelente transmisión de energía del agua», añade Sempere en su obra-
A su vez, y en contra de lo que nos ha transmitido la factoría «Hollywood» con sus «épicos» films, no hacía falta que las cargas de profundidad tocaran a la nave enemiga para cumplir su función. «Para que causara daños no era necesario el contacto contra el submarino. En un radio de diez metros podía causar graves daños, y el efecto acumulativo de varias cargas podía mandar un submarino al fondo» señala Juan Vázquez García en su obra «U-Boote. La leyenda de los lobos grises».
Aunque su lanzamiento a ciegas provocaba que no fuera fácil acertar a un U-Boot, las cargas de profundidad podían ser verdaderamente letales si daban en el blanco. De hecho, no solo provocaban la ruptura del casco del submarino o dañaban sus componentes vitales, sino que también tenían unos severos efectos psicológicos en la tripulación, a la que le costaba soportar el terror de saber que podían morir en lo más remoto del fondo marino.
Los problemas de las cargas de profundidad
A pesar de su bajo coste comparado con el de otras armas antisubmarinas, las cargas de profundidad también tenían varios inconvenientes. Entre ellos, que las explosiones que generaban eran de tal envergadura que solían dejar inservible el SONAR del barco durante varios minutos (pues el instrumento quedaba copado por el sonido y las turbulencias que generaba el explosivo). Esto impedía localizar a cualquier enemigo sumergido, dejando expuesto el navío de guerra ante un posible ataque. Además, permitía al U-Boot escapar sin ser descubierto si su capitán tenía la suficiente pericia para esquivar los explosivos.
También era necesario conocer la profundidad a la que estaba sumergido el U-Boote –algo extremadamente difícil- para poder programar la explosión de las cargas de profundidad. Una nueva dificultad añadida era que estas armas debían lanzarse siempre desde la popa o los laterales del buque, lo que provocaba que el SONAR perdiera de vista al objetivo. Concretamente, esta situación se producía porque, al desconocerse todavía el funcionamiento de las ondas de sonido bajo el agua, se solían crear «zonas de silencio» (lugares en los que no se podía detectar mediante instrumentos a los sumergibles enemigos) tras el buque.
Finalmente, el capitán del barco que lanzaba las cargas de profundidad no podía estar seguro de que los explosivos hubiesen alcanzado al submarino enemigo. «Otro problema era que no había forma de saber el daño causado, y puesto que una carga tardaba entre 25 y 75 segundo en explotar, dependiendo de la profundidad el U-Boot tenía, en teoría, posibilidad de evadirse», añade el autor español en su texto.
TNT
En principio, y hasta bien entrada la Segunda Guerra Mundial, las cargas de profundidad solían ir copadas hasta los topes de TNT (trinitrotolueno). Este explosivo, fabricado por primera vez en el siglo XIX, destacaba por ser muy estable (es decir, por conservar sus propiedades durante un largo periodo de tiempo y por no estallar sin previo aviso –algo que, sin duda, se agradecía en los buques que surcaban los mares en 1939-). A su vez, era una de los componen más baratos con las que fabricar brutales bombas en aquella época.
La efectividad de este explosivo provocó que pronto fuera uno de los más utilizados durante el conflicto. «El trinitrotolueno es un sólido amarillo, sin olor, que no ocurre naturalmente en el ambiente. Comúnmente se le conoce como TNT y es un explosivo usado en proyectiles militares, bombas y granadas, en la industria, y en explosiones bajo el agua», explica la «Agency for toxic substances and disease registry» («Agencia para Sustancias Tóxicas y el Registro de Enfermedades») en su dossier «2,4,6-Trinitrotolueno».
No obstante, al final de la contienda las cargas de profundidad se terminaron llenando de Torpex, un explosivo el doble de potente que el Trinitrotolueno y que, gracias a su capacidad para prolongar las explosiones, se ganó un hueco rápidamente entre los contendientes de la guerra. «El Torpex tenía sus deficiencias. Era más sensible a la detonación accidental que el TNT y era más frágil, pero dio el poder adicional que se necesitaba para combatir», destaca Robert Gennon en su libro «Hellions of the Deep: The Development of American Torpedoes in World War II» (el cual analiza el desarrollo de los explosivos utilizados durante la Segunda Guerra Mundial).(Por Manuel P. Villatoro; ABC –España)
10/09/14


