“Señor armador: ¡no gaste ni una dracma de más en remendar el maltrecho casco de su bergantín con pulidores de incrustaciones de dudosa aptitud! ¿Acaso no conoce las propiedades del «Sedimentum Paranae»?
“Señor armador: ¡no gaste ni una dracma de más en remendar el maltrecho casco de su bergantín con pulidores de incrustaciones de dudosa aptitud! ¿Acaso no conoce las propiedades del «Sedimentum Paranae»?
Un roce, casi una caricia y dígale chau a todas esas especies depredadoras que corroen su bien más preciado. ¿El precio? ¡Se paga con los granos que viene a cargar! Nuestro lecho es generoso, y el cauce flexible y nuestros pilotos navegan desde el vientre materno. [Letra chica: los puertos o autoridades fluviales no se responsabilizan por alteraciones estacionales de la profundidad que puedan provocar varaduras. Consulte su póliza de seguro].”
La bajante del río Paraná y la varadura del Aristeas P le dan verosimilitud a este improbable clasificado, que difícilmente se hubiera publicado en una revista marítima imposible.
No es una observación maliciosa: el buque tenía 30.500 toneladas de soja en su “panzota” al momento de encallarse. Le extirparon 2600 toneladas y “voló cual pajarito”, y no fue gracias a la recuperación del cauce.
Si la bajante era algo que todos sabían que se venía, desde los puertos privados que cargaron al buque, pasando por la Prefectura que autorizó su partida y hasta los prácticos que lo navegaron, ¿no se habrá confiado demasiado en ese lecho sedimentoso del Paraná, que permite “arar” con el buque sin dañarlo, y cargar un “cachito” más la bodega? No es que esto haya sido la causa de la varadura. Pero es llamativo que con un lifting del 8,5% de la carga el Aristeas recobró su rozagante semblante.
Después, es cierto, parece que todas las bondades que la naturaleza le dejó al río desaparecen con el inesperado batir del cóctel de imponderables… Apenitas se sale del canal, y toda la fuerza de los sedimentos terminan por complicarlo todo. No es para menos: son 25 millones de toneladas de arena, o unos 800.000 camiones repletos por año, lo que baja por este río caprichoso, que tanto da y tanto quita.
Por Emiliano Galli |
07/02/12
LA NACION
