Tras más de dos décadas de navegante.
Tras más de dos décadas de navegante.
“Mi mujer me bancó. Me ahorró el dinero y se hizo cargo de la crianza de las nenas”, dice Roberto Sayas, ahora al frente de un lavadero de autos. A los 15 años comenzaron sus aventuras en alta mar.
Y un día Roberto se cansó.
–Tuve etapas de alegrías y tristezas -dice.
Hoy está al frente de un lavadero de autos en Brandsen al 200. Dice que lo pudo comprar porque Verónica le ahorró el dinero del mar.
***
Roberto Sayas nació hace 40 años en Bahía Blanca. Se crió en Villa Rosas. Estudió en la Escuela Técnica de Ingeniero White. Y un día –cuando todavía se estaba criando– su papá le dijo:
–Acá se trabaja o se estudia. El día de mañana vas a tener una familia y la vas a tener que mantener.
Roberto no quería seguir más con “eso de los libros”. Entonces apareció el papá de una compañera del colegio secundario.
–Me llevó con él a trabajar a Puerto Deseado (Santa Cruz).
–¿Y?
–Me la pasaba aflojando tuercas en los barcos.
–¿En el mar?
–No, siempre estábamos en el puerto.
A los 15 años la aventura estaba buena. Pero igual se extrañaba. Y cada tanto se subía al Don Otto y se comía 38 horas para volver a la casita de los viejos.
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En Puerto Deseado escuchó que arriba de los barcos se ganaba bien. Hizo un curso en la Prefectura Naval de Ingeniero White y estaba listo para “ganar bien”. El primero fue el “Usurbil”, un barco con historia: un pesquero que hizo de espía en la Guerra de Malvinas y que está encallado en la ría bahiense (1 y 2).
–Estuve 2 años, hacíamos pesca de merluza, pero yo quería ir a un barco más moderno.
Llegó la etapa de subirse a los buques de empresas españolas, los que buscan langostinos.
–Con los de langostinos el sueldo es el doble, es menos riesgo y son menos días en el agua.
Ahí nomás, Roberto me muestra un video.
–Siempre hay alguien en el barco que le gusta filmar –me dice.
En un lugar cerrado, cerradísimo, hay unos 20 hombres bien abrigados, con guantes de látex, mamelucos y gorros de lana. Reciben los langostinos, los dividen por peso y los van poniendo en cajas que deben pesar casi exactos 2,200 kilos.
–Se ve que hace frío.
–No tanto, ahí en el lugar de trabajo no tanto. En los túneles sí y se abren seguido para mandar las cajas o también cuando llega el langostino. ¿Ves que tengo puesto un chaleco de neoprene? Ese me lo compré porque cada vez que estaba ahí abajo, se abría la compuerta esa (por donde llega el langostino) y me quedaba paralizado del frío.
Roberto fue contramaestre, el que organiza. Y en el video, entre bromas que le hacen sus compañeros, se ve que para mandar primero supo el oficio. En la maraña de varios pescados, barro, piedras y un montón de langostinos, se lo ve separarlos con una velocidad similar a la de un croupier que acomoda fichas en la ruleta.
–Las cajas tienen sus distintos tamaños de langostinos. Y hay que ordenarlos bien porque después quedan congelados y, si están mal puestos, se rompen. Baja la calidad y después hay problemas para venderlos. Y sabés cómo te tiran la bronca ¿no?
La gente está parada. Mete la mano en medio de la maraña, saca lo que hay que sacar, tira para otro lado el resto, mete en canastos, lava, mete los langostinos en el metabisulfito de sodio para su conservación, acomoda los langostinos, pesa, le pone el papel film, lleva al congelador. Así, 18 horas casi seguidas. Después vendrán las 6 de descanso que hay que saber distribuir entre comida, baño y sueño.
Y cuando se termina, hay que volver al puerto, 1-2 días de descanso y otra vez al agua.
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–¿Y, se gana tan bien?
–No está mal. A mí hay gente que me quería y gente que me odiaba, lo que pasa es que yo intentaba que el barco metiera la mayor cantidad de mareas (salidas al mar) posibles. En cada una (de 10 a 18 días) los chicos pueden ganar unos 12.000 pesos, entonces he llegado a meter 3 en un mes para que se lleven 36 lucas. Eso sí, hay que laburar, eh.
–¿Y la empresa?
–Je, je. Un kilo de langostinos se vende a 17 euros, más o menos. Hacé cuentas, los barcos pueden cargarse hasta 80 o 120 toneladas.
Saco calculadora: 17x1000x120=2.040.000 euros por marea.
***
Cuando la charla va terminando en la sala de espera del lavadero de autos, aparece Verónica. Con Candela a upa.
–¿Ves? Por ella es que me bajé de los barcos. En el último viaje me fui cuando tenía 3 meses y, cuando volví, después de 9 meses, me di cuenta que me había perdido un montón.
También en el agua se perdió el crecimiento de Agostina, que ya tiene 12 y de Martina, que lo abraza fuerte desde sus 8. Por eso le agradece tanto a Verónica.
–Mi mujer me bancó. Me ahorró el dinero y se hizo cargo de la crianza de las nenas.
Pero hay algo más que Roberto se perdió en el agua.
–Extraño a mi viejo. Lo perdí hace un tiempo. No sé, a veces me digo: Tantos años en el agua…
–Los marineros tienen fama de solitarios, hoscos.
–Nooo, a mis hijas no dejo de besarlas todo el día.
–¿Volverías al mar?
–El otro día me llamaron porque querían que les organice todo abajo (donde él hace su trabajo) en un viaje, pero les dije que no, estoy organizando esto del lavadero. Quizás más adelante.
–…
–Bueno, no sé, no sé. Hay tantas cosas que ahora me doy cuenta que me gustan en tierra.
(1) En esta dirección de Internet http://www.google-earth.es/foros.php?k=16377 se puede conocer el lugar exacto donde está encallado.
2) En esta dirección de Internet http://www.lanueva.com/edicion_impresa/nota/3/04/2005/543040/nota_papel.pdf se puede encontrar una entrevista con Héctor Douglas León, uno de sus tripulantes.
“Yo le decía: ¿estás bien, estás bien?”
Roberto cuenta uno de sus peores momentos en el mar.
–Fue en el 93, en el “Argumasa XII”. Estábamos haciendo maniobras y a uno de los que estaba laburando un cable se le enganchó en la ropa, el cable empezó a ahorcarlo y enrollarlo. Lo tiró y la cabeza le pegaba contra el piso.
–¿Lo viste todo?
–Sí. Y agarré y corté el cable con una amoladora.
–¿Y?
–Lo sacamos, lo curaron como pudieron, pero…
–¿Pero?
–A mí lo que me quedó grabado es que yo lo llevé al camarote y el tipo me decía “traeme un espejo, traeme un espejo”. Y yo le decía “no, para qué, estás bien, estás bien”. Y tenía la cara deformada. Y pedía: “Quiero ver a mi hija?. Eso me quedó grabado. Pero bueno, se le rompió la mandíbula en 12 partes. Y hoy el “Paisa” Allende es capitán. Fue con suerte.
“Arriba de los barcos hay droga y alcohol”
En el medio de la charla, Roberto tira: “Arriba de los barcos hay droga y alcohol”.
–Pará, pará ¿cómo?
–Sí, es común.
–¿Qué droga?
–Marihuana.
–¿Marihuana en un trabajo donde una distracción te puede matar?
–Sí, quizás les sirva para relajarse, no sé.
–¿Entonces?
–A veces es jodido. Sobre todo porque a mí me toca el tema de ser el que está al frente de un montón de gente y hay que dirigir ese grupo.
–¿Entonces?
–Les hablo, les digo, los aconsejo, les cuento que estas posibilidades de trabajo no se dan siempre. Pero, ¿hasta dónde puedo?
–¿Y si no?
–Los bajo. Hay un grupo de trabajo y hay que trabajar. La otra vez me pasó con un chico y, bueno, no hubo mucha opción. Lo bajé.
–¿Fumaste?
–Siempre le tuve miedo por el efecto que me pudiera hacer. Soy el contramaestre y siempre me preocupa que se trabaje al máximo y que tengamos el mejor rendimiento posible.
MAXIMILIANO PALOU
“La Nueva Provincia”
04/06/12
LA NUEVA PROVINCIA
