Platenses en la Antártida

Platenses en la Antártida

La experiencia de vivir y trabajar en las bases polares, relatada por profesionales de nuestra ciudad que participaron de distintas campañas.

La experiencia de vivir y trabajar en las bases polares, relatada por profesionales de nuestra ciudad que participaron de distintas campañas.

Esteban Soibelzon, Javier Negrete, Mercedes Santos y Jorge Mennucci, biólogos de la UNLP durante una tormenta de nieve en los alrededores de la base Jubany.

Cuando casi no queda rincón en la Tierra sin explorar, pocos lugares como la Antártida mantienen viva la fascinación por el territorio remoto y virgen. Pocos son también quienes tienen la posibilidad de conocerla. Más allá de los cruceros turísticos que suelen visitar las bases por algunas horas, la experiencia de llegar al continente blanco y realizar en él una experiencia de vida parece reservada casi exclusivamente a militares y científicos.

EL DIA reunió a un numeroso grupo de veterinarios y biólogos platenses que por su actividad tuvieron el privilegio de integrar distintas campañas antárticas a lo largo de los últimos veinte años. Sus relatos conforman una parte de la historia chica de la Antártida, la de la convivencia y las tareas cotidianas en uno de los climas más crudos del planeta.

Los preparativos del viaje, la vida en las bases, las condiciones extremas, la noche sin fin de los inviernos antárticos, la difícil pero enriquecedora convivencia entre los miembros de las dotaciones, y el asombro de internarse en un territorio que permanece casi inalterado desde el principio de los tiempos.

A CAMBIO DEL APENDICE

Cuando en 1986, cursando su cuarto año de Veterinaria en la Universidad de La Plata, a Alejandro Luchelli le ofrecieron viajar a la Antártida como parte de un proyecto de investigación, uno de los requisitos que debía aceptar era extirparse el apéndice. No tenía mucho tiempo para decidirse: el barco partía en dos meses. Tampoco era una oportunidad que fuera a repetirse. Por entonces resultaba poco frecuente que veterinarios integraran los equipos científicos. "No hay problema", se dijo y se despidió de su apéndice. "La experiencia lo valía", asegura hoy a sus 44 años.

La extirpación del apéndice sigue siendo todavía una condición ineludible para quienes participan de las campañas de invierno a la antártida, cuando las posibilidades de evacuación de las bases son ínfimas y, sin infraestructura quirúrgica, una simple apendicitis puede resultar mortal. Otros preparativos en cambio se han modificado mucho desde entonces.

Lejos de los entrenamientos de un año entero en prácticas de emergencia que solía exigir el Instituto Antártico décadas atrás, hoy el énfasis parece puesto en los exámenes psicofísicos y en la formación ambiental de quienes van a ser enviados.

"A los que solemos ir por campañas cortas de verano nos piden ecografías de riñón y vesícula, y un test psicológico. Esto último funciona de filtro. Tratan de determinar no sólo que uno sea una persona mentalmente equilibrada sino que además esté convencido poder soportar las condiciones. Las evacuaciones son excepcionales y se realizan únicamente en casos extremos. No te evacúan por extrañar a tu novia", comenta Javier Negrete, un biólogo de la UNLP que viaja cada verano desde 2003 a la base Jubany para completar su tesis sobre mamíferos marinos.

A quienes no han estado antes en una base antártica, se les exige además realizar un curso sobre medio ambiente. Desde que hace algunos años el Pacto de Madrid introdujo nuevos parámetros ambientales al Tratado Antártico, las medidas de preservación y seguridad ambiental son sumamente estrictas. "Todo el mundo debe estar al tanto de cuestiones que tienen que ver con el manejo de la basura y el combustible, entre otras cosas", explica Negrete.

Pero no toda la preparación para viajar a la Antártida se recibe de antemano. Una parte de ella se realiza in situ. "Durante el relevo anual, los que llegan a las distintas bases conviven algunos días con los que se marchan. En ese período, cada cual tiene la obligación de preparar a quien lo va a suplantar. Se les enseña sobre todo cómo obtener agua, dónde dormir y dónde no, el trabajo con los animales y otros pequeños trucos para arreglárselas en la Antártida", cuenta Alejandro Luchelli.

NOCHES BLANCAS

Vientos de 130 kilómetros por hora, temperaturas entre -22 grados, sensaciones térmicas que llegan los -45, tormentas de nieve de gran intensidad que se desencadenan en pocas horas, una noche casi constante en invierno y días interminables en verano son algunas de las condiciones que mencionan los que han estado en las bases antárticas al describir la crudeza del continente blanco. Una crudeza que no parece terminar de sorprender incluso a quienes han tenido la posibilidad de visitarlo en más de una oportunidad.

"El tiempo cambia muy rápidamente; algunos días despejados se descomponen en cuestión de horas y de pronto tenés una tormenta gigante encima, o sucede que está todo encapotado y quinientos metros más allá hay un claro en el cielo por donde se cuela el sol formando como islas iluminadas sobre el hielo, o generando reflejos rarísimos en los icebergs", cuenta Jorge Menucci, un biólogo de la Universidad de La Plata al hablar de su experiencia en la base Jubany.

"Sin duda lo más raro -agrega Alejandro Luchelli, un veterinario de nuestra ciudad que pasó un invierno en Orcadas- son los fenómenos lumínicos. Durante meses vivimos en una noche casi constante. El sol apenas salía unas horas cerca del mediodía y ya a las dos de la tarde estaba empezando a oscurecer de nuevo".

Por el contrario, en verano, el día se torna interminable. "Perdés por completo la noción de la hora. Tal vez son las diez de la noche y seguís trabajando afuera porque todavía hay luz y no te imaginás que es tan tarde", cuenta Esteban Soibelzón, quien estuvo en Jubany como parte de un equipo de biólogos.

"Hacia fines de diciembre los días se van alargando hasta llegar a un punto en que el sol apenas se mete en el horizonte y vuelve a salir. La noche no alcanza una oscuridad completa, siempre queda una penumbra y hay que poner mantas en las ventanas para poder descansar bien", dice Soibelzon.

ALDEAS EN LOS CLAROS DE HIELO

Las comodidades varían en la Antártida según el tamaño de las bases, y según sean éstas transitorias o permanentes. Entre éstas últimas, que suman seis en total, las más grandes son Marambio, Orcadas y Esperanza. En ninguna van más allá de ser un conjunto de barracas y galpones, apenas una aldea en un claro del hielo.

"En Orcadas, hay un tipo de casas canadienses, una suerte de contenedores elevados para que la nieve no cubra los accesos", describe Alejandro Luchelli. Lo mismo puede verse en Marambio, donde las barracas de alojamiento se asemejan a casas lacustres apoyadas sobre vigas. Son de metal y están recubiertas en su interior con aislantes térmicos.

"En Esperanza, donde viven familias y hay incluso una escuela (que se incendió la semana pasada), cada grupo tiene su casa con microondas, heladera y cocina, y uno tiene la posibilidad de elegir comer con los suyos si no desea hacerlo en el comedor con el resto. Los militares solteros viven aparte, al igual que el jefe de la base"; cuenta Gerardo Leotta, un veterinario de nuestra ciudad que participó de distintas campañas antárticas entre 1993 y 2001.

Pero salvo los alojamientos familiares de Esperanza, en el resto de las bases el espacio se comparte y las comodidades difieren según la cantidad de gente. "En invierno, cuando las dotaciones no superan las veinte personas, hay lugar de sobra; pero en verano, que es cuando va la mayoría, por ahí tenés que compartir el dormitorio con cuatro o cinco", explica Esteban Soibelzon, un licenciado en biología de la UNLP que viajó como técnico científico a la base Jubany.

Quienes como él van a la Antártida a realizar trabajos científicos de campo sólo gozan de las comodidades de las bases durante los fines de semana. Es habitual que el resto del tiempo los investigadores se alojen en distintos refugios alejados. Hay decenas de ellos; "en general no pasan de pequeñas casillas de madera, con una pocas camas y una cocina", dice.

VIVERES, ENTRE LA ABUNDANCIA Y EL TRUEQUE

Quienes han participado de campañas antárticas coinciden en general que "la comida no es problema", que las bases están muy bien aprovisionadas y que en algunas de ellas, consideradas inevacuables, la provisión de alimentos abarca incluso pequeños lujos como "alcaparras, camarones y centollas".

Los víveres -administrados por el médico, cómo en la antigua tradición marina- se sirven en los horarios de comidas habituales, y se comparten en un mismo comedor o se puede llevar a las barracas, según el régimen de cada base. El resto del día las cocinas suelen estar abiertas para los que quieren picar algo. La premisa es tener cierta conducta y no comer por ansiedad. Los sábados todos en las base se reúnen a compartir la cena. Esos días se acostumbra comer pizza y festejar los cumpleaños.

Pero más allá de que "la comida no suele ser problema" y "el menú es surtido", en ocasiones algunos alimentos frescos escasean y hay que adaptar la carta a estas carencias. En esos casos, el trueque revive como una vieja tradición antártica.

"Se aprovecha mucho la visita de los cruceros. En Orcadas llevábamos a los turistas a recorrer el itsmo y le hacíamos una pequeña visita a la vieja estación de geomagnetismo. No se les cobraba nada, pero a cambio ellos nos convidaban con fruta fresca o queso, o nos invitaban a tomar cerveza el barco", recuerda Gerardo Leotta, un veterinario platense que participó de varias campañas en el marco de una investigación sobre mamíferos marinos.

"En el 86, cuando estuve yo -recuerda por su parte Alejandro Luchelli- no eran comunes los cruceros pero sí había barcos pesqueros, en especial rusos. El intercambio era torpe, pero siempre fructífero. Una vez, a cambio de botellas de vino, nos bajaron al bote un pedazo enorme de carne que casi nos manda a pique. Era un corazón de ballena".

05/08/07
EL DIA

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