La pesca dio frutos. Pero nunca dio estrategas sectoriales con visiones amplias, que dieran la imagen de estar buscando algo más que el provecho individual.
La pesca dio frutos. Pero nunca dio estrategas sectoriales con visiones amplias, que dieran la imagen de estar buscando algo más que el provecho individual.
La historia, lamentablemente, se repite en lo referente a los conflictos portuarios. La riqueza personal ha premiado los esfuerzos de muchas familias que, hace no muchas décadas, llegaron a la Argentina con una mano atrás y otra adelante. Hoy, en Mar del Plata, tenemos los testimonios de empresarios prósperos que supieron embarcarse con padres y abuelos para “parar la olla” de casas prolíficas. Para muchos de esos abuelos las penurias de otrora son anécdotas del pasado y nutren con ellas la admiración de los nietos por las batallas ganadas.
Todavía quedan algunas lanchas amarillas, pero ya casi no queda quien se conforme con las cantidades posibles de esas embarcaciones folclóricas. La industria pesquera ascendió los escalones de las exportaciones argentinas y hoy compite de igual a igual en el ranking económico con otros rubros.
La pesca dio frutos
Pero nunca dio estrategas sectoriales con visiones amplias, que dieran la imagen de estar buscando algo más que el provecho individual. Crecieron los patrimonios y las dichas personales, con esfuerzo y trabajo pero a los codazos y siempre camuflados en el espectáculo del lamento sin fin.
La pesca exige recursos humanos, obras millonarias de dragado, servicios públicos y financiamiento, dólar alto, apoyo oficial y paz social. Pero no muestra interés ni vocación por crear una cultura de pertenencia colectiva basada en la enseñanza generosa de las mejores artes. La pesca tampoco cultiva, porque cosecha en el mar de todos un recurso nacional. Sin embargo, hay que cuidar que no deprede. El discurso de sus principales actores nunca entusiasma. Siempre preocupa o reclama.
Pero no se trata de cargar las tintas sólo sobre algunos. Oscuras complicidades oficiales también supieron medrar con el sector algo más de una década atrás. Se benefició con permisos irresponsables a aquellos que se avinieron a la dádiva y terminaron llevando a la zozobra a toda la actividad, extenuando un recurso que a casi nadie le importó cuidar.
Finalmente, en estos días, la pobreza de miras encarnó en buena parte del sector gremial. Durante 12 días estuvo bloqueado el principal puerto pesquero del país por un reclamo de los estibadores. Sólo la arbitrariedad brutal de la medida podía poner en dudas la legitimidad del reclamo: acceder a una jubilación digna por parte de aquellos que estuvieron años trabajando en la banquina, sin que se cumpliera por parte de sus empleadores con la legislación laboral y los aportes jubilatorios.
Sólo con ejercer sus verdaderos derechos, haciendo saber la conducta evasiva de quienes utilizaron los servicios de sus agremiados, incluso profundizando el conflicto en el marco legal, es posible que los estibadores hubieran tenido un mejor triunfo político y gremial.
El bloqueo despiadado, impidiendo el ingreso de materias primas para las plantas donde miles de trabajadores ganan su pan y el desconocimiento de la conciliación obligatoria, dictada por el Ministerio de Trabajo de la Nación, pusieron al SUPA al borde de la pérdida de su personería gremial. Todo para concluir, 12 días después, con la firma de un acta que no agrega ni un solo punto, ni una coma, de lo que con menos costos se hubiera podido suscribir al comenzar. Más tarde o más temprano las cosas tendrán que cambiar. Aceptar el éxito empresario implica también asumir una responsabilidad social, hacerse cargo de cumplir las normas, pensar el progreso y devolver esfuerzo creativo a la comunidad que hace posible esa realidad. Conducir con lucidez un gremio implica pensar en la proyección sostenible de la actividad, defender a los trabajadores por su condición tanto de la propia como de otras relacionadas.
Más conflictos ahora parecen sombrear el horizonte. Nadie es claro y cada cual mira sólo su propio interés, con exclusividad, lejos de una visión colectiva que sirva al progreso general.
El modelo tumultuoso del palabreo mercantilista le presta servicios a quien especula con el desconcierto y la distracción de los demás. Pero ya son muchos años como para que la pesca toda, trabajadora y empresarial, se avenga de una vez y para siempre a concretar un cambio más edificante en la ciudad.
10/05/12
LA CAPITAL
