Si la navegación nació de una inquietud o de una necesidad, es un misterio. Si fue una invención o un descubrimiento, también. Lo único que se puede tener por cierto es que, desde los hombres de las cavernas en adelante, el ser humano ha navegado y probablemente lo siga haciendo.

Si la navegación nació de una inquietud o de una necesidad, es un misterio. Si fue una invención o un descubrimiento, también. Lo único que se puede tener por cierto es que, desde los hombres de las cavernas en adelante, el ser humano ha navegado y probablemente lo siga haciendo.

La navegación primitiva, la de balsas talladas en troncos, pudo haber nacido como reacción de la natural curiosidad cavernícola que -además de estampar sus manos en las paredes y cortejar a sus mujeres a los garrotazos- exploraba su entorno. Aunque también, el primer astuto “caveman” en treparse a un tronco, puede haberlo hecho por la necesidad de llegar a esa codiciada presa de caza que estaba justo del otro lado de un arroyo. Cuál de las dos hipótesis es la verdadera, seguramente nunca se sepa, aunque ambas sean igualmente factibles.

Esta misma navegación primitiva puede haber nacido como un producto del ingenio de nuestros ancestros, por sí solo, como nació la rueda, la lamparita, el motor a explosión o las naves espaciales. Pero también puede haber sido el descubrimiento de algún pitecántropus que, al ver en el riacho cercano a una ranita parada sobre una madera que flotaba corriente abajo, se le haya cruzado por la cabeza imitarla. Lamentablemente, ya no queda ningún cavernícola a quien interrogar sobre este punto.

Lo cierto es que el pueblo de la antigüedad más renombrado por su espíritu de navegante e incluso considerado un verdadero precursor en la materia, fue el fenicio. Sin embargo, estos hombres, nativos de tierras pobres y obligados por la circunstancias a navegar en busca de nuevas fronteras, llevaron muy pocos registros de sus conocimientos y tecnología náutica, probablemente por el celo de comerciantes con el que protegían la información para evitar la competencia.

De todos modos, se sabe que sus buques tenían propulsión combinada: remo y vela; aunque desconocían la técnica de la ceñida, que permite navegar hacia barlovento, y -por lo tanto- se movían principalmente a remo y sólo usaban las velas cuando tenían el viento a favor. Siempre que podían se mantenían a la vista de la costa y, si la zona era desconocida o peligrosa, no la navegaban de noche, sino que fondeaban usando en principio pesadas piedras y más tarde anclas de madera rellenas de plomo. En sus viajes con fines de comercio llevaron estas endebles embarcaciones hasta lugares tan remotos como Chipre, Rodas, Sicilia, Cerdeña y España.

Los griegos, una continuidad de la tradición náutica fenicia, ya dividían el curso en cuatro puntos cardinales. El cartógrafo Hiparco fue el primero en dividir el mundo conocido en paralelos y meridianos, tomando como referente el Ecuador y las Islas Afortunadas, hoy conocidad como Canarias.

A pesar de que en el Imperio Romano la profesión de marino estaba mal vista dentro de la escala social (aunque, de hecho, las Guerras Púnicas anotaron algunos puntos a favor de los hombres de mar), aportaron a la tecnología marítima el odómetro, primer dispositivo que, con una rueda, engranajes y piedritas, permitía medir la velocidad de sus trirreme.

Alejandro Magno también puso su granito de arena con la construcción del primer faro. Pero, en el siglo IV, la llegada de los bárbaros a Europa y los prejuicios populares sobre la peligrosidad del mar, detuvieron toda evolución técnica por algo así como cinco siglos, a pesar de que pueblos como los genoveses o los venecianos -más por necesidad que por cualquier otra razón- siguieron navegando.

Contrariamente a los romanos, para los vikingos, ser marino era una segura candidatura a héroe. Entre sus grandes exploradores se destacan Narod, que llegó a Islandia en el año 861, Erik el Rojo, que descubrió Groenlandia en el 983 y su hijo Leif, quien -se cree- pisó suelo americano por primera vez en el año 1000.

La llegada de los árabes y los judíos a la Península Ibérica también contribuyó al desarrollo de la navegación, ya que muchos textos científicos, en particular de astronomía, fueron traducidos del griego, el hebreo y el árabe. El sumun de la náutica de esta época fue durante el reinado de Alfonso X el Sabio (1252-1248), durante el cual un comité de eruditos convocado por la corona publicó las Tablas Alfonsinas, un extenso tratado de náutica astronómica que durante más de dos siglos sirvió para orientar a los navegantes. En la misma época, Raimundo Llul publicó su Arte de navegar e inventó uno de los primeros astrolabios (instrumento para medir la altura de un cuerpo celeste) conocido. El astrolabio dio a su vez origen al sextante, versión corregida y aumentada que hizo su debut alrededor de 1775 y que -mejorando sobre todo la calibración y precisión de los elementos ópticos- se siguió utilizando hasta mediados del siglo XX.

La aparición de la brújula, ya en el siglo XII, fue definitivamente el progreso de la ciencia náutica más significativo de toda su historia. En esta misma época se empezó a popularizar el uso de las cartas náuticas. Todas estas innovaciones crearon el ambiente técnico propicio para que fueran posibles viajes como los de Cristóbal Colón, Vasco da Gama, Alvarez Cabral (el primero en llegar a Brasil) y la maratónica vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, que probó en forma definitiva e incuestionable la esfericidad de la tierra.

Por Diego E. Gualda

22/02/08
BARCOS MAGAZINE

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio