Mar… lo que se dice mar, era el de antes

Por Andrés Julio Gugliotta, especial para NUESTROMAR.

Por Andrés Julio Gugliotta, especial para NUESTROMAR.

Será por causas generacionales o por cualquiera que al lector se le ocurra, pero lo digo y lo repito: Mar era el de antes.

Claro que me refiero a la franja que baña las costas, la que es utilizable por los habitantes pedestres, no por los embarcados. Ese mar que significa la posibilidad de las vacaciones, el descanso merecido y por que no, una oportunidad de dar un paseíto por tiempos pasados.

En esos tiempos, me acuerdo que los balnearios eran verdaderamente una gran familia. Estaban el encargado, seguramente concesionario y “el bañero”. En muchos te daban una colorida calcomanía que prolijamente iba pegada en la luneta trasera con el visto bueno del Viejo y aunque jamás hubiésemos estado en ellos, daba chapa de cosmopolita. El bañero, de estricto slip, era un eximio nadador que por las mañanas se metía en el agua para verificar las corrientes, los pozos, la célebre canaleta que se hacía, etc. Con mares calmos nos miraba y lo veíamos sonreír cuando izaba el gallardete celeste de Mar Bueno. Y cuando él decía: Mar dudoso, era mar dudoso. No había tutía, sonábamos. Con toda su autoridad, para nosotros el mar quedaba sombríamente convertido en un apropiadísimo “mar de dudas”, cosa que tranquilizaba a nuestros padres ya que no nos aventuraríamos más allá de lo que el buen bañero nos permitiera. Hoy, ya redenominados guardavidas, pareciera que sólo poseen dos banderas que, además de la publicidad, tienen impreso un símil de aquellos gallardetes de lanilla: Mar Peligroso y Mar Prohibido. Según esas dos banderas, todos los regocijantes baños de mar de los que disfruté en los últimos quince días de enero, fueron realizados en la más completa infracción ya que nunca hubo otros colores flameando que esos. Con viento, sin viento, con rompiente lejos, con banco después de la canaleta… siempre peligroso o prohibido. Menos mal que Colón no conocía eso de los banderines porque si no, seguiríamos ignorados por el mundo. En fin, que el mar estaba bueno, fresquito y por lo menos de su lado, igualito a como estaba hace cincuenta años.

La franja de transición, es decir la playa, también cambió a mis ojos, aunque la arena es, fue y será igual. Pero antes corríamos de un lado al otro mirando las burbujitas que salían de los pequeños agujeritos cerca del agua. En una de cada cuatro veloces excavaciones, con conchillas bajo las uñas incluidas, sacábamos una almeja de regular tamaño que se apuraba por entrar la lengua y los cuernitos. Años más tarde eso ocurría con los berberechos que después de la ola se desesperaban por enterrarse. Hoy ni hay espacio para agacharse en la playa ya que los tejos y el fútbol tenis y todos los demás deportes costeros ocupan las áreas de exploración y explotación de moluscos bivalvos de nuestra niñez.

Un poco más allá comienza el área de polución sonora. Por qué, por las rizadas barbas de Neptuno o Poseidón, ¿por qué necesitan tanto nuestros jóvenes compartir sus ruidos? Un nuevo retorno al antes, me hacia recordar que la única fuente de ruidos podía llegar a ser la Spica que alguno tuviese pero que inexorablemente moría al poco rato por falta de pilas. Y las pilas eran caras. Hoy cada vecina o vecino de carpa, necesita que por lo menos a dos carpas adyacentes de distancia se escuchen con claridad meridiana los siguientes elementos: Su celular con un timbre de llamada lo más ridículo posible, sus conversaciones por el maléfico aparato donde nos podemos enterar tanto de sus negocios como de sus chismeríos familiares porque los comparte con todos, ¡cómo los comparte…! Después se agrega la conversación a los gritos, con la amiga o amigo que se halla curiosamente a menos de 10 centímetros de distancia, porque espacios, eran los de antes. Ahora todo es apilado. Las sillas de plástico, cuyas patas se abren y doblan hasta dejarnos desairados y repartidos por el piso, en nada se asemejan a aquellas fuertes y pesadas sillas de mimbre, que además de dejarnos los muslos a cuadritos, eran amplias y cómodas. Hay que decir que las reposeras de plástico por aquel entonces no existían y usábamos ora una lona a rayas ora una toalla medio veterana. Hoy nuestras cabezas, de ponerlas a ras del piso, serían pisoteadas inmisericordemente.

Reposeras 1 – Lonas a Rayas 0.

El final lo dejo para el espacio aéreo ya que si algo me falta hoy es espacio. Recuerdo el avioncito de Medias EMIR, o el de aceite Malvaloca de Ybarra. ¡Qué emoción cuando veía la mano del piloto arrojar por la ventanilla el puñado de paracaídas de papel, con bolsitas que contenían arena y medias, costureros con forma de botella, chucherías en general!, pero ¡qué ejercicio impecable de física tridimensional! A la velocidad inicial, la del avión en el momento del lanzamiento, había que afectarla en función del viento en el instante y la altura de lanzamiento. Definido el vector velocidad final y el tiempo estimado de caída debíamos hacer el cálculo mental del punto predicho de aterrizaje con cota igual a la altura propia con brazo extendido más la altura máxima de salto y salir como torpedos humanos hacia ese punto para interceptar con nuestra manito la carga del paracaídas antes que otro hiciera exactamente lo mismo. A mí, la verdad, me gustaba más el paracaídas que la carga pero eran igualmente tentadores. Hoy, aunque esporádicamente aparecía un loco volador haciendo acrobacias con un lindo biplano rojo, de norte a sur y de sur a norte, la cara de un candidato presidencial, un cartel exhortando a pagar los impuestos bonaerenses y una carraspienta bocina anunciando que el tributo a Arjona era en el boliche Mengano, era todo lo que la creatividad publicitaria podía entregarle a nuestra adulta indiferencia.

Y como si esto fuera poco, todos los días de tres a seis, una batucada presunta o realmente importada, azotaba nuestros oídos levemente hipoacúsicos con una increíblemente elevada cantidad de decibeles y una no tan elevada calidad y variedad.
Usted, estimado lector, dirá: “¡Este es un carcamán de aquellos!” pero invariablemente le contestaré: “Mar… lo que se dice mar, era el de antes”.

Por la Costa Bonaerense,  Febrero de 2007

05/02/07
NUESTROMAR

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