SON ALENTADORAS las expectativas que pueden deducirse de la nota publicada una semana atrás en nuestras páginas sobre la tan anhelada creación de un frente marítimo capaz de vincular a Bahía Blanca con esa otra vertiente de su geografía viva y vigente, aunque olvidada.
SON ALENTADORAS las expectativas que pueden deducirse de la nota publicada una semana atrás en nuestras páginas sobre la tan anhelada creación de un frente marítimo capaz de vincular a Bahía Blanca con esa otra vertiente de su geografía viva y vigente, aunque olvidada.
EN PRINCIPIO, alienta saber que, por lo menos, existe una inquietud al respecto, puesto que hasta no hace mucho sólo era visto como un objetivo largamente postergado, recluido en el viejo desván de las frustraciones. El último y quizás único paso en tal sentido lo dio en su momento –hace algo más de un cuarto de siglo– el entonces intendente municipal Víctor Puente, quien promovió la iniciativa del Frente Marítimo e incluso inició algunos trabajos de consolidación y forestación de su futuro camino de acceso. Y si bien es cierto que varios árboles prosperaron, debido al posterior abandono, muchos se fueron secando hasta desaparecer.
RESULTA incomprensible la mutilación geográfica que padece Bahía Blanca, porque de ella podrían derivar múltiples beneficios. Tanto en lo que respecta al encanto que proporciona el mar como el que podría deparar la visita de sus diversas islas, sus paisajes y la variedad de prácticas deportivas. Es tan insólito como si el fenómeno se produjera al revés. Es decir, si la ciudad asumiera exclusivamente su costado marítimo e ignorara el vínculo con el ámbito pampeano que la circunda.
VOLVIENDO A la perspectiva oceánica, más incomprensible resulta aún tal secesión cuando la distancia que separa el centro de la ciudad de la costa no suma más kilómetros que los que se pueden contar con los dedos de una mano. Considerando incluso, por otra parte, que un sistema de visitas guiadas regulares por la reserva ecológica generaría –ni bien se promocionara– un importante interés turístico regional. Sumado a ello el paseo costero y la actividad náutica, inseparable de la presencia marítima.
HACE POCO, mencionábamos en esta misma columna el contraste con lo realizado en materia similar en la ciudad de Azul, donde la sola presencia de un arroyo depara a sus habitantes –gracias al empeño municipal e institucional– las posibilidades de prácticas de remo, amplias playas costeras de arena y áreas para recreación y parquizadas de singular belleza.
RESPECTO DEL tema local, en la citada nota, se explayó al respecto con sólidos argumentos un experto en la materia y conocedor de dicho hábitat, el ingeniero Isidro Ruz. Sin entrar en la pormenorización de los variados aspectos –deportivos, recreativos y urbanísticos–, se sabe que el plan para revertir la situación demandaría proyectos de largo alcance, que requerirán el esfuerzo complementado de la Municipalidad y el Consorcio de Gestión del Puerto. De todos modos, tampoco debe suponerse que se trata de una obra faraónica ni mucho menos. Y que, por otra parte, podría encararse en sucesivas etapas.
EL CONSORCIO ya ha dado múltiples pruebas de eficiencia. La Municipalidad, del mismo modo, resolvió en poco tiempo problemas urbanos que hasta parecían inalcanzables. Por caso, la construcción de la nueva terminal de ómnibus, la recuperación del Parque de Mayo, que entra ahora en su segunda etapa de consolidación, y la Plaza Rivadavia; la tan postergada peatonal, ya en uso, y otros más.
SI AMBOS organismos se abocaran a coordinar una iniciativa en tal sentido, los beneficios para Bahía Blanca y su población serían múltiples. Pondría fin a su larga y triste etapa de vivir de espaldas al mar, despojada de cuantos beneficios le ofrece. Además, cambiaría notoriamente la perspectiva urbana, enriquecería el hábitat natural y exaltaría su estirpe de ciudad marinera, con el usufructo y goce que de todo ello surgiría.
20/07/08
LA NUEVA PROVINCIA – BAHÍA BLANCA
