La Antártida en el Hurtigruten

La Antártida en el Hurtigruten

Dejadme que os explique hoy un poco el día a día de este viaje por la Antártida.

Dejadme que os explique hoy un poco el día a día de este viaje por la Antártida. Como ya comenté voy a bordo del Fram, un barco de la compañía noruega Hurtigruten, especializada en cruceros-expedición por territorios extremos. Hice con ellos hace unos años la travesía de Trømso a Kirkenes, pasando por el Cabo norte, como conté en su día en estos posts.
El barco fue construido en 2007 para este tipo de travesías polares y tiene el casco reforzado para cruzar campos de hielo. Vamos a bordo 190 pasajeros de muchas nacionalidades, 16 de ellos de España. El idioma oficial es el inglés, pero al menos uno de los viajes de la cada temporada se hace también es castellano, con conferencias en dicho idioma.
Navegamos ahora hacia el sur por los canales más resguardados entre el continente helado y las docenas de islas, igual de congeladas, que salpican la península antártica, esa especie de cuerno que le sale al continente en su lado noroeste y que en realidad es una extensión de la cordillera de los Andes.

Cada día, mañana y tarde, la tripulación hace descender las barcas auxiliares y bajamos, por turnos, a tierra. No puede haber más de 100 personas a la vez en la costa. Una vez en ella tampoco puedes moverte libremente: hay lugares y sendas señaladas para que no molestemos demasiado a los pingüinos y cormoranes, que en esta época están criando. Antes del primer descenso nos obligaron a pasar por un aspirador todas las prendas y bolsas que fuéramos a usar en los desembarcos, para eliminar posibles semillas o insectos y no introducir accidentalmente especies invasoras.
Además, en la primera barca van siempre tiendas y comida suficiente para que esas 100 personas pudieran aguantar una semana aisladas.
Puede parecer un exceso de celo en cualquier lugar del mundo… menos en la Antártida. Aquí el tiempo cambia a cada minuto, sin exagerar, e igual sale el sol como que de repente se mete un viento tan huracanado que el Fram tiene que recular y ponerse a resguardo, y las lanchas no podrían volver a tierra a por los pasajeros. En una sola noche aquí, a la intemperie, palma  o palmamos la mitad de los expedicionarios (si no más, dada la edad media del pasaje).
Durante las horas de travesía hay conferencias a cargo de expertos biólogos y geólogos sobre la fauna, la mineralogía y la historia de la Antártida. El barco lleva todas las cubiertas acristaladas, así que cuando te sientas a cenar (nunca se hace de noche totalmente) o te acomodas en uno de los sillones de la cubierta 7 a leer, te ves rodeado por un Cinemascope de glaciares, icebergs, picos nevados y aguas gélidas por las que saltan ballenas, pingüinos, orcas, focas… que te dejan boquiabierto. Como siempre me gusta traerme literatura relacionada, estoy con el estupendo libro de Javier Cacho Amundsen-Scott: Duelo en la Antártida. Pero apenas logro pasar página: siempre acabo embelesado viendo la función en 3D que se retransmite en ese momento  por las cristaleras.
Es imposible aburrirse. No hay un minuto libre. Me levanto a las seis de la mañana e indefectiblemente ya se perfila en la ventana de mi camarote un paisaje brutal. Pongo la cámara en el trípode y no hay descanso hasta las doce o la una de la mañana en que me acuesto.
Aún no he visto un rincón de la Antártida que me decepcione.
Por Paco Nadal

11/01/12
EL PAÍS (España)

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