“¡Fuego, fuego, fuego! ¡Todos a proa!”

Por Mariano Wullich- Enviado especial- La Nación.

Por Mariano Wullich- Enviado especial- La Nación.

PUERTO MADRYN.– No es sólo optimismo: es esa antigua sensación de creerse invulnerable, de que a uno nada le puede pasar. Pero pasa. A las ocho y media de la noche del martes, este cronista salió del baño, duchado, y encontró el camarote con humo. Abrió la puerta del pasillo y olió más, y vio más. El rompehielos Almirante Irízar –uno de los barcos más queridos del país, el mismo que fue hospital en la Guerra de las Malvinas, el que hace cuatro años rescató al buque alemán Magdalena Oldendorff; el que abre a golpes de puños anaranjados los hielos más impenetrables, un bastión de la presencia argentina en la Antártida– no peleaba contra el hielo, su enemigo conocido, sino que enfrentaba una contienda inesperada, una lucha desigual por lo poco acostumbrada, un rival que metió miedo: el fuego.

Empezaron las corridas y se oyó una advertencia que decía: “Se bloquean dos salas de máquinas”. La novedad, real pero sorpresiva para los que se creen invulnerables, llegó después: "Toda la tripulación dirigirse a la cubierta de vuelo para la maniobra de evacuación". Todavía desconfiado, armó su bolsa de abandono (agua, algo de comida, ropa y algo más) y se dirigió al lugar indicado. El panorama cambió de pronto su desconfianza en el pesimismo o el empecinado optimismo. La gente se agrupaba, con cara preocupada, y nadie se reía. Comenzaba la sensación de que el rompehielos se moría.

Se fueron juntando, me junté, con cada grupo de balsa al que se correspondía. Las indicaciones de los oficiales tomaron energía y el fuego no se extinguía. Ya había abarcado toda la sala de máquinas, el edificio de ventilación y avanzaba hasta los hangares. La tripulación trabajaba con orden singular, pero verlos tirar los tubos de gas vacíos, aunque aún explosivos, por la popa del buque, ya era un todo un indicio de que el fuego avanzaba y que las garrafas se convertían en granadas.

La popa ya no era el lugar indicado para esperar: "¡Fuego, fuego, fuego! ¡Todos a proa!", fue la orden más real y más segura. Allí marchamos, ya no quedaban dudas. El fuego no era en llamas, eran inmensas ráfagas de soldadores que atacaban la cubierta siguiente en donde había más garrafas, mientras que por una puerta se despedían residuos de combustibles: un lodo tan sucio, tan barroso, como inflamable y peligroso.

"¡Hombre al agua!"

"¡A las balsas!" Este incrédulo cronista, que suponía que aquellos sorpresivos zafarranchos de evacuación jamás se convertirían en verdad y que nunca hubiera optado por abordar una balsa, se alivió por la opción. El rompehielos estaba en llamas y la sensación era de explosión. Pero pasó lo que todas las maniobras de supervivencia contraindican: llegar mojado a la balsa. Es que en el intento por alcanzarla una ola se la quitó del salto y no llegó a oír el grito de "¡hombre al agua!", pues ya estaba un metro debajo de ésta, a 140 millas náuticas de la costa. Un salvavidas lo subió, sus manos apenas ayudaron y dos suboficiales lo levantaron.

Después, mojado, comenzó con la espantosa rutina de los náufragos: más de 20 personas a oscuras y la espera. Eran casi las once de la noche y el capitán de corbeta Gaona se sumó al temple del vicecomodoro Gabriel Paolini para mantener al grupo unido. Mientras tanto, en la encendida cubierta del rompehielos -según yo me enteraba luego- el comandante del conjunto antártico, Alejandro Losada, intentaba convencer por medio de palabras de amigo, de órdenes imperativas, de acciones afectivas y otras que no lo eran al capitán al buque, Guillermo Tarapow, de abandonar la nave. No lo logró. Tarapow siguió arriba con obstinación, con mucho de honor.

En la balsa, este enviado, empapado, vivía con tensión la espera, al tiempo que un gomón a motor, tras cortar el ancla de arrastre, intentaba tirar del redondel inflado, porque allí también había mujeres. Fue imposible en esa marea, por eso las cargaron arriba del bote con total justicia, dejaron a los hombres y la balsa marchó a la deriva. Nuestra balsa fue la última en ser rescatada. A las cinco de la mañana un avión la sobrevoló y el pesquero Magritte se acercó.

Maniobra peligrosa

La maniobra se volvió tan riesgosa que ya no importó nada perder lo que en la balsa quedaba. Las olas nos separaban con intermitentes golpes hacia arriba y hacia abajo del estribor del barco, del que sólo colgaba una corta "escala de gato" (dos metros).

Alguien entró en pánico y lo jalaron con una soga, otro pidió sólo algo más de ayuda que los demás y, cuando al cronista de LA NACION le tocó el turno, apenas llegó a aferrarse de la escalerilla de soga. No volvió a caer al agua; las manos de dos pescadores le llegaron a los hombros y pudo entrar gateando por la cubierta.

Había perdido todo lo material: tabaco, teléfono, apuntes de la Antártida y esa lapicera que sólo sabe escribir recuerdos, cuando mucho algún sucedido.

El Magritte, un cazamerluzas que ya tenía su bodega completa, lugar para sus veinte tripulantes y unos 35 metros de eslora, contó en la mañana con 120 agotados visitantes. Fue un humilde pero excepcional anfitrión mientras el cronista de LA NACION secaba sus ropas sobre el quejoso motor.

Junto a mí, subió también el capital de navío Losada, quien no quería alejarse del rompehielos y entonces, por allí, cerca de sus luces de fuego, seguimos dando vueltas por más de nueve horas como cuidando al Irízar, sin abandonar del todo al capitán Tarapow, hasta que llegó la corbeta Thompson (Prefectura) como relevo.

Lágrimas y rescate

Un guardiamarina lloraba la espera de dos de los buzos a su cargo: por fin fueron rescatados. No había lugar para nadie y la gente dormía por los estrechos pasillos que se volvieron intransitables, justo cuando los aguas se volvieron insoportables.

Los pescadores dieron lo que tenían para ofrecer, todo, la entrega de su tiempo, mucho para sus vidas. El Magritte comenzó a alejarse del rompehielos humeante y tuve la sensación de la soledad del buque y de la penuria de su comandante. Fueron largas horas hasta Puerto Madryn, en donde la odisea se supuso terminada.

Después, lo que vieron todos, lo que la televisión mostraba. Quedaron atrás horas intensas, que pasaron de la fantasía del hielo, del conocido enojo del estrecho del Drake a la furia del fuego. El haber vivido lo impensado, lo que nunca se hubiese supuesto. Esa primera sensación de inquietud que luego tuvo pasajes por esa palabra que los hombres nunca utilizan para sí mismos: miedo.

El querido rompehielos Almirante Irízar está hoy esperando su rescate en el Atlántico, apenas escorado, con dos helicópteros derretidos y una sentina que todavía arde. El buque está herido, es cierto, pero no de muerte, porque toda su tripulación está viva.

 

Además: video-entrevista online con Mariano Wullich.

Protagonistas

Eva Curci
Camarógrafa

"Cuando comenzó el humo y convocaron a salir a la plataforma de vuelo nadie pensaba en la posibilidad de una evacuación. Hablábamos de otras cosas, de apurarnos para ir a comer los tacos. Cuando lo dejamos, nadie podía creer lo que estaba pasando."

José Villagrán
Buzo táctico

"Estamos preparados y hacemos ejercicios de simulación de caso real, pero claro que sentí un poco de miedo. No fue un momento traumático pero sí dramático: hacía mucho frío, era de noche, el buque se incendiaba una situación estresante."

Diego Pedreira y Horacio Jiménez
Pilotos

"Uno de los temores que había era por la suerte de los demás tripulantes porque, en la oscuridad, no se sabía si todos habían podido subir a las balsas. Sólo al mediodía nos dieron la información oficial de que los 238 estábamos bien."

13/04/07
LA NACION

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio