El próximo 12 de septiembre, fecha en que celebra el “Día de la Industria Naval” encuentra a todos los protagonistas del sector con un unánime reclamo: el desarrollo de la actividad requiere de una política integral, de lo contrario el país perderá una oportunidad histórica.

El próximo 12 de septiembre, fecha en que celebra el “Día de la Industria Naval” encuentra a todos los protagonistas del sector con un unánime reclamo: el desarrollo de la actividad requiere de una política integral, de lo contrario el país perderá una oportunidad histórica.

Tanto los empresarios, como los gremialistas, los técnicos y expertos coinciden en que si no se construye un pensamiento estratégico que dé sustentabilidad a la industria naval nacional, los esfuerzos individuales y aislados que se hacen no son suficientes para devolverle a esta “madre de industrias” la pujanza de otras épocas.

Dentro de un escenario internacional que se presenta sumamente favorable en el que el comercio internacional crece a tasas superiores al crecimiento mundial, provocando un fuerte impacto en la construcción de embarcaciones, se vuelve imperiosa la necesidad de diseñar una estrategia integral que aliente el desarrollo del sector, con importante participación del Estado.

Esa es una de las lecciones que deberíamos aprender de los países que muestran los mejores resultados. Tanto la Unión Europea, como los Estados Unidos, Japón, Corea que en menos de 20 años logró concentrar casi el 30% del mercado mundial, China o Brasil son algunos de los ejemplos.

Sin duda, el camino seguido por Brasil por su cercanía y por los lazos fraternales que nos unen dentro del proceso de integración regional por el que transitamos, se convierte en el más significativo. A partir de la sanción en 1997 de la ley de Petróleo se promovió, dentro de un planificado proceso de expansión, el fortalecimiento de la industria naval para la exploración de petróleo off shore, Petrobras condiciona su participación en las licitaciones internacionales a intervenir con embarcaciones de construcción brasileña, el Fondo de la Marina Mercante, similar al que una vez contó nuestro país, financia hasta un 90% del total de las obras que se hacen en astilleros y otorga créditos a los armadores nacionales e internacionales que deciden construir en Brasil. El sector también cuenta con recursos provenientes del BNDES, incentivos tarifarios para fomentar la exportación y fiscales para la importación de partes y piezas que demanda la industria naval.

Ni parches ni medidas aisladas sino el “Programa Navega Brasil”, un conjunto de acciones y estímulos que brindan tanto el gobierno federal como los gobiernos estaduales destinados a la construcción de embarcaciones como a la modernización de astilleros.

Si bien reconocemos que son muchas las asimetrías que nos diferencian, son también muchas las similitudes que compartimos y hasta una chispa de celos se enciende al comparar el lugar desde donde partíamos años atrás.

Según datos de la FINA, en lo que se conoce como “años dorados” para la industria naval argentina se fabricaba a comienzos de los ´70 un promedio de 15 buques anuales, con una facturación de 90 millones de dólares y una planta estable de 9 mil obreros navales.

A partir del 2002 empiezan a soplar vientos favorables para la industria naval que indican una reversión de la política de destrucción de la década anterior. Si embargo, para el sector las medidas son aún una brisa que no aseguran un rumbo estable.

Argentina está en condiciones por el tipo de cambio, por la excelencia de la mano de obra, porque aún sus astilleros y talleres navales conservan el prestigio ganado a partir de la calidad de sus construcciones y por el contexto internacional que se vislumbra de reflotar una industria estratégica. Solo está faltando un apoyo planificado y firme del Estado para ponerla a navegar a toda marcha.

08/09/08
PESCA & PUERTOS

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