Mel atacó de nuevo. Ya no se la esperaba esta temporada de caza a la orca más emblemática de Punta Norte y una de las que con mayor destreza promueve el varamiento intencional sobre la playa, estrategia sin pares en el mundo para cazar a las crías de los lobos marinos.
Mel atacó de nuevo. Ya no se la esperaba esta temporada de caza a la orca más emblemática de Punta Norte y una de las que con mayor destreza promueve el varamiento intencional sobre la playa, estrategia sin pares en el mundo para cazar a las crías de los lobos marinos.
A Mel, el último de los machos cazadores, se lo había visto el 2 de marzo pasado por Norte. Y reapareció en abril. Pero no se había acercado al apostadero donde sí estuvo el jueves: pese a sus movimientos lentos propios de su edad y sus enfermedades, Mel demostró que será difícil que algunas de las orcas que llegan cada temporada para alimentarse, logren igualar su técnica en este método de cacería. Igualmente fracasó en todos sus intentos. Igual ocurrió el viernes.
Las orcas llegan a Punta Norte entre marzo y abril para cumplir un ciclo alimentario que les impuso la misma naturaleza. Es cuando las crías de lobos marinos comienzan a realizar sus primeros movimientos en el agua o permanecen sobre la costa. Es cuando la técnica del varamiento intencional aparece en toda su dimensión.
Y Mel lo ha desarrollado como nadie. Pero no se puede saber hasta cuándo. Pasando los 45 años, este macho entró en el ocaso de su vida. Cansado y enfermo, conserva su arte de caza, pero no su velocidad. Se observan sobre su cuerpo, las marcas de los años: una llaga roja que empezó en 1997 a ganar espacio sobre el blanco de su maxilar inferior, y luego también sobre su ojo derecho. Al poco tiempo se hizo evidente que estaba sufriendo una afección común en mamíferos marinos llamada Osteomielitis, infección ósea producida a partir del ingreso a los maxilares de bacterias y hongos a causa del desgaste de la protección natural de los dientes (esmalte y dentina).
Pero no se entrega. Responde a la historia que lo convirtió en el cazador más diestro de la familia junto a su hermano Bernardo, compañero inseparable de los días de caza. Por eso, siempre asombra, como lo hizo el jueves y viernes abriéndose paso entre el oleaje imprevisible de la Bahía Sur, una abertura natural entre las restingas. Ante la mirada asombrada de guardafaunas y visitantes, Mel emergió desafiante y altivo como si esos años que lleva encima no le pesarían tanto y como si sus enfermedades no le provocaran dolor alguno sino ganas de un nuevo desafío.
Volvió a intentar cazar. Como lo hacía en la década del 80 con su hermano Bernardo. Patrullando en busca de alimento en un vasto perímetro costero. “Mel estuvo aquí”, dijo un guardafauna conmovido por la aparición de la vieja orca.
Emoción justificada para aquellos a los que la naturaleza les motiva la vida. En esos lugares lejanos donde aprenden a admirar y a querer a ejemplares como Mel.
El último de los machos cazadores, el que quizás no vuelva más por esas costas porque es muy posible que dentro de un tiempo no muy prolongado y en la inmensidad de los océanos lo sorprenda la muerte. Y quizá lo sorprenda dando el último zarpazo, en el último intento por sobrevivir.
17/04/10
JORNADA
