En el vientre de Buenos Aires late un animal salvaje que nadie ha podido dominar, el Maldonado. ¿Un arroyo?.

En el vientre de Buenos Aires late un animal salvaje que nadie ha podido dominar, el Maldonado. ¿Un arroyo?.

Aquí, mi inconsciente de porteño empedernido me replica: en Buenos Aires la palabra “arroyo” la asociamos con la elegante calle curva del barrio del Retiro más que con un curso de agua. Arroyo, palabra que nos recuerda las postales de las sierras; a lo sumo, para quienes conocemos la ciudad de Córdoba, nos evoca La Cañada, y su paseo romántico y umbrío. Es que en Buenos Aires, desde que casi toda la costanera se convirtió en una entelequia, el agua desapareció del paisaje. El agua ha quedado reducida a ese hilo marrón estancado entre los diques de Puerto Madero, y poco más.

Y de pronto, llueve. Un diluvio, como ha sucedido en este verano de 2008. Y el agua se nos convierte en pesadilla. Resulta que Buenos Aires se asienta sobre una especie de Venecia subterránea. Bajo las calles, horadando la tierra blanda de nuestro subsuelo, reptan cursos de agua. Además del río Matanza, que en su parte final se llama Riachuelo, y lo hace a cielo abierto, por el suelo de Buenos Aires circulan arroyos entubados como el Maldonado, el Medrano, el White, el Ugarteche, el Cildáñez, el Vega. Antes de canalizarlos, la ciudad los había confinado en zanjones que casi siempre estaban secos pero que crecían con las lluvias.

El Maldonado era el principal. Su curso, de 21, 3 kilómetros, nace en San Justo y cruza la ciudad en dirección sudeste-noroeste. Cuando los porteños cruzaban el Maldonado por alguno de los puentes (los principales estaban en las calles Lope de Vega, Segurola, Warnes y en la avenida Santa Fe), se metían en el suburbio, casi en el campo. Hasta comienzos del siglo XX, los porteños llamaban a estos arroyos “terceros”. El “tercero Maldonado”, el “tercero Vega”, etcétera, por analogía con los “terceros”, los cobradores de impuestos (tenientes terceros): ellos también, como los arroyos, “se lo llevaban todo”.

Los arroyos siempre fueron una pesadilla para Buenos Aires. La ciudad estaba pendiente de las lluvias súbitas que multiplicaban el caudal de los inofensivos arroyuelos e inundaban la ciudad, por lo que se decidió entubarlos. La canalización subterránea del Maldonado, completada en 1932, es estudiada aun hoy como una de las grandes obras de la ingeniería argentina. Por encima del arroyo canalizado se trazó, en 1937, una avenida, bautizada con el nombre de Juan B. Justo. quizás para tender un manto de bondad sobre un curso de agua tan peligroso. Juan B. Justo, además de fundador del socialismo en este país, fue un médico muy querido por los porteños.

Por una cosa o por otra, el Maldonado está asociado a la tragedia. Su nombre proviene de una mujer, la Maldonado, de la que sólo se sabe –por el poema La Argentina, de Ruy Díaz de Guzmán– que integró la expedición de Pedro de Mendoza, la que en 1536 fundó por primera vez la ciudad.

¿Cuál fue la historia de la Maldonado? La falta de fuentes contribuyó a la leyenda. Parece ser que la Maldonado, acusada de algo que no sabemos pero que parecía horrible, fue expulsada del fuerte; vagó por el desierto, asistió al parto de una hembra de puma, luego los querandíes la atraparon y fue salvada in extremis por la fiera. Entonces, los españoles salieron del fuerte y se la llevaron. ¿Estaba ya muerta? ¿Fue ejecutada? Como es sabido, varios de aquellos fundadores fueron asesinados por los indios. No así Mendoza, que alcanzó a huir pero murió en alta mar, mientras volvía a España. En 1580, la ciudad fue refundada por Juan de Garay, a su vez muerto a garrotazos por la indiada. Lo cierto es que el arroyo a cuya orilla ocurrieron los hechos fue conocido desde entonces con el apellido de esa mujer, la Maldonado.

El arroyo Maldonado no se ha resignado a fluir bajo la tierra, en su túnel. Y cada tanto nos acosa como una maldición. Maldonado: mal don. Parece que no se conformara con la mitología que la ciudad ha creado en torno a él. Porque el Maldonado ha inspirado varios tangos y considerable literatura, además de obras históricas como la erudita y amena Historia y leyenda del Maldonado, de Diego del Pino. Roberto Arlt, en un aguafuerte aparecido en la revista Don Goyo, dice con humor que “el Maldonado es un arroyo que no es arroyo ni es nada y sólo sirve de pretexto a los poetas arrabaleros para rimarlo con «acabado»”. Y el autor de Los siete locos propone convertirlo en pista de ómnibus acuático para resolver “el grave problema del tránsito”.

El Maldonado fascinó, casi obsesionó, a Jorge Luis Borges, quizás porque, en los primeros años del siglo XX, su familia habitaba cerca, en la calle Serrano. Borges fue de aquellos porteños –aun viven algunos, aunque ya muy mayores– que vieron el Maldonado antes de que lo entubaran. Lo nombró “amarillo zanjón, estirándose sin destino desde la Chacarita”. Destacaba Borges el carácter fronterizo del Maldonado, más allá del cual se extendían las afueras, un Buenos Aires casi rural: “callejones de polvo, huecos de pitas o una brisa casi confidencial que inauguraba malamente la pampa”.

Y de pronto, llovía. Sigamos leyendo a Borges: “El Maldonado (…) por un milagro espantoso, pasaba de la muerte de sed a las disparatadas extensiones de agua violenta que arreaban con el rancherío moribundo de las orillas”. El lector sabrá hacer las actualizaciones necesarias en tal página, escrita en 1930. La idea central tiene vigencia: un hilito de agua que se transforma en tumultuoso y asesino caudal. El arroyo aparece una y otra vez en la obra borgiana. A veces lo hace con tonos de nostalgia:

“Tango de aquel Maldonado,

con menos agua que barro.

Tango silbado al pasar,

desde el pescante del carro.”

Y a veces como escenario sombrío, como en el quizás más célebre de sus cuentos, Hombre de la esquina rosada: “…se empinó de golpe hacia atrás y voló el cuchillo derecho y fue a perderse ajuera, en el Maldonado…”

Ha pasado mucha agua bajo los puentes; nunca mejor aplicado que en este caso el dicho. Han pasado muchos años. Pero llueve, los de- sagües no funcionan y la ciudad se inunda. Entonces todos decimos: no se hizo nada. Y reclamamos canales aliviadores del Maldondado, más túneles, más obras. Pero el problema no es tan sencillo. Obras se han hecho. Todos los arroyos están entubados, aunque trabajos complementarios y prometidos, no se hicieran; algunos, por razones misteriosas (¿o muy claras?) ni siquiera se comenzaron. Sin embargo, un abordaje técnico diverso es posible.

Según ciertas opiniones, mejor que construir es plantar. Porque, según esta apreciación, la mejor manera de que la lluvia drene y no se inunde la ciudad, es aumentar los espacios verdes. La tierra absorbe el agua mejor que cualquier canal “mitigador”. Ha sido consustancial a Buenos Aires la vorágine constructora, una compulsión a la obra. Pero todo espacio construido, todo metro cuadrado gris es un metro cuadrado impermeabilizado y, por lo tanto, un fragmento de ciudad clausurado para el desagüe natural. En él, la lluvia será castigo.

Y éste es otro déficit de la ciudad de Buenos Aires, menos espectacular y movilizador que las inundaciones por desborde de los arroyos entubados, pero no menos grave. Según la Organización Mundial de la Salud es indispensable, para una buena calidad de vida, que una ciudad tenga 15 metros cuadrados de espacio verde por habitante. El límite por debajo del cual una ciudad cae en la degradación son 10 metros cuadrados de verde por habitante. La ciudad de Buenos Aires (aun computando el imprevisto aporte de verde que le dio la espontánea Reserva Ecológica con sus 360 hectáreas) tiene…¡1,80 metros cuadrados de espacio verde por habitante! Curitiba, esa ciudad brasileña considerada en algunos aspectos un modelo de urbanismo humano, tiene 52 metros cuadrados de verde por habitante, Bruselas tiene 29 metros cuadrados, Madrid 14… Más cifras: si en 1908 el 40% del agua de lluvia caída en Buenos Aires drenaba a través de parques, plazas y jardines, en 2008 drena por esa vía el 5%.

Bienvenidas sean las canalizaciones complementarias del Maldonado y de los demás peligrosos arroyos porteños, pero no olvidemos, sobre todo cuando debe decidirse el destino de grandes extensiones urbanas, en la zona de Retiro o en el corredor oeste si se interna el ferrocarril Sarmiento, que la superficie verde es una asignatura pendiente de la ciudad.

A veces, parece que las cosas están solucionadas, y no es así. El Maldonado, ese humilde arroyo que corre bajo nuestra ciudad, de pronto se despierta y hace mal. Y hay que volver a luchar contra él, así como la ciudad debe volver, una y otra vez, a desafiar su presente y diseñar su futuro.

Por Alvaro Abós
Para LA NACION

210308
LA NACION

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