El faltazo de la anchoíta

El faltazo de la anchoíta

Como si no hubiese problemas en la actividad pesquera, no encuentran el recurso y la zafra esta demorada. Los desembarques se redujeron un 90%. Mil puestos de trabajo en peligro.


Como si no hubiese problemas en la actividad pesquera, no encuentran el recurso y la zafra esta demorada. Los desembarques se redujeron un 90%. Mil puestos de trabajo en peligro.

La engraulis anchoíta es una especie pelágica que además de integrar el menú cotidiano de la merluza hubbsi –científicos creen que sufre una predación de entre 2,5 y 6 millones de toneladas anuales- en el segundo semestre del año se transforma en un recurso/objetivo de buena parte de la flota que opera desde Mar del Plata.

Existen dos stock de engraulis en el litoral marítimo argentino: El bonaerense, mucho más importante que el patagónico, aunque ambos son subexplotados. Sin ir más lejos, el año pasado se fijó una captura máxima permisible de 120 mil toneladas pero la flota declaró desembarques por menos de 20 mil toneladas, en su mayoría en el puerto local.

Acá  hay toda una industria que aprovecha la anchoíta para sumarle valor agregado. Para los armadores pescar anchoíta es volver a las fuentes de las certezas, que hoy no tienen con la merluza, cada vez más lejana y esquiva.

Pero este 2014 la engraulis no aparece en las zonas donde solía frecuentar hasta el año pasado. La anchoíta brilla por su ausencia y opaca las certezas. Al noreste del puerto local, a menos de 30 horas de navegación, se hallaban concentraciones abundantes que permitían con la red de media agua, completar bodega en poco tiempo.

Los pescadores podrían capturarla con una red de cerco, o lámpara. Un tradicional sistema de pesca en que dos embarcaciones trabajan a la pareja y rodean al cardumen en una maniobra casi artesanal. Tan silenciosa como riesgosa.

Además de no ser un sistema tan azaroso, la red de media agua permite que el barco haga menos esfuerzo con las artes de pesca desplegadas bajo el agua. Y de esta forma gasta menos combustible, el filtro por donde pasa gran parte de la ecuación del negocio pesquero en la actualidad.

La desaparición de la anchoíta genera preocupación en todos los eslabones de la amplia cadena productiva vinculada a su captura. Muchos barcos que salieron a buscarla el mes pasado, “colaron agua”, como se dice en la jerga. Y colar agua en un viaje, hoy en el puerto, implica perder casi un cuarto de millón de pesos. Solo en gas oil.

Por eso ya pocos son los cruzados que salen en su búsqueda: aguardan que la busquen/arriesguen/pierdan otros, amarrados en el muelle. Y si pocos la buscan, la posibilidad de encontrarla es más difícil. Y todo se demora un poco más.

Los investigadores del Inidep tratan de rastrear imágenes satelitales para relacionar un cambio en las condiciones del mar con la demora en el inicio de la zafra. Los repetidos y prolongados períodos de mal tiempo acontecidos este invierno podrían tener que ver con el fenómeno.

“Vamos a analizar la temperatura en superficie del agua de mar y ver posibles variaciones respecto de otros años”, explica Marcelo Pájaro, jefe del Proyecto Pesquerías Pelágicas del instituto de investigación.

El último registro oficial de la Subsecretaría de Pesca de la Nación, que marca la evolución de los desembarques, al 25 de agosto pasado, llevaba descargado 221 toneladas de engraulis anchoíta.

Más allá que pasó casi un mes y hubo algunos días en que la flota “tocó” concentraciones que le permitieron volver a puerto con la bodega completa en un par de días, las cifras están lejos de las 5 mil toneladas que se llevaban declaradas a esta altura del año pasado.

Uno de los pocos barcos que pescó anchoíta fue el fresquero “Don Santiago”. La encontraron a ocho horas de Mar del Plata, frente a Claromecó. Pero el tamaño no fue bueno: 46/50 piezas por kilo, que no sirve para salar, pero si para hacer conserva. Ante la ausencia de oferta, el precio fue bueno: por arriba de los $6 el kilo.

Para los primeros días de octubre está previsto que zarpe el buque de investigación “Capitán Oca Balda” del Inidep para realizar la habitual campaña de evaluación hidroacústica. Utilizan una sonda para estimar la abundancia de anchoíta. El año pasado la campaña no encendió ninguna alarma: todo en los parámetros normales. En realidad, parte de la campaña porque quedó incompleta ya que debieron regresar antes a puerto porque se rompió el guinche de pesca.

Pero los armadores quieren saber ahora porqué la engraulis no aparece a tiro de sus redes. Pidieron al Consejo Federal Pesquero que los autoricen a ingresar en un área de veda permanente de merluza hubbsi. Lo que debería ser un trámite, porque ambas especies se pescan con redes diferentes y con el monitoreo satelital las autoridades pueden determinar qué actividad realiza cada barco, al cierre de esta edición el pedido todavía no había sido respondido.

Los expertos pescadores de anchoíta aseguran que los peces están metidos en esa zona. En algunos se nota que es más un deseo, una plegaria, que una certeza. Pero en los muelles todos prefieren creer.

La impaciencia no es solo de los marineros. También aguardan por su llegada en los saladeros. Hasta estos establecimientos llega apretada en cajones de plástico de hasta 40 kilos, donde manos diminutas le cortan cabeza y cola, le sacan las vísceras y las  acomodan prolijamente en barriles con sal para que la carne se cocine durante un par de meses.

El personal temporario ligado a este proceso esta enrolado en el convenio colectivo 171/75 del Soip, que también comprende al personal ligado a la conserva, con el procesamiento de caballa. En un año normal, como el del año pasado, a esta altura ya llevaban dos quincenas de trabajo continuo.

En este complejo 2014 la media docena de empresas dedicadas al salado de anchoíta todavía no han llamado a nadie a trabajar. Porque esta discontinuidad en las capturas ha generado que el tamaño de la anchoíta no termine de definirse. Todo es especulación, menos la activación de las manos ligeras y escurridizas de las mujeres, que siguen inactivas.

En el Soip creen que cerca de 500 puestos de trabajo temporario no se han efectivizado a la espera que la anchoíta de señales de vida. Pero en el sistema informal de las cooperativas hay una cifra similar. Muchas son de Batán, pero también las traen de Balcarce, Miramar, Otamendi y Mechongué.

Son el eslabón más débil de una cadena, que por ahora, la anchoíta, no quiere desplegar. (Por Roberto Garrone; 0223)

19/09/14

 

 

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