Un análisis de la licenciada Melisa Centurión (ProA- Profesionales Asociados), sobre la necesidad de tomar real dimensión en cuanto a la problemática.
Un análisis de la licenciada Melisa Centurión (ProA- Profesionales Asociados), sobre la necesidad de tomar real dimensión en cuanto a la problemática.
Los problemas ambientales han dejado de ser un mito, una realidad sólo vista por los ecologistas, para pasar a ser una discusión cotidiana. Foros mundiales, publicaciones en los medios, documentales, películas y comunicaciones de todo tipo abruman acerca de los peligros del calentamiento global, la disminución de la capa de ozono, la contaminación y los derrames de petróleo. Algunos analistas, incluso, relacionan la enorme cantidad de desastres naturales de las últimas décadas con el maltrato ambiental que nuestro planeta ha sufrido. Aluden a las causas humanas de estas catástrofes, remarcando la idea de que con el correr de los años y el deterioro ecológico provocado han aumentado exponencialmente la cantidad de eventos de estas características.
A pesar de todo esto, los niveles de conciencia ambiental poco se han modificado en nuestra región. Las problemáticas se ven lejanas, no se toma real dimensión del impacto que tienen en la actualidad, y el que podrán tener en poco tiempo más.
El gran desafío de las sociedades latinoamericanas, y de otras tantas en el mundo, es el de tomar seriamente la educación ambiental como una herramienta fundamental de transformación social. Y el cambio comienza por los grandes, pero principalmente por los más chicos.
En su definición sobre Educación Ambiental, las Naciones Unidas afirman que el objetivo de ésta consiste en la formación de los individuos para conocer y reconocer las interacciones entre lo que hay de natural y de social en su entorno y para actuar en él, intentando no imprimir a sus actividades orientaciones que pongan en grave deterioro el equilibrio que los procesos naturales han desarrollado, haciendo posible la existencia de una calidad ambiental idónea para el desarrollo de la vida humana. En este sentido, la educación ambiental es concebida como un proceso integral, que involucra las relaciones de los hombres consigo mismos, con sus pares y con la naturaleza. Una modificación de los modelos de crecimiento, pensando en un desarrollo sustentable, tan reclamado en las últimas décadas.
La instrucción en materia ecológica no consiste en compartimentos aislados, ni puede ser concebida como una unidad o materia en el currículo escolar. Debe ser concebida transversalmente, convocando nuevos enfoques, nuevos contenidos y nuevos métodos y haciendo más flexibles las tradicionales estructuras de los sistemas educativos. Si discutimos a diario acerca de la crisis de las instituciones, y entre ellas de la escuela, es porque no han encontrado la manera de adaptarse a los cambios de la sociedad. Estos demandan modificaciones profundas de los modelos pedagógicos, incluyendo entre ellas nuevas formas de enseñanza, la inclusión de nuevas tecnologías y la generación de un cambio de actitud en lo que a materia ecológica refiere.
El concepto de educación ambiental nace junto a la toma de conciencia en esta materia en la década del ’70. La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano celebrada en 1972 en la ciudad de Estocolmo estableció que "es indispensable una labor de educación en cuestiones ambientales, dirigida tanto a las generaciones jóvenes como a los adultos y que presente la debida atención al sector de población menos privilegiado, para ensanchar las bases de una opinión pública bien informada y de una conducta de los individuos, de las empresas y de las colectividades inspirada en el sentido de su responsabilidad en cuanto a la protección y mejoramiento del medio en toda su dimensión humana".
Uno de los resultados más importantes de los acuerdos a los que se llegó en aquella conferencia fueron la creación del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma) y el Programa Interdisciplinario de Educación Ambiental (PIEA), labor encargada a la Unesco. Los avances en materia de conciencia ambiental que se lograron en las décadas sucesivas transformaron el concepto y la visión de la instrucción en este ámbito, adaptando las necesidades a la demanda social y a las investigaciones científicas en el área. Pese a ello, los desarrollos en América latina se han visto retrasados. Una de las razones de este proceso, aunque no la única, fue la crisis de los sistemas educativos a raíz de la falta de inversión y de políticas de Estado en esta área.
La transversalización de temáticas ambientales ha pasado a constituir parte importante de las actividades extracurriculares de las escuelas y de los programas optativos o de investigación en la educación superior, pero no ha sucedido lo mismo con la integración de estos conocimientos en la enseñanza de historia, economía, artes u otras especialidades, cuyos fundamentos han permanecido con pocas modificaciones a pesar de los cambios en sus denominaciones. No se ha comprendido aún que este tipo de educación debe estar presente en todas las disciplinas científicas.
En nuestro país, fue particularmente significativa la labor desempeñada por la Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina (Ctera), que generó una revolución pedagógica movilizada por el saber ambiental. A través de la Carrera de Especialización de Educación en Ambiente para el Desarrollo Sustentable de la Escuela Marina Vilte de Ctera, se ha formado una generación de educadores en un proceso que irradia hacia la sociedad argentina, siendo una de las manifestaciones más ejemplares e inéditas de la capacidad transformadora del pensamiento latinoamericano. Pero el camino a recorrer en este sentido aún es largo y plagado de obstáculos.
Los docentes conforman el pilar de la educación, porque a través de su práctica pedagógica tienen la posibilidad de incorporar orientaciones y propuestas que impulsen a la reflexión y la conciencia de los alumnos. Aquellos conocimientos, pero sobre todo las actitudes y hábitos que se adquieren desde la infancia, difícilmente sean modificados con el correr de los años. La posibilidad de influir en la vida cotidiana, en las costumbres más básicas de cada día, es una oportunidad única de llegar a crear una conciencia que permanezca a través del tiempo, además de modificar la realidad a partir de pequeñas acciones.
Probablemente sea difícil que solucionemos las grandes problemáticas de la ecología humana desde nuestro reducido espacio de acción. Pero ello no implica que no debamos actuar. Una ciudadanía informada y que reclama a partir del conocimiento puede generar cambios profundos en las políticas que se llevan a cabo. En lo que se permite y en lo que no, en lo que se tolera y lo que no. Por otra parte, si nuestros hábitos van en consonancia con el entorno en el que vivimos no sólo nos acercaremos al medio natural, sino que realmente transformaremos la realidad que nos rodea. Una persona quizás no pueda cambiar el mundo, dirán algunos, pero animará a que otros sigan su ejemplo. Así serán un grupo, luego una comunidad, y terminarán siendo una multitud de educados ambientales cambiando la forma en que tratamos al planeta.
04/10/10
LA CAPITAL (Mar del Plata)
