En las dos últimas ediciones planteé ciertos cuestionamientos a las pautas en las que se basa hoy en día la educación deportiva de los chicos que navegan en las categorías promocionales en Argentina. Hoy continuaré siendo crítico sobre la forma de enseñar a navegar, siempre con la intención de aportar otro punto de vista, conformado a partir de la experiencia y los debates con otros entrenadores, técnicos y profesores del mundo de la vela.
En las dos últimas ediciones planteé ciertos cuestionamientos a las pautas en las que se basa hoy en día la educación deportiva de los chicos que navegan en las categorías promocionales en Argentina. Hoy continuaré siendo crítico sobre la forma de enseñar a navegar, siempre con la intención de aportar otro punto de vista, conformado a partir de la experiencia y los debates con otros entrenadores, técnicos y profesores del mundo de la vela.
Quiero ser parte del proceso de cambio, quiero ver en el futuro cientos de Laser, 470, 29er y catamaranes en el río pero no quiero seguir viendo trescientos Optimist de los cuales solamente un diez por ciento siga navegando en edades avanzadas. Quiero que esos chicos, en los cuales hemos invertido tiempo y dinero, continúen siendo navegantes. No importa en qué; no importa si son navegantes en solitario como el gran Vito Dumas, excelentes regatistas en clases olímpicas, tripulantes de barcos de fórmula -que tanta falta hacen- o navegantes de fin de semana, de esos a los que les gusta zarpar sin preocuparse por el tiempo ni el destino. Todos ellos conforman la gran familia de la náutica.
La clave de esto parece ser la transición. Los chicos que se encuentran en los fines de sus años en Optimist encuentran muy difícil el ingreso a otras clases. La decisión es compleja ya que, por primera vez desde la formación de su grupo de pertenencia del cual fueron parte durante mucho tiempo, se ven amenazados por la incertidumbre. Además son muchas las variables en juego para tomarla: lo capacitados que están para navegar, lo que los padres puedan pagar, lo que les gustaría y lo que el biotipo les permite.
Cabe recordar que estos chicos tienen entre 13 y 16 años. Si bien pueden permanecer en los grupos de Optimist hasta los 15 años, cada niño es una persona individual, irrepetible e inigualable, y sus tiempos madurativos no siempre coinciden con los períodos que fijan las clases. En mi caso, por ejemplo, terminé Optimist a los 13 años porque mi contextura física excedía la capacidad del barco y tuve entonces que optar por el tipo de barco en el que continuar (sin excluir a las tablas, kite surf y carrovelismo, entre otras disciplinas afines).
La elección del barco es, a mi entender, un factor muy traumático para los chicos de estas edades por varias razones. Sobre todo por el hecho de tener que separarse de sus amigos con quienes compartían entrenamientos y pericias en el agua. Es el instante en el que cada uno elegirá algún barco nuevo para continuar su desarrollo en el deporte. Resultaría muy útil para ellos tener la posibilidad de navegar diferentes tipos de barcos para que la decisión fuera más sencilla pero lamentablemente nuestros clubes no cuentan con nutridas flotas de barcos de diversas clases como para que los chicos puedan aproximarse a lo que más les gustará.
Es imprescindible poner hincapié en el gusto personal de cada chico porque una elección errada puede provocar que se canse de la vela y la abandone. También considerar que, a partir de estas edades se comienza a trabajar la competencia y los entrenadores deben ser cautelosos en el armado de los diagramas y objetivos. Estimular y favorecer el aprendizaje planificando sobre objetivos realizables para cada chico, sin sobrevalorar ni menospreciar esos objetivos.
Respecto del entrenamiento físico, éste tiene que ser guiado por un profesor especializado que pueda realizar un seguimiento y evaluar los resultados de los tra-bajos. Como dije en otras oportunidades es muy importante entender que la náutica, desde el Optimist hasta los barcos de fórmula, requiere de personas con una preparación física acorde a la demanda de actividad. Y a esta edad en particular es sumamente importante trabajar la parte física, especialmente orientada a la buena salud de la espalda y las rodillas, que son los puntos más frágiles en nuestro deporte. El seguimiento individualizado de los profesionales del área podrá realizar planes acordes a cada chico para que vayan mejorando paulatinamente sus aptitudes físicas.
Otra de las necesidades indispensables es el acompañamiento de los padres. Esto no contradice lo dicho en columnas anteriores, porque me refiero específicamente a mantener el interés de los chicos por la vela como deporte formador. Sin el apoyo de los padres y con la gran cantidad de estímulos externos al mundo náutico es muy probable que a esta edad se pierda el deseo de seguir en la actividad. Sobre todo en la adolescencia cuando los chicos son propensos a cansarse y aburrirse muy rápidamente de las actividades que realizan. Si no se tienen claras las opciones que el panorama náutico ofrece y se demora el cambio de clase la deserción de los chicos puede volverse inminente.
Una opción para brindar a la flota saliente de Optimist puede ser la conformación de jóvenes tripulaciones en barcos de fórmula. Esto promueve el aprendizaje entre pares –sobre todo porque los barcos de quilla exigen ajustes y trimados que lo favorecen — y posibilita la interacción con gente más grande y experimentada que les transmita sus conocimientos. Además, al conformarse tripulaciones numerosas el grupo de pertenencia puede mantenerse unido más tiempo, hasta que los gustos de cada uno de sus integrantes se desarrollen y puedan elegir con claridad en qué clase seguir navegando
18/08/10
BIENVENIDO A BORDO

