Cansado de las piletas donde competía, Matías Ola se entrena para unir los cinco continentes nadando. Para eso se alimenta, nada y medita. Las técnicas para salir de su cuerpo mientras bracea.
Cansado de las piletas donde competía, Matías Ola se entrena para unir los cinco continentes nadando. Para eso se alimenta, nada y medita. Las técnicas para salir de su cuerpo mientras bracea.
El motivo no parece estar demasiado claro o, al menos, es múltiple, responde a varias causas. Por la aventura, por la idea de experimentar el nado en medio de la naturaleza, por no sentir la presión de las competencias de velocidad en las que participaba desde los 20 años. Quizá por el desafío, o por el reconocimiento que vendrá tras hacer algo a lo que muy pocos se animaron antes y que permitirá que alguien escuche eso que Matías Ola repite cada vez que puede: que el CeNARD, el centro de alto rendimiento donde entrena junto a otros atletas de elite, sólo está en Buenos Aires, que en el resto del país no hay instalaciones tan buenas. En julio, este tucumano, nadador con apellido acorde, sin experiencia en aguas frías, medalla de oro y de plata en el Sudamericano de Venezuela en 2010 (200 y 800 metros libres), decidió animarse a las aguas abiertas.
Haciendo archivo, buscando experiencias previas de otros nadadores descubrió a Marcos Díaz, un dominicano que como parte de los Objetivos del Milenio de las Naciones Unidas unió a nado los cinco continentes.
En varias páginas de Internet se lo ve a Díaz, en el Estrecho de Bering, gorra, antiparra, guantes, traje de neopreno. Pero Matías, 27 años, residente del CeNARD, no quería hacer lo mismo. Quería hacer algo más. Así, se reunió con la psicóloga Patricia Wightman, encargada y fundadora del servicio de psicología del deporte de esa institución, y le propuso un proyecto para “unir el mundo”. “Le gustó la idea. Me dijo que si quería atravesar esas aguas heladas sin ningún tipo de protección sólo había una persona que podía ayudarme. Y me presentó a María Inés Mato”.
María Inés Mato, 45 años, pelo corto, la pierna derecha amputada a la altura de la rodilla, el gesto tranquilo, hizo cosas que otros no hubieran imaginado posibles. Nadó en lugares donde nadie había nadado. Nadó, casi desnuda -con una gorra, un traje de baño- donde otros habían braceado protegidos con grasa en el cuerpo, con trajes de neopreno. Nadó en el Mar Báltico, en el canal Beagle, en las islas Malvinas; en el ventisquero negro, el agua casi helada. Se sumergió en la Antártida. Demostró que no es cierto aquello de que después de siete minutos en aguas hipotérmicas el corazón deje de latir.
“Con ella organizamos todo”, dice Matías y cuenta que ese “todo” se divide en cinco partes. La primera: de Europa a África, los 20 kilómetros del Estrecho de Gibraltar, de Tarifa a Marruecos. La segunda: entre Oceanía y Asia, de Papúa Nueva Guinea a las costas de Indonesia. Luego, la unión de Africa y Asia a través del Mar Rojo, de las costas de Jordania a las playas de Egipto. La cuarta, más corta y complicada, el Estrecho de Bering que une la isla Diómedes Mayor, perteneciente a Rusia, con la Diómedes, de los Estados Unidos. Cuatro kilómetros que dividen Asia con América a una temperatura de entre tres y dieciocho grados. “El proyecto, que durará dos años, va a terminar a fines de 2013 en la Isla de los Estados, Ushuaia. Conceptualmente, será como nadar en el Fin del Mundo.”
Mato, que vendría a ser una especie de mentora del proyecto, cree que el aspecto físico es solamente una parte de la preparación. “El entrenamiento es un proceso muy complejo. Hay cosas que se ven y otras que no. Antes de una gran travesía uno se imagina todo el tiempo lo que va a venir. De alguna manera, está entrenando las veinticuatro horas del día.” Su discípulo también lo cree.
Brando: ¿Nunca habías nadado en aguas frías?
Matías: No. La primera vez fue hace muy poco. El agua de las piletas del CeNARD suele estar a 26 o 27 grados. Así que para ir acostumbrando el cuerpo viajamos a Mar del Plata. Hicimos cuatro sesiones de media hora, en días de tormenta, con temperatura de 12 o 13 grados. Y vamos a viajar al sur para entrenar en lagos con temperaturas cada vez más bajas: Moreno, Nahuel Huapi, Mascardi, lago Argentino y, finalmente, la pared sur del glaciar Perito Moreno, con agua a cinco grados.
– ¿Cómo respondió el cuerpo la primera vez que te metiste en el agua helada?
– El impacto fue el mismo al ducharse con agua bien fría: suben las pulsaciones, aumenta el ritmo cardíaco. Tuve que tranquilizarme y acomodar la respiración: sin embargo, sentía que, desde dentro, se irradiaba un calor que me permitía soportar esa temperatura. Las sesiones que siguieron no fueron tan duras como la primera: todo se fue equilibrando, y entendí que el cuerpo es como un mecanismo que podés manejar con la cabeza. María Inés dice que cualquier persona podría nadar, como ella nadó, en aguas a cero grados. Que obviamente tenés que tener una cierta preparación, pero que, sobre todo, tenés que creer que podés hacerlo.
En octubre, el New York Times publico una nota donde contaba la experiencia que Kevin Thompson, jefe de deportes y ciencias del ejercicio de la Universidad Northumbria en el norte de Inglaterra, había hecho con ciclistas profesionales. En principio, Thompson les dijo a los deportistas que pedalearan en una bicicleta fija lo más rápido que pudieran durante cuatro mil metros. Los filmó. Luego, les pidió que compitieran contra un avatar, la figura de un ciclista en una pantalla de computadora que tenían frente a ellos. A cada deportista se le mostraron dos avatares. Uno, eran ellos mismos en tiempo real, avanzando en una pista virtual, a la velocidad que pedaleaban en la bicicleta fija. La otra figura, se suponía, reproducía el ritmo de sus máximos esfuerzos. Era mentira. Thompson programó al segundo avatar para que tuviera la máxima velocidad del ciclista con un dos por ciento más de potencia (uno por ciento más de velocidad). Al final de la prueba, los resultados fueron claros. Todos habían superado su mejor tiempo.
Matías entrena a la mañana y a la tarde. Siete kilómetros por sesión, quince por día. Antes, hacía cien pases de cien metros buscando mejorar la velocidad. Ahora, a veces son cuatro pasadas de dos mil quinientos o tres mil quinientos metros. Una vez por semana va a San Isidro y nada en el río. Dos horas sin detenerse, con hidratación cada treinta minutos, hace la ruta que le indican desde el bote.
La semana pasada fue una hora con corriente a favor y otra con corriente en contra. Para un velocista acostumbrado a las piletas, la corriente es un ancla atada al tobillo, apoyada en el barro del fondo del río. “Me sentía inútil porque me guiaba por lo que tenía alrededor. Veía un árbol a la izquierda, nadaba veinte minutos y el árbol seguía ahí, quieto. Me desmoralizaba y tenía ganas de bajar los brazos. De decir: basta. María Inés me explicaba que en esos casos, aunque sea difícil, hay que sacar de la cabeza el pensamiento de no avance. Hay que escuchar las instrucciones de los que están arriba del bote, que te ven y se dan cuenta de que aunque lento seguís en movimiento.”
Dice Matías que con estos ejercicios trabaja la parte aeróbica. Que también cambió la dieta. Desayuna y merienda: queso, leche, yogur y cereales. Lunes, miércoles y viernes, en el almuerzo y la cena, come pastas; carbohidratos que quemará en el doble turno de entrenamiento. Martes y jueves, para equilibrar, carne o pollo. Verduras hay siempre.
De velocista a fondista, para aumentar la masa muscular y la grasa en el cuerpo, pasó de una comida de tres mil calorías a una de cinco mil. Antes, era un plato de fideos. Ahora, es un plato y medio. O dos. Dice que así perfecciona “la máquina” para atravesar largas distancias. Y que, luego, está el otro tipo de entrenamiento.
Además de correr, levantar pesas, hacer abdominales, sentadillas, flexiones de brazos, los deportistas de alto rendimiento imaginan. Los nadadores pueden pensar la pileta como un río lleno de camalotes, con barcos que los acompañan o gente que aplaude desde la orilla. Wightman llama a estos estados transitorios de la conciencia. En ellos, cuenta, interviene el entrenamiento mental: durante el juego, el atleta es un actor representando un papel. Sólo en los casos en que estos estados surgen sin que él o ella se lo proponga se habla de una alucinación, de un hecho patológico.
El neurólogo y atleta Roger Bannister, que el 6 de mayo de 1954 se convirtió en el autor de la llamada “milla milagro” al correr esa extensión (1.609 metros) en menos de cuatro minutos, definió: “Para un deportista, el órgano más importante no es el corazón ni los pulmones sino el cerebro”.
– ¿Cuál es el otro tipo de entrenamiento?
– Paralelamente al entrenamiento físico, hago meditaciones, que son importantes para lograr la adaptación al agua helada, para poder bajar el nivel de concentración a cero. Son grabaciones que duran de veinte a cuarenta y cinco minutos, con música y la voz de una mujer que habla y me lleva a un estado de relajación total.
Por otra parte, uso un aparato que se llama sincronizador, con el que trabajo sentidos del cuerpo que comúnmente no ponemos en práctica. Es como una especie de consola, conectada a unos auriculares y unos anteojos. Al ponérmelos escucho sonidos irregulares y veo luces de colores que van titilando de acuerdo a los sonidos. Así se estimula el hemisferio derecho del cerebro, las áreas que no solemos usar.
También trabajo con visualizaciones. Al pasar de velocista a fondista tuve que cambiar varias cosas. Los entrenamientos del velocista son más cortos. Pero ir y volver en una pileta durante dos horas y media pueden enloquecerte: para resistir el desgaste de ese movimiento repetitivo y constante, tenés que mantener la cabeza ocupada en otra cosa. Después de nadar horas y horas, si el cuerpo está cansado y no da más, si ya llegaste al ciento por ciento de tu capacidad física, con la visualización podés llegar al 110 o 120 por ciento.
– ¿Cómo?
– Tratando de manejar los pensamientos. De salir del lugar donde está tu cuerpo. Por ejemplo, al entrenar en el río o en aguas frías, pensaba en cosas que me ponían contento. Me imaginaba en el estrecho de Bering, en medio del cruce. Sé que todavía falta un año y medio, pero en esos casos, en San Isidro o en la pileta del CeNARD, lo pienso como si lo estuviera viviendo.
Wightman llama al recurso de evadirse durante el entrenamiento distracción de la atención. Mucha concentración en un mismo objeto u acción cansa. Por eso, en las rutinas largas, para aliviar el cuerpo y soportar el tedio, los deportistas piensan en otra cosa. Se imaginan en un lugar distinto: en la inmensidad del mar, moviéndose en la cama, llegando a la meta o acompañados de una foca; lo que sea para lograr, en medio de tanto esfuerzo, esa sensación conocida como felicidad.
Por Federico Bianchini
Fotos Xavier Martin
04/04/12
REVISTA BRANDO


