Asisten a quienes pasan su vida en el mar

Asisten a quienes pasan su vida en el mar

Cada día, el padre José Juan Cervantes recorre el puerto de Buenos Aires y celebra una misa a bordo de alguna embarcación.

Cada día, el padre José Juan Cervantes recorre el puerto de Buenos Aires y celebra una misa a bordo de alguna embarcación.

En plena ciudad de Buenos Aires, un castillo que comenzó a construirse en 1895 y se inauguró con el nombre de Victoria Sailors Home en 1901 (en referencia al jubileo de diamante de la reina Victoria de Inglaterra), es aún hoy la sede del Hogar del Marino. Para reforzar el devenir de la historia de nuestro país, está en la avenida Independencia 20.

En un primer momento, el grupo Flying Angels de la Iglesia Anglicana comenzó a atender las necesidades materiales y espirituales de los navegantes, a quienes denominaban "gente en movimiento". A partir de 1920, la tarea quedó en manos de la Iglesia Católica, cuando se creó el movimiento Apostolado del Mar.

"Los barcos hoy son más grandes; los puertos se encuentran más lejos del centro y los horarios de carga y descarga se han reducido drásticamente; cada vez se reclutan más marinos provenientes de países en vías de desarrollo, las tripulaciones son más pequeñas y multinacionales, multiculturales y multirreligiosas. Todas estas condiciones han aumentando la tensión y el exceso de trabajo del marino, y traen como consecuencia una carencia de vida comunitaria a bordo", explica el padre José Juan Cervantes, director del hogar y sacerdote de la orden Misioneros de San Carlos. Tiene 39 años y cinco en la Argentina. Es un teólogo y sociólogo nacido en México y trabajó en países como Indonesia y Filipinas.

"Ser vínculo y descanso", resume el padre Juan José como su misión. Es que el Hogar del Marino pretende ser un punto de encuentro, un lugar de referencia donde quienes viven a bordo puedan encontrar solución a necesidades básicas como alojamiento y comida, pero también un lugar de recreación con su biblioteca, salón de billar, juegos de mesa y, por supuesto, su capilla.

Dos veces por semana se celebra allí la eucaristía, pero el sacerdote recorre el puerto todos los días, subiendo y bajando de barcos, distribuyendo folletos y estampitas, bendiciones y, sobre todo, prestando su tiempo a los marineros, a quienes escucha, aunque no siempre conozca su idioma. "El tiempo que alguien les dedique es fundamental", dice.
 
Trabajan en coordinación con otras entidades, como el consulado filipino (el 70% de los embarcados son de esa nacionalidad) y la Federación Internacional del Transporte. Ambas ayudan a detectar las necesidades de los marinos.

Los bailes ya no se hacen, pero los hombres de mar siguen llegando: desde el interior del país en busca de embarque y, desde el puerto, en busca de orientación, de un lugar donde reponerse de alguna enfermedad, o en busca de ayuda, a través de ellos, para contactar a su familia.

En su intento de ofrecerles una eficiente forma de comunicarse con sus seres queridos, solicitan la donación de computadoras y conexión de banda ancha. La biblioteca requiere libros en idiomas extranjeros y la cocina carece de vajilla suficiente. Para contactarlos: (011) 4342-6749, hogardelmarino@yahoo.com.ar y www.stellamaris.net .

03/08/09
LA NACION

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