Un viaje temático, dedicado a la actividad física, a bordo del Costa Mágica. Y los encantos de Río de Janeiro, Salvador de Bahía e Ilhabela.
Un viaje temático, dedicado a la actividad física, a bordo del Costa Mágica. Y los encantos de Río de Janeiro, Salvador de Bahía e Ilhabela.
Si bien es una de las más antiguas pasiones humanas, navegar aún parece una actividad exótica. Es que los barcos y los mares están atados a la imaginación, a una memoria arcaica.
En los últimos tiempos, gracias a la irrupción de los cruceros, el mito de viajar en barco está dejando su condición idílica para convertirse en una realidad cercana y posible.
Quienes realizan cruceros reconocen que esos barcos de enorme porte, que transitan por el mar como ballenas casi inmóviles, no son sino enormes hoteles, provistos de todas las comodidades imaginables. Claro, este hospedaje ofrece la posibilidad de mirar el mundo desde el agua, de descubrir perspectivas novedosas y adormilarse en horizontes de seda movediza.
Como una ciudad palpitante
Pero un crucero es algo más que eso. Es una ciudad palpitante, puesta en un espacio ideal e idealizado. Un crucero ofrece de todo: comida, bebida, entretenimiento, espacios de diversión y socialización, gimnasios, bares, restaurantes, teatros, bibliotecas, capillas y, por supuesto, camarotes muy cómodos o súper cómodos, según la tarifa que se esté dispuesto a pagar. Y por si fuera poco, a bordo parece casi todo gratis.
El crucero Costa Mágica, que a principios de marzo cerró su año sudamericano con su habitual periplo entre Santos y Salvador de Bahía –pasando por Río de Janeiro y regresando por Ilhabela–, nos transportó en ese mundo idílico por seis días con sus noches, para disfrutar, en piel propia, las delicias de navegar mecidos por los aromas subtropicales y detener la vista en esas costas feraces que acompañan un periplo singularmente seductor.
Leven anclas
La ciudad de Santos, una hermosa y bella isla, puerto natural de la hermana mayor San Pablo, es el punto de partida acostumbrado de los barcos de Costa Crucero, que cada año recorren la bella ribera brasileña.
Desde allí partió un sábado a la tarde el Crucero Costa Mágica, un gigante de 105.000 toneladas –un peso y dimensión virtualmente inimaginables–, que más bien parece un rascacielos acostado. La operatoria de embarque se realiza con más celeridad de la imaginable.
Esa tarde se hace muy corta, pues la novedad de estar en las entrañas de esa lujosa ciudad flotante, hace que el tiempo se escabulla entre sorpresas y deslumbres: más de mil cabinas, entre las cuales hay 464 con balcón (al pleno mar, desde ya, como la que disfrutó este enviado).
Botado en el año 2004, el Costa Mágica tiene, entre sus múltiples atractivos, cuatro piscinas –dos en la parte central, una con techo retráctil en la proa y otra para chicos, con su respectivo tobogán de agua–, no muy grandes, por cierto, pero suficientes.
Un viaje en clave de Fitness
El crucero que nos conducía sobre las tibias aguas del Atlántico se denominaba Fitness, y eso se notó rápidamente cuando una verdadera marea de gimnastas, caminadores, o simples bailarines, tomaron la cubierta y se entregaron a sus escasas o notorias destrezas.
La propuesta Fitness, responde a una de las mayores virtudes del Costa Mágica, que tiene un spa de más de 1.300 metros cuadrados, con sauna, baño turco y un espacioso gimnasio con modernos equipos de Tecnogym, así como bicicletas de spinning, cintas y escaladores; todo incluido en el precio del pasaje.
Además, el servicio ofrece, tarifado aparte, un centro de belleza y servicios de masajes ofrecidos por manos expertas.
La mesa está servida
El lounge principal del barco, donde está el Grand Bar Salento, tiene más de 1.000 metros cuadrados. El restaurante Smeralda ofrece, además de excelente comida, amplios ventanales mirando al océano y dos pisos de magnífica decoración.
Algunos prefieren comer en cubierta, con ropa más informal, y con el cielo como techo. Allí es un self service, que ofrece variedad de fiambres y quesos, pastas para todos los gustos, pollo, cerdo y una amplia oferta de pescados. Además, claro está, frutas, tortas, helados, café o té a discreción. Y por supuesto, bebidas de cualquier tipo, marca, calidad, consistencia y color.
Hay además un restaurante gourmet, el Club Vicenza, un reducto íntimo y delicadamente decorado, con una carta de vinos que haría suspirar a Baco y sus socios.Los interiores del Costa Mágica, inspirados en los paisajes y la cultura de Italia, evocan las obras de arte más representativas de esa cultura. El Magica Atrium, en el corazón del barco, es un lugar de encuentro; allí funciona un piano bar, una pequeña pista de baile y una suerte de coqueto living con sillones muy cómodos y mesas para degustar esos profundos cafés italianos o un trago a gusto. Lo más llamativo es que ese espacio, casi se diría, no tiene techo. Un enorme vacío se eleva hasta una altura de nueve pisos, donde una cúpula de vidrio deja entrar el magnífico y eterno sol carioca.
Río es siempre Río
Puntualmente a las 8 de la mañana, el Costa Mágica rodea el magnífico puente Río-Niteroi, y deja ver, desde los balcones, o desde las amplias terrazas, la amplia bahía de Copacabana y las playas de Ipanema, el consabido Pan de Azúcar y a lo lejos, casi celeste, se recorta el Cristo Redentor.
Casi todos los pasajeros se lanzan a conquistar la ciudad. Con sus 11 millones de habitantes, y sus 320 kilómetros de playa, Río nos recibe con los resabios del Carnaval. Las carrozas vacías pasan cortando el paso de los automóviles, pero nadie protesta. Esta es una ciudad de contrastes. Hoteles de lujo casi exagerado, residencias fastuosas, millones de casuchas colgadas de los cerros y miles de vendedores de ilusiones callejeras… pero más allá de eso, parece feliz. La gente toma cerveza fría mirando el mar, otros juegan a la pelota o corren, y el tiempo es inmóvil. Viéndola, parece una ciudad feliz, como vivir en un crucero. Tras un chapuzón, los visitantes regresan a su hogar flotante. En unos pocos minutos, el gigante acostado se da al mar.
Siga, siga el baile
A unos 40 kilómetros por hora, el barco parece amodorrarse. Hay que ver la espuma que se aparte de su panza o esa avenida movediza que deja su popa tras de sí, para confirmar que el gigante blanco preñado de música y bailarines, efectivamente navega hacia algún lado.
Cuando la tarde de pileta se agota, cuando el gimnasio deja descansar a sus visitantes y las sombras azules hacen del mar, un murmullo; el barco se transforma en un salón de fiestas. Muchos van al teatro; un espacio espectacular, diseñado en tres niveles y con una capacidad para 1.300 personas. Un gran escenario, luces de última generación y un acondicionamiento acústico envidiable, da pie, cada noche, a números musicales, demostraciones de destreza, bailes y revistas musicales.
Como toda ciudad ideal, aquí no falta un casino, decorado con imágenes y marionetas tradicionales sicilianas. Y mientras los adultos destejen sus esperanzas en la ruleta, los chicos y adolescentes vistan el espacio de juegos electrónicos.
El segundo día completo, con su noche, es vida a bordo. Afuera sólo mar y las estrellas, y de vez en cuando, una silueta que parece tierra, a la que algunos señalan emulando a Colón.
Al amanecer del tercer día, la costa es una promesa concreta. Las montañas enfundadas en verde, los pequeños barcos buscando tesoros y un coro estridente de gaviotas anuncian que estamos cerca de Bahía. La más antigua, la más negra, la más bella creación brasileña.
En Salvador de Bahía
Es el cuarto día; es la primera ciudad y su primera capital; tiene 365 iglesias de más de 200 años que no podremos visitar. Pero el sol invita a la playa, o a pasar por el Pelourinho, una joya arquitectónica restaurada con criterio y sabiduría; hoy es un reservorio invalorable de la cultura negra y colonial. Dicen que el Pelourinho no duerme jamás, pero nosotros no podremos comprobarlo, porque dormiremos, como cada noche, en las generosas camas del Costa Mágica.
Una vuelta por Salvador, invita a perderse por esas calles desparejas y laberínticas.
En todas flota la sensación de que aquí, efectivamente, viven dos millones de personas y es muy fuerte la marca de un pasado sufriente y un presente algo más grato. Adiós ciudad oscura, mágica, misteriosa. ¿Dónde habrá vivido Jorge Amado? ¿Dónde está doña Flor?
En cada itinerario, el barco se reserva una noche de gala. Las mujeres dejan los short y los pareos y lucen largos vestidos negros. Los hombres brillan dentro de sus trajes ajustados.
A esa altura, casi todos han asimilado bien la comida, que abunda. El capitán saluda, hay menú especial y los mozos cantan y bailan. Los comensales hacen trencitos alrededor de las mesas. El mundo ideal e idealizado, sigue vigente.
Otro día de agua, piletas, spa, cerveza mirando a ningún lado, vientos cálidos, música que mueve los pies. A la noche, teatro; y luego, gran fiesta de disfraces. Aquí pasa algo todo el tiempo. El día se hace corto, la noche también. A la medianoche, salen a servir pizza a granel. Luego, a las dos o a las tres de la mañana, o a media tarde, relucen las mesas de masas dulces, tortas, merengues, tartas frutadas, delicias conocidas y desconocidas, todo es color.
Isla a la vista
Quinto día, debe ser Ilhabela. Otra vez ese verde sobreactuado, y las playas que se suceden como suspiros. Y esas bahías ostentosas, y los recovecos, y los arenales. Dicen que hay al menos cincuenta playas y desde el barco añoramos una, solo una. Aquí no hay puerto, hay trasbordo. En la bahía reposan botes y veleros; las aguas parecen perros dormidos, se dejan acariciar. Sin darnos cuenta, hemos llegado al paraíso. Los pájaros cantan, por eso sabemos que no es un sueño.
Pero Isla Bella no le sienta nada mal; sus tres mil habitantes están de acuerdo. Aquí también toman cerveza mirando cómo el mar se dora y el tiempo cesa.
Pero el viaje continúa y se regresa a Santo, la ciudad de 500 años, playas amigables, palmeras como molinos, y el puerto más grande de Brasil.
Enfrente, en otra isla, un inusitado paisaje de casas flotando. Parece otro sueño, más real, menos ideal. El viaje terminó.
El gigante no duerme. Mientras descendemos, un ejército de camareros limpia sobre lo limpio, ordena, decora. Un nuevo contingente está por subir.
Por Nerio Tello
05/04/09
CLARÍN
