La totalidad del sector pesquero argentino sigue en vilo. Existe coincidencia general en cuanto a que el 2008 se presenta como muy difícil y complejo especialmente por la situación crítica de la merluza, pero también por la progresiva pérdida de rentabilidad de todas las empresas pesqueras que inevitablemente se reflejará en menor actividad económica con el consecuente impacto social y laboral.
La totalidad del sector pesquero argentino sigue en vilo. Existe coincidencia general en cuanto a que el 2008 se presenta como muy difícil y complejo especialmente por la situación crítica de la merluza, pero también por la progresiva pérdida de rentabilidad de todas las empresas pesqueras que inevitablemente se reflejará en menor actividad económica con el consecuente impacto social y laboral.
A viejos problemas irresueltos se le fueron sumando otros y por ahora nadie atina a diseñar soluciones para hacer frente a la coyuntura ni mucho menos para acordar un modelo sustentable a mediano y largo plazo. Por el contrario, para el nuevo, o mejor dicho para un escenario repetido, solo se echa mano a viejas recetas que con solo ver el presente alcanza para concluir que no sirvieron en el pasado y no se percibe por qué habrán de servir ahora para consolidar a la pesca argentina.
En los primeros años, después de la salida de la convertibilidad, soplaron aires optimistas por los beneficios que aportó un tipo de cambio alto a una actividad principalmente exportadora. Rápidamente se recompusieron los salarios y se ganó en competitividad para aspirar a nuevos mercados con diversificación de productos.
Aquellos tiempos pudieron ser usados para pensar en grande y sentar las bases de un modelo pesquero que, con el necesario consenso de sus actores, superara los cuellos de botella, las mezquindades cortoplacistas y los enfrentamientos artificiales.
Sin embargo se desaprovechó esa oportunidad de espíritus y ánimos más templados. Lamentablemente, y sin importar cuáles fueron los motivos, se optó por la persistencia de un escenario de imprevisibildad jurídica por la no aplicación de la ley vigente y por la precariedad de las normativas provinciales, no se allanaron las trabas burocráticas, se continuó tolerando el trabajo en negro, no hubo castigos para quienes siguieron lucrando por permitir la violación de los controles, persistieron los favoritismos y sobrevivieron otros males que atraviesan históricamente a la pesca. Tampoco hubo incentivos para quienes ajustaron su conducta a las buenas prácticas ni para quienes apostaron a nuevas inversiones.
Hoy, mientras que las autoridades pesqueras solo escuchan y es una incógnita saber qué medidas se adoptarán tanto como si se tomará alguna, crece la preocupación por la escasez de merluza, por la flota potera operando solo en un 50 por ciento, por los tangoneros rodeados de incertidumbre.
Ante tanto “río revuelto” no faltan los que interesadamente apelan a reeditar viejos enfrentamientos. Así, con el pretexto de recuperar la merluza la solución pasaría por expulsar a los “congeladores que depredan”, para sacar competidores del mercado, otros propondrán echar a los “extranjeros que depredan”, mientras que otros pretenderán reformar la legislación para sacarles a los patagónicos el manejo del langostino y la enumeración de los atajos podría continuar.
Lo cierto es que esta realidad no se revertirá hasta que con consenso y amplia participación se establezca un proyecto integral pesquero que contemple medidas a corto, mediano y largo plazo que permitan la recuperación de la merluza y de otras especies que también están en riesgo, como también devuelva la competitividad perdida, genere trabajo de calidad, incentive la reconversión de las plantas para la elaboración de productos de mayor valor agregado y defienda la colocación de nuestros productos pesqueros en nuevos mercados. Hasta tanto no exista una política de Estado, la pesca seguirá a la deriva.
17/03/08
PESCA & PUERTOS
