Todo parece indicar que la mayor frecuencia de temperaturas muy elevadas, un rasgo del clima que sugiere comentarios trillados durante los veranos porteños (“¡Che, antes no hacía este calor infernal!”) es algo más que una “sensación”. Aquí y en muchas regiones del globo.
Todo parece indicar que la mayor frecuencia de temperaturas muy elevadas, un rasgo del clima que sugiere comentarios trillados durante los veranos porteños (“¡Che, antes no hacía este calor infernal!”) es algo más que una “sensación”. Aquí y en muchas regiones del globo.
Un informe especial sobre gestión de eventos climáticos extremos, dado a conocer ayer por el Grupo II del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) constató que estos fenómenos extremos no sólo aumentaron desde 1950 en adelante, sino que seguirán aumentando.
“Es prácticamente cierto que a fines del siglo XXI habrá un aumento de la frecuencia y la magnitud de las temperaturas extremas cálidas diarias y una reducción de las temperaturas extremas frías en escala mundial (…) Si en un período de 20 años se da un día muy caluroso, es probable que a fines del siglo esto ocurrirá cada dos años en la mayoría de las regiones”, afirma el documento, un trabajo de casi 600 páginas elaborado por 220 expertos de 62 países y entre cuyos editores está el doctor Vicente Barros, copresidente del Grupo de Trabajo II del IPCC e integrante del Centro de Investigaciones del Mar y
“Este es un informe especial, sobre un tema puntual pedido por el secretariado de las Naciones Unidas para el manejo de los desastres -explica Barros-, y en el que convergen tres comunidades que representan a varias disciplinas.”
Los especialistas, que analizaron miles de trabajos científicos, constataron que en la segunda parte del siglo XX hubo mayor frecuencia de olas de calor y anticipan que va a haber más en el futuro. También habría más frecuencia de lluvias intensas e incremento de las lluvias totales.
“Es una consecuencia esperable del cambio climático, porque aumenta la temperatura y aumenta la capacidad de la atmósfera para contener humedad -dice Barros-. Es la energía que se necesita para que la tormenta se acelere. Acá, en Buenos Aires, está ocurriendo eso.”
Menos noches frías
Otro de los resultados que surgen del trabajo es que habrá más noches cálidas y que hay regiones del planeta en las que aumentaron la frecuencia y la magnitud de las sequías, pero no en la nuestra.
“Hemos tenido un par de sequías en diez años, pero cuando se compara con lo que pasaba hace cuatro o cinco décadas, se ve que eran mucho más frecuentes -aclara el investigador-. Hay regiones, como el nordeste de Brasil, que ya es árido, en las que la precipitación podría reducirse más aún. En Chile, lugares donde llueve mucho, como Puerto Montt, han perdido alrededor del 50% de las precipitaciones en el último siglo.” Por el contrario, las condiciones de humedad del suelo medidas por dos mecanismos diferentes permiten inferir que la pampa húmeda, el centro de la zona agroganadera argentina, está fuera de peligro.
Según explica Barros, el informe revela que los desastres que responden a fenómenos del clima están condicionados por causas no climáticas. “Lo que aumentó es la exposición y la vulnerabilidad de las personas a los eventos climáticos -dice-. Un ejemplo es el que ofrece Santa Fe, que al ocupar todo el valle de inundación, en las últimas décadas padeció inundaciones periódicas.”
Las estimaciones de pérdidas anuales pasaron de unos miles de millones de dólares, en
Por Nora Bär
29/03/12
