(FNM) La Antártida y sus aguas e islas circundantes serán probablemente sometidas a grandes presiones en las próximas décadas, por el desarrollo de recursos. Si bien los proyectos de recursos minerales están actualmente prohibidos (la explotación de recursos vivos marinos, no lo está), el desarrollo gradual de recursos en las áreas subantárticas irá abriendo el camino para la aceptación de la idea de moverse poco a poco más al sur, sostiene el Dr Alan Hemmings, especialista en cuestiones polares de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda.
(FNM) La Antártida y sus aguas e islas circundantes serán probablemente sometidas a grandes presiones en las próximas décadas, por el desarrollo de recursos. Si bien los proyectos de recursos minerales están actualmente prohibidos (la explotación de recursos vivos marinos, no lo está), el desarrollo gradual de recursos en las áreas subantárticas irá abriendo el camino para la aceptación de la idea de moverse poco a poco más al sur, sostiene el Dr Alan Hemmings, especialista en cuestiones polares de la Universidad de Canterbury, Nueva Zelanda.
Los proyectos de hidrocarburos son una posibilidad obvia, pero también los son los de otros minerales, tales como las tierras raras.
En la década de los 70, se hablaba de remolcar témpanos hacia las partes más secas del mundo. Probablemente esta todavía sea una idea descabellada que en todo caso podría convertirse en la iniciativa de alguna embotelladora de agua de marca.
La cuestión es, sin embargo, que la Antártida tiene un potencial de recursos inexplotados y mayormente desconocidos; la suerte de potencial que puede llevar a la confrontación entre Estados, como se ha visto en el Mar del Sur de la China.
Vale la pena discutir el tema de los recursos antárticos ahora, dice Hemmings, pues existe una expectativa realista de que el mundo va a considerarlos en un futuro no muy lejano. “Es mejor ejercer un considerable nivel de restricción en la Antártida, y no permitir que se convierte en un lugar donde se riña en torno de los recursos, porque en ese caso inevitablemente ganarán los más grandes”.
“Si usted es un estado reclamante en la Antártida, usted cree que tiene mejores títulos que otros sobre la parte que reclama. También puede creer que tiene los atributos de un estado costero en el sentido de la CONVEMAR y por tanto que tiene el derecho de controlar una zona económica exclusiva. Y esto nos mete directamente en el debate global acerca de lo que ocurra en el ámbito marino”, sostiene.
“Si nos planteamos qué clase de futuro queremos para la Antártida, yo diría que queremos un lugar pacífico donde se regulen las cosas que hagamos colegiadamente entre la comunidad de naciones. En ese caso, debemos ser muy cuidadosos y limitar lo que trataremos de hacer, porque –además de las consideraciones ambientales-, simplemente carecemos de la arquitectura legal e institucional que tenemos en la mayor parte del resto del mundo”.
“No nos podemos poner de acuerdo sobre quién es propietario de cada porción del territorio. Tenemos grandes sectores que nadie reclama. Entonces, ¿en esos casos la alta mar llega hasta las costas? Presumiblemente sería así”.
Hay siete reclamantes oficiales, Argentina, Australia, Chile, Francia, Nueva Zelanda, Noruega y Reino Unido y dos “semireclamantes”, EEUU y Rusia.
“Sin embargo, nadie reconoce a ninguno de esos reclamantes. Nueva Zelanda, Australia y otros países podrán pensar que tienen territorios en la Antártida, pero todo el resto piensa que eso es un absurdo”
Solo unos 50 estados sobre cerca de 200 en el mundo, están involucrados de alguna manera en el Sistema Antártico y solo 29 de ellos –incluidos EEUU- son miembros con derecho a voto. La mayor parte de África, Indonesia, Vietnam y los pequeños estados insulares están lejos de tener algún rol en la gestión de la Antártida. No obstante, esos países podrían verse afectados ambiental y económicamente por las actividades en la Antártida.
Por tanto, Hemmings sostiene que la actual situación no pueden garantizar la justicia ni la satisfacción general.
El Sistema del Tratado Antártico fue creado durante la Guerra Fría. Su persistencia por más de 50 años (desde 1961) ha tendido a mitificar sus logros, dice Hemmings. ¿Qué contribución a la justicia global provee el régimen antártico hoy a la comunidad internacional y qué puede esperarse razonablemente que provea en la segunda década del siglo XXI?
El gran logro del Sistema del Tratado Antártico, dice Hemmings, es que ha creado un cuasi condominio para la gestión de la Antártida. “El problema es que lo que pareció un paso intermedio absolutamente razonable –congelar los reclamos sin abandonarlos- ha permanecido en suspenso ya por más de medio siglo. La tenue luz de la soberanía territorial ha inhibido un desarrollo más completo de una gestión colectiva.
Si solo pudiéramos liberar al sistema del prologado apego formal a los reclamos territoriales – los cuales, de todas formas, no van a llegar a concretarse nunca, dado el nuevo orden geopolítico internacional- podríamos desarrollar más esta aproximación al condominio. Esto todavía nos dejaría temas para debatir en pro o en contra de algunos temas antárticos futuros; entre otros, por ejemplo, si vamos a explotar el continente o dejarlo en su estado como reserva natural global.
“Pero, como lugar realmente gestionado internacionalmente, y fuera del marco territorial histórico del resto del planeta, tendríamos la base para ampliar sustancialmente a escala internacional el compromiso – y la responsabilidad – con el continente. Finalmente podría llegar a afirmarse que la Antártida es la responsabilidad de toda la humanidad”.
La Antártida es el único continente del mundo que no ha visto la guerra. Hemmings desearía mantenerlo de esa forma. Es tiempo de volver a evaluar la aceptabilidad de los reclamos territoriales, antes que la cuestión del uso de los recursos de la región se nos vengan peligrosamente encima”, concluyó. (Por Wendy Laursen; MarEx. Adaptado al español por NUESTROMAR)
23/12/14
