Casi no hay millonario que no quiera su propio submarino, no tanto porque tengan alma de Jacques Cousteau, sino porque allí abajo los paparazi no llegan.
Casi no hay millonario que no quiera su propio submarino, no tanto porque tengan alma de Jacques Cousteau, sino porque allí abajo los paparazi no llegan.
El empresario ruso Roman Abramovich ha pagado incluso 70 millones de euros por el más grande de estos `caprichos´: 10 habitaciones y una autonomía de 20 días bajo el mar. Los hay también más pequeños, desde 600.000 euros. Le mostramos los más buscados.
Tras cuatro horas y cuarenta minutos bajo el agua, el submarino `de bolsillo´ en el que nos sumergimos para probar en carne propia el non plus ultra de los ricos vuelve a la superficie. Con los ojos repletos de imágenes mágicas, respiramos una bocanada de aire fresco, extasiados. Sin embargo, las inmersiones a veces pueden ser `penosas´…
«Hace tres semanas vino un cliente ruso a probar el submarino con su prometida y su perro, que no dejó de ladrar durante tres horas. En dos metros cuadrados es una lata al final. Pero era un cliente potencial…», cuenta Kenneth Simon, jefe de marketing de U-Boat Worx, una empresa especializada en la construcción de submarinos `de bolsillo´. A 600.000 euros el sumergible, hay chillidos que hay que aguantar, está claro…
Para nuestra inmersión, Kenneth ha decidido dejarnos arrastrar por barco a una zona bastante alejada. «En superficie –explica–, este CQuester 3 sólo va a cuatro nudos. Es poco. Sería estúpido vaciar la batería en superficie cuando se dispone de un sumergible, ¿no?» A primera vista, el interior del submarino recuerda a una cabina de videojuegos, aunque con menos botones. Ante mi sorpresa, Kenneth asegura que no es mucho más complicado de fabricar que un coche. «Un submarino no es una nave espacial. Cuatro motores de empuje, cuatro baterías de litio, oxígeno. Eso es todo, a grandes rasgos.»
Cuando el barco nos deja finalmente en nuestra zona de inmersión, Kenneth llena los lastres de agua. El techo burbuja, sobre nuestras cabezas, desaparece gradualmente bajo el mar. Pienso en el perro de aquel oligarca porque la primera sensación, agradable, es el silencio. Ni los motores ni las baterías emiten el mínimo ruido, hasta el punto de que a veces uno se pregunta si el motor no será un montón de chatarra que se hunde sin control en el mar. Una vez finalizada la inmersión, Kenneth pulsa las palancas para dirigirnos hacia un arrecife de coral a un centenar de metros de nuestra posición. La impresión es mágica, como si nos acercáramos al cristal de un acuario para ver mejor su interior, salvo que aquí, mobilis in mobile, estamos dentro. Ya no basta ver evolucionar los peces; ahora evolucionamos entre ellos.
La burbuja superior nos ofrece una visibilidad total. La intensidad de la luz disminuye, pero cuesta calcular la profundidad. Los colores cambian. El rojo de mi paquete de cigarrillos se ha convertido en naranja y el naranja del casco del submarino es amarillo. El dial de Kenneth indica 35 metros ya. Aunque el espacio de la cabina no es inmenso precisamente, tampoco es menos cómodo que un compartimento de tren. Para observar a una morena tapir en una roca, Kenneth nos desplaza sin gran dificultad. ¿Un descuido durante la maniobra? El rostro de Kenneth se endurece. «Tenemos problemas con el motor derecho. No hay impulso. ¿Es una complicación? Como no encontremos el origen del problema, vamos a girar en redondo.» Lógico.
Kenneth piensa que la turbina ha aspirado un trozo de coral. El fotógrafo submarinista que nos acompaña comprende las señales y extrae dos grandes corales. Le pregunto a Kenneth cuál es el procedimiento en caso de incidente grave. «En primer lugar, habríamos podido ascender a la superficie de todos modos gracias a un botón de auxilio que suelta cien kilos de golpe y nos habría devuelto al aire libre. En el peor de los casos, el CQuester 3 dispone de cuatro días de reserva de oxígeno. Y, sobre todo, jamás hay que sumergirse sin un equipo de socorro, es decir, un barco con el que se está conectado en permanencia. Hasta cien metros de profundidad, los submarinistas son suficientes para el salvamento. No ocurre lo mismo con los submarinos capaces de descender a mil metros de profundidad. Hay que contar con un segundo del mismo tipo en caso de problema grave.»
El CQuester 3 fue probado a 140 metros de profundidad, pero su homologación no le permite pasar de los cien. A esa profundidad, la luz traspasa difícilmente y los colores desaparecen. Sólo queda arena y un verde dominante, oscuro y casi angustioso. Sólo los restos de un avión devuelven la vida a nuestro paseo. Nos acercamos tanto que se distinguen todos los mandos de la cabina del piloto, ya recubierta de musgo donde picotea un banco de peces. Le pregunto a Kenneth las posibilidades de abrir la cúpula para salir a nadar. «Sería difícil –sonríe–. La presión que soportamos equivale al peso de veinte elefantes sentados encima.»
Ya hace cuatro horas desde que comenzamos la inmersión. Pese a las seis horas de autonomía del CQuester 3, Kenneth no quiere correr riesgos. Mientras subimos a la superficie, el sentimiento de frustración es comparable al que se siente al abrir un paracaídas tras un salto en caída libre: queremos más. Y se entiende mejor por qué los submarinos se han convertido en el último grito entre los multimillonarios.
Se calcula entre 1.000 y 1.500 el número de este tipo de vehículos que circulan en el fondo de los océanos.
Para Eric Hasselman, director de U-Boat Worx, el mercado potencial ronda los 3.000. «El precio [600.000 dólares como mínimo] sigue siendo alto porque el mercado no permite la producción en serie.» La clientela meta es la misma que puede comprarse un Ferrari o un yate, y es a la que se dirigen los cuatro principales constructores de hoy: U-Boat Worx, Seamagine, Hawkes Ocean Technologies y Marlin Submarines. Todos sus modelos se parecen más o menos: dos o tres plazas y una capacidad de inmersión de entre 100 y 200 metros.
Aparte de eso, dicen a coro, no hay mucho más que ver. Cuando les pregunto la motivación principal de compra de sus clientes, también son unánimes: «Porque un submarino permite ir a lugares donde nadie ha ido aún». Una ganga para quienes tienen «más dinero que tiempo para gastarlo», según la expresión de la revista Forbes. En este universo, con un barco, por muy lujoso que sea, se alardea poco. Pero con un submarino la cosa cambia. «Se convierten en los héroes de sus amigos cuando embarcan en el fondo del Caribe y les dicen que lo que están viendo no lo ha visto ningún ojo humano antes», explica Will Kohnen, de Seamagine.
Otro factor decisivo que explica la moda de los submarinos `de bolsillo´ es, precisamente, la expansión del mercado de yates de lujo. Pese a la crisis, no faltan los pedidos. Los clientes suelen dejar sitio para un sumergible y, si a los compradores no se les había ocurrido, los fabricantes se encargan de proponérselo como opcional. El entusiasmo de algunas personalidades también da mucha publicidad a los sumergibles de recreo. Richard Branson compró a la firma Hawkes Ocean Technologies un modelo DeepFlight Merlin para tres personas. Pero Sir Richard no pierde jamás el sentido de los negocios. Cuando se alquila su isla, se puede alquilar también su submarino durante la estancia (a 25.000 dólares la semana). Tom Perkins, el multimillonario que desembolsó cien millones de dólares para construirse el superyate Halcón Maltés, también se ha comprado un DeepFlight Falcon por un millón y medio de dólares.
La segunda categoría son los que se salen de la norma, los supermegarricos. Según David Fabié, un francés apasionado del tema, en todo el mundo sólo hay unos cincuenta submarinos de más de doce metros. Paul Allen, cofundador de Microsoft, tiene dos que sobrepasan los trece metros a bordo de su yate Octopus. Abramovich posee el Rolls del sector, un modelo Phoenix 1000 capaz de sumergirse a más de mil metros, por el que pagó 70 millones de euros. Un monstruo de 70 metros de largo con cuatro plantas, 500 metros cuadrados habitables, jacuzzi, gimnasio, bodega, diez habitaciones y una autonomía de veinte horas para once pasajeros.
Para cumplir caprichos así, la empresa US Submarines es única en el mercado. Obtener información sobre sus clientes de la mano de Bruce Jones, su vicepresidente, es como sonsacar el escondite de Bin Laden a un señor de la guerra de Waziristán. Al menos, acabamos enterándonos de que dos o tres jefes de Estado también han pedido uno «para huir en caso de hundimiento de su régimen». Y se entiende a media voz que el grueso del mercado se reparte en estos momentos entre Estados Unidos, Oriente Medio y Rusia.
Entre la serie de antojos que se pueden instalar en un submarino, Bruce Jones menciona «la construcción de una pista de bolos, un brazo exterior guiado con láser para la caza submarina y una piscina».
El común de los mortales suele dudar entre mar o piscina durante las vacaciones. Los megarricos optan por piscina en el mar. Difícil rivalizar con tanta elegancia.
09/08/10
XL SEMANAL









¿Qué son 70 millones de
¿Qué son 70 millones de euros para nuestro amigo Abramovich?
Vale la pena, por tal de estar realmente solo un rato…