Un automóvil es un medio de transporte que contamina. Dicho así suena fatal y dan ganas de prescindir de él. Pero un automóvil es sólo la punta de un iceberg industrial del que dependen no pocas economías y la prudencia invita a ser cuidadosos con las decisiones radicales que enfrentan a la producción industrial con la ecología.
Un automóvil es un medio de transporte que contamina. Dicho así suena fatal y dan ganas de prescindir de él. Pero un automóvil es sólo la punta de un iceberg industrial del que dependen no pocas economías y la prudencia invita a ser cuidadosos con las decisiones radicales que enfrentan a la producción industrial con la ecología.
Las consecuencias de una caída de la fabricación nos las pueden contar con detalle en Vigo y allí, ahora, no hay debate sobre la contaminación que provocan los automóviles, se echan de menos. Y no digamos en las industrias auxiliar y de servicios donde el daño es aun mayor. A medida que disminuye la dimensión de la empresa inducida, más grave es el daño, llegando al grado de devastador en el caso de las pequeñas empresas.
Todos entendemos las consecuencias de la crisis del automóvil pero parece que cuesta trabajo comprender el problema de la pesca. España ocupa un lugar destacado en la producción de automóviles pero no pasamos de ser una sucursal fabril de las distintas transnacionales. En el caso de la pesca, el problema se multiplica porque se cierra el círculo económico al completo. Somos la décima potencia mundial en extracción pero tenemos a una empresa que ocupa la sexta posición en el ranking mundial, una transnacional tan ramificada internacionalmente como lo pueden estar Banco Santander o Repsol. Y eso quiere decir algo.
Lo más obvio es que el asunto de la pesca nos afecta más que el del automóvil si queremos mantener la referencia. De la pesca depende un amplísimo tejido industrial que va desde la propia extracción hasta el pequeño comercio que vende los productos, pasando por la construcción naval, equipamiento de buques y fabricación de aparejos, industria conservera, transporte frigorífico, alimentos elaborados, fabricación de harinas, etc. Por cierto, muchas de ellas intensivas en mano de obra, especialmente las pequeñas y medianas empresas.
El debate sobre el estado de la despensa marina es permanente y así debe ser porque los recursos son finitos. Pero conviene tener cuidado con las visiones apocalípticas que pretenden enfrentar el estado de los recursos con la industria de la que dependen numerosas economías, sociedades completas que viven de esos recursos. La economía sostenible se impone y los esfuerzos por adecuarse a ella en el sector pesquero son constantes. Ecología e industria tienen ya muchos puntos de encuentro, especialmente en los países desarrollados y España no es una excepción, más bien una referencia.
Pero nada es gratis en la conservación de los recursos y por lo tanto la dicotomía ecología/industria puede y deber convertirse en convergente buscando los puntos de encuentro. Hay un problema ecológico pero también de alimentación, al que hay que añadir el industrial que es, en definitiva lo que permite prosperar, algo a lo que nadie quiere renunciar. Y así está ocurriendo si nos atenemos a un estudio publicado por la revista Science. La publicación empieza por la alarma al recoger de ese estudio que 63% de las reservas estimadas de peces en el mundo necesitan ser reconstituidas. "En todas las regiones seguimos constatando una tendencia inquietante hacia un derrumbe creciente de las existencias", dice el principal autor del estudio, Boris Worm, de la universidad canadiense Dalhousie. "Pero este estudio -añade- muestra que nuestros océanos no son una causa perdida".
En efecto, según el estudio, en varias regiones de Estados Unidos, en Islandia y en Nueva Zelanda se han logrado avances importantes para reconstituir las reservas devastadas por décadas de sobrepesca, poniendo en marcha estrategias de gestión prudentes.
La mitad de las 10 zonas de pesca analizadas en el marco del estudio lograron así disminuir la tasa de explotación (la proporción de peces pescados), principal causa de rarefacción o de desaparición de los peces.
"Esto quiere decir que la gestión en estas zonas abre el camino a un restablecimiento ecológico y económico", explicó Boris Worm. "Es solo un inicio, pero esto me da la esperanza de que tenemos la capacidad de controlar la sobrepesca".
Parece pues que estamos en el buen camino, con permiso de los desaforados depredadores de Extremo Oriente, principal punto de conflicto con los recursos marinos y propietarios de flotas que esquilman todo lo que encuentran, allí y en cualquier sitio donde pueden.
Por tanto, tenemos que comenzar a diferenciar la forma de actuar de las distintas potencias mundiales en pesca. España está entre la diez primeras pero no forma parte del grupo de devastación marina, al contrario, ha sido una de las más activas en acercarse a los criterios de la economía sostenible paulatinamente. No hay que más que comprobar el número de sociedades mixtas con países con caladeros importantes y que no son precisamente naciones del primer mundo. En ellos ya hay alguna regulación por esta vía lo que permite una extracción ordenada. Puede que no sea la solución perfecta ni definitiva porque todo es mejorable pero es un paso importante y nuestro país es pionero. Si nos atenemos a lo hecho por la sexta empresa mundial, que no es otra que la gallega transnacional Pescanova, tiene sociedades mixtas en Suráfrica, Namibia, Mozambique, Angola, Argentina, Chile, Marruecos, por citar algunas. Es un buen comienzo y tiene un gran mérito porque gracias a ello se da impulso a toda la industria auxiliar en España y, sobre todo, se garantiza el suministro de pescado, un bien que empieza a escasear.
¿Se puede hacer más? Sin duda, pero nosotros ya hemos empezado. A gran escala y también en el ámbito local. Hace pocas horas, la Organización de Productores de Pesca Fresca de Vigo comunicaba que ha decidido limita sus capturas de gallo, prohibiendo la descarga de ejemplares de esta especie que no superen los 25 centímetros a partir del día 19 de agosto. Es el último dato disponible pero se acumula sobre otros muchos anteriores. Por poner el contrapunto y siguiendo en Vigo, en las últimas semanas han cerrado como consecuencia de la crisis de demanda 9 de las 80 comercializadoras, que en conjunto dan empleo a más de 2.500 personas.
Si volvemos a aumentar la escala, podemos fijarnos en el caso de las capturas de merluza. La FAO lo pone como ejemplo de la recuperación de especies, y en eso de la merluza, España tiene mucho que decir.
Concretando: la extracción de pescado a escala mundial se ha mantenido en toneladas en los últimos 20 años. Eso significa que dada la salvaje explotación de algunos países de Extremo Oriente, la industria pesquera del resto de los países ha moderado sensiblemente sus capturas. Y lo ha hecho a un alto coste, como en España que en 25 años ha reducido a casi la mitad su flota pesquera (de 20.000 a 11.000 barcos).
No estamos pues en un país que a pesar de la importancia que da al consumo de pescado haya hecho oídos sordos al problema de la sobrepesca. Y estamos en la Unión Europea, zona económica que se ha tomado muy en serio el asunto. Tendremos oportunidad de verlo durante la presidencia sueca y, esperemos, durante la siguiente, que será española.
La solución a la sobrepesca no es otra que la acuicultura y es ésta la que ha absorbido el aumento de demanda mundial. También en este capítulo España ocupa un lugar destacadísimo, hasta el punto de haberse convertido en referencia. No pocas dificultades e incomprensiones han tenido que superar las empresas dedicadas a estas explotaciones. Puede que no sea la mejor solución pero debe estar muy cerca de ello porque lo cierto es que gracias a ello podemos seguir consumiendo pescado a precios razonables. Los problemas medioambientales son mínimos pero existen y deben ser tenidos en cuenta. Eso no significa que se impongan los criterios ecologistas más rígidos y sí la búsqueda de soluciones con costes asumibles por ambas partes. Todos tenemos en la memoria hechos recientes que han provocado que Galicia pierda algunas explotaciones de este tipo sin el conveniente debate sobre unas realidades que no tienen en cuenta todos los factores y las posibles soluciones.
Mientras desde la Administración central se empiezan a dar los primeros pasos para dotarnos de una Ley de Pesca Sostenible que inevitablemente provocará un ajuste, una reordenación si se prefiere, la mera iniciativa demuestra sin lugar a dudas que España no elude el problema y legisla para adecuarse a la nueva situación. Pero eso no puede hacerse al margen de la industria, extractiva y auxiliar, y así parecen haberlo comprendido en Agricultura.
No es casualidad que nuevo director general de Recursos Pesqueros y Acuicultura, Alejandro Polanco, haya sido embajador en Mauritania. Como tampoco lo es que el anterior director general haya sido destinado a Vietnam, ambos buenos conocedores de la pesca.
Y mientras en Madrid andan en eso, en Galicia la Xunta se emplea a fondo en demoler la anterior legislación pesquera. Hay en el fondo del cambio una profunda desregulación. Si esta fuera estrictamente burocrática sería bienvenida pero no parece que vaya a ser así. Esperemos que recapaciten y el criterio técnico y los conocimientos de la nueva responsable, de reconocido prestigio, se impongan sobre los criterios políticos. Y esperemos también que en el caso de la acuicultura sí se aplique en demoler lo anterior porque ahí sí acertará.
02/08/09
LA OPINION CORUÑA

