Islas movidas en demasía

La mayoría solemos irnos de vacaciones a sitios que nos arranquen del estrés que nos produce la vida urbana. Vamos, sin saberlo, en busca de aquello que hemos perdido pero queda en la memoria de la especie: el contacto con la naturaleza.

La mayoría solemos irnos de vacaciones a sitios que nos arranquen del estrés que nos produce la vida urbana. Vamos, sin saberlo, en busca de aquello que hemos perdido pero queda en la memoria de la especie: el contacto con la naturaleza.

Vengo de pasar algunos días en una isla del Delta. Allí, sólo la belleza de los juegos que la luz dibuja entre los verdes barrocos de la vegetación, las aguas vivas del río y esos cielos metódicamente impresionistas urden un resplandor que parece detener el tiempo.

Me privaré, no obstante, de la tentación de caer en las no siempre felices loas que Marcos Sastre le dedicó en su interesante El Tempe Argentino a esta geografía en que las estrellas suelen temblar espejadas en el río.

Lo que no se tarda en descubrir, una vez amainado el deslumbramiento inicial, es que escasa quietud habita la bucólica naturaleza.

El río alto es una bendición para los ojos, las zambullidas y la navegación. Pero cuando la corriente es fuerte, avanza la crecida y la belleza se trastorna en inundación. Y es demasiado lo que se puede perder.

El río bajo también trae sus problemas, en especial para los barcos. Y puede faltar agua y la necesaria humedad.

Las tormentas son puro brillo y espanto: parece que la tierra se partiera bajo un reguero de luces que ni Hollywood con toda su tecnología jamás logrará emular. Pero también se puede cortar la luz.

Y, de pronto, la quietud extrema: hasta el río está inmóvil, las hojas de los árboles ni tiemblan y el paisaje simula un mundo detenido, como clavado en un cielo que es sólo inmensidad azul.

Además, el bicherío: tímidas gallinetas, pájaros en multitud, perros, gatos, murciélagos, alimañas varias, más un catálogo de insectos -mosquitos incluidos- casi inaudito.

Lo cierto es que en ese universo de islas no hay un día igual a otro y los remansos sólo son pausas entre sorpresas, zozobras y la ilusión de oír el latir de la vida misma.

Quizá por eso la existencia sin la mediación del cemento es tan dura para los isleros. Pero, a cambio, reciben a diario una dosis desmesurada de belleza que acaso sólo quien no está habituado a ella puede apreciar. Lo que más asombra es que esos resplandores ignoren toda monotonía.
Por: Marcelo A. Moreno

28/01/10
CLARÍN

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