El gobernador Daniel Scioli debió regresar de Europa sin alfajores -en respuesta a un comentario de tinte gracioso que le hizo el jefe de Gabinete Aníbal Fernández-, para recorrer desde el aire, en tierra y con las botas puestas, los distintos lugares de la provincia afectados por el crecimiento del río Luján.
El gobernador Daniel Scioli debió regresar de Europa sin alfajores -en respuesta a un comentario de tinte gracioso que le hizo el jefe de Gabinete Aníbal Fernández-, para recorrer desde el aire, en tierra y con las botas puestas, los distintos lugares de la provincia afectados por el crecimiento del río Luján.
Sin demasiada suerte, el mandatario pretendió explicar que la situación hubiese sido “mucho peor” de no haberse concretado un conjunto de obras hídricas en los últimos años -lo cual puede ser cierto, aunque no simple de verificar-. Claramente, las mismas no resultan suficientes.
Los estudiosos de la cuestión dan por cierto que las inundaciones responden “a múltiples factores”, que se pueden compendiar en dos componentes principales: los eventos hidrometeorológicos extremos que se vienen manifestando desde hace por lo menos cuatro décadas y las acciones desarrolladas sobre el territorio bonaerense con unidades geográficas precisas, como son las cuencas hídricas.
Para el primer componente existen numerosos antecedentes que dan cuenta de la gravedad de los eventos que se vienen sucediendo en el planeta. El segundo componente es la efectividad de las obras hidráulicas y/o medidas estructurales correctivas a implementar en una cuenca, ya que en muchos casos no se observan mejoras parciales sustanciales.
A esto se suma la ocupación y/o cambio de uso del territorio de forma descontrolada, cediendo a una presión inmobiliaria muchas veces impulsada por los mismos gobiernos locales, que deberían velar por el cumplimiento de normas elementales, como la de no asentar urbanizaciones en sectores bajos inundables ni en las planicies de inundación de los principales emisarios del sistema de desagüe.
Una gestión responsable de las inundaciones es impostergable, tanto desde lo presupuestario como desde lo técnico. Todas las fuerzas políticas deben comprometerse para garantizar la continuidad y el fortalecimiento de programas de permanente evaluación y reducción riesgos, ante la tendencia creciente de la severidad de las precipitaciones.
Los mismos políticos y funcionarios que recorren las zonas inundadas cuando el agua les llega al cuello deberían caminar las mismas calles cuando el pavimento está caliente por el sol. Deberían hacerlo para garantizar las obras adecuadas, que las mismas tengan continuidad, y también para evitar intervenciones que, por favorecer a unos, pongan en riesgo a muchos otros. (La Nueva)
21/08/15
