(FNM) Cuento marinero para leer y disfrutar durante el fin de semana.

(FNM) Cuento marinero para leer y disfrutar durante el fin de semana.

Y llamó Dios a lo seco Tierra, y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno.   Génesis capitulo 1 La creación

En el océano Pacifico, separado del territorio continental de Chile por los Golfos de Ancud y Corcovado, existe un archipiélago legendario. Es un mundo mágico de mar y de islas que sus habitantes aman, salpicado de un sinnúmero de riachuelos, lagos y canales. Es conocida su riqueza y la variedad de especies de sus pesquerías.

Desde tiempo inmemorial, este archipiélago era conocido por su gente originaria como Chilhue que sería traducido al español, como región de las gaviotas”. 

La historia cuenta que el archipiélago fue separado del continente por la llegada de Caicaivilú, la serpiente del mal que inundó las tierras fértiles y trató que el mar se tragara toda la tierra, pero Tentenvilú o la serpiente del bien, diosa de la tierra, de la fertilidad del campo y de todo lo bueno, salvó las islas y desde aquella mitológica batalla las protege de las inundaciones, representada por los tsunami que azotan su costa y también de los golpes de la cola de Caicaivilú que provocan los terremotos. Esa riqueza mítica se vio enriquecida después de la colonización española y con ella, por la influencia de la religión católica.

Pero la realidad es que la Iglesia no pudo con los brujos y su magia. Por eso si bien encontramos numerosos templos recuerdo de la evangelización europea, mayor es el número de hechiceros y de seres mágicos que compiten en la creencia del pueblo.  Algunas de esas creencias evocan seres buenos, pero la mayoría de esos mitos cargan con una alta cuota de maldad.

Los brujos son los sacerdotes de Caicaivilú, pero evitan ser socios de la serpiente en la destrucción del archipiélago, porque el fin de las islas los involucraría también a ellos. Aman vivir cómodamente, gracias al resultado económico de sus fechorías.

Forman una agrupación que se llama ¨Mayoría¨ y que se refugia en la cueva de Quicaví ubicada en una pequeña isla más allá de Quellón.

Su guarida está custodiada por Invunche o Machucho de la caverna. Era un desgraciado sirviente,  un niño normal que fue robado por los brujos y transformado en un cancerbero. Anda desnudo y camina en tres patas, se alimenta de carne humana que le proveen los hechiceros, no habla,  emite sonidos guturales y con sus alaridos terroríficos mantiene alejados a los humanos de la entrada de la cueva.

los brujos vuelan, gracias a un pacto que realizaron con el diablo y por el cual entregaron sus almas, (Para poder volar usan un chaleco que se llama Macuñ,  hecho con la piel de un cadáver de un familiar cercano víctima de un asesinato.). También navegan los canales marinos en el Caleuche que es un viejo galeón español del cual se apoderaron después de matar a sus tripulantes y dárselos de comer a la voladora que es una mujer que se convierte en gaviota o albatros y se desempeña como mensajera de los brujos.

El Caleuche puede navegar como un fantasma pero siempre lo hace cuando el sol se oculta, puede navegar con sus velas infladas aunque no haya viento y de ser necesario se sumerge bajo las aguas y navega a gran velocidad siempre muy iluminado y de su cubierta surge una música cautivadora que atrae a los navegantes que en busca de placeres con ninfas que se asoman desnudas por su borda ,mostrando sus generosos pechos, los infortunados que caen en la trampa de estos seres deleznables, serán sus prisioneros y sirvientes durante toda su vida.

Pero los brujos también hacen tratos comerciales en busca de oro y de plata,  minerales preciosos que ellos ambicionan. Para conseguirlos, se unen a comerciantes inescrupulosos de las islas que les compran la mercadería robada, manchada por sangre inocente.

Cuando las autoridades marítimas descubren el Caleuche navegando en las noches de plenilunio lo persiguen, pero éste se transforma en tronco de árbol o a veces en cachiyuyo, desconcertando  a los marinos armados.

Si alguno de los tripulantes del Caleuche quiere desertar, aprovechando el arribo a  los puertos, en los cuales desarrolla su miserable comercio, es capturado y abandonado en alguna caleta, preso de la locura y no puede relatar lo vivido a bordo. Otra forma de castigo de los hechiceros, es dejar torcida la boca de sus prisioneros para que no pueda hablar y acortar su vida

Ajenas a los poderes de los brujos, en el mar también viven las sirenas,  doncellas de extraordinaria belleza e irresistibles encantos que poseen de la cintura para abajo cuerpo de pez y seducen a los marinos con sus cantos. Al descubrir la imposibilidad de satisfacer su apasionamiento por la limitación de los cuerpos de las sirenas, muchos huyen. En las noches de plenilunio, las sirenas se sientan sobre las rocas y embellecen sus cabelleras con peines de pinzas de centollas, reflejando sus rostros sobre los caparazones vacios de las tortugas de carey. Poseen una voz cautivante y no hay marino que se resista al encanto de su música. Pero hay una de ellas que transforma la parte de su cuerpo que tiene  forma de pez en hermosas caderas y esbeltas piernas que terminan en delicados pies. Protege su suave sexo con una concha de ostión que elige por su perfección, ese hermoso ser que transforma  sus formas se llama la Pincoya. Es la reina de las sirenas.

Ella es la que fertiliza el mar y las playas generando la vida marina. La Pincoya es una hembra de extraordinaria belleza y sensualidad .Baila desnuda hasta atrapar a un hombre con el cual fecundar el mar, sembrando peces y mariscos en las aguas de las islas.

Emilio Gutiérrez nació en Quemchi y su madre lo parió sobre una barca mientras acompañaba a su padre que había salido a pescar. Su vida era el mar.

Desde niño se destacó por su fuerza y valor siendo respetado por el resto de sus compañeros no tan solo por su fuerza sino por la nobleza de su espíritu.

Pero así como el Aquiles de la mitología  griega, Emilio tenía un talón vulnerable. Esa vulnerabilidad era la atracción desmedida que sentía por las mujeres, debilidad que le traería más de un dolor de cabeza.

Ya de adolescente, las chilotas soñaban con ser sus esposas, pero él no tenía voluntad alguna de quedar atrapado en tierra,  quería ser libre como los pájaros marinos. Al revés que otros isleños no creía en la presencia de los brujos ni en la mitología del archipiélago, él era cristiano y basta.

No perdía oportunidad, los domingos, de cruzar a la Iglesia que oficiara la Misa, no importaba donde estuviera. Sus amigos le prevenían que por sus características diferentes al resto, se debía cuidar de los espíritus de las islas que desearían apropiarse de él. Emilio reía ante esos comentarios y mostraba un rosario de madera con nudos de cáñamo que usaba como collar diciendo que con ese símbolo cristiano estaba siempre protegido.

A través de la escuela marinera y pescadora de su padre y de sus tíos, aprendió a navegar, a ubicarse entre las caletas y a conocer el cielo observando a las constelaciones y a las estrellas que serían su brújula.

Aprendió a construir trampas para atrapar cangrejos, pulpos  y  congrios. Redes  para las merluzas y peces de los canales. También armaba  anzuelos para capturar albacoras, las cuales pescaban cuando salían al Océano Pacifico, al otro lado de la Isla.

Pero lo que Emilio realmente amaba era remar para buscar aguas transparentes que le permitieran bucear.

Con sus primeros dineros de la pesca compró un traje de buceo para protegerse del frío y sumergirse tan profundo como quisiera. Además  armó al barco de su padre  con un compresor para abastecerse del indispensable aire mientras buceaba. En esos menesteres conoció a Juan, un buzo que se había formado en la Armada Chilena con el cual cultivó amistad  , siendo Juan quien le transfirió los conocimientos para regular sus tiempos de inmersión y prevenir los graves males de una descompresión inadecuada.

También aprendió a marisquear en los roqueríos y cuidarse de quedar atrapado en los bosques de cachiyuyos que emergían del fondo. Un tesoro de choritos, machas y ostiones copaba su cesta que subían a bordo en cortos períodos.

Cuando su padre falleció heredó el barco, el Bahia I que se impulsaba con un lento pero confiable motor diesel alemán, el cual movía la hélice y se acoplaba a un generador eléctrico que le permitía la navegación nocturna.

Los fines de semana suspendían el trabajo y en una chata Chevrolet destartalada con perfume de sal y de algas marinas, iba a los bailes que se organizaban en la localidad de Castro que es la capital de la Isla Grande .Cada tanto cruzaba en el ferry a Puerto Montt a comprar equipamiento para su barco y visitaba algún lugar nocturno, de los que abundan en esa ciudad, en los cuales se albergan los marinos de todo el mundo Cuando eso ocurría, el Pisco era su bebida preferida. Le sabía mucho mejor que la chicha de las islas. Esas noches las terminaba con una o dos mujeres en un hotelucho del puerto.

Fue en uno de esos viajes que conoció a Amalia, cuando cruzaba en el ferry desde la terminal de  Pangua a Chacao, de regreso a su casa. Mientras navegaba, bajó de la chata para tomar un café en el precario bar del transbordador. En  ese momento la vio apoyada en la borda.

El viento acariciaba su cabellera rubia y un liviano vestido dejaba adivinar su hermoso cuerpo. Pensó que podía ser una de las descendiente de los colonos alemanes que poblaron Valdivia y son tan frecuentes de encontrar en el Frutillar o Puerto Varas. Atraído por esa mujer, se acercó a hablarle y a ofrecerle un café caliente. Cuando ella se dio vuelta para mirarlo, descubrió que tenía unos ojos tan verdes como el de las aguas profundas del canal. Le agradeció la invitación, pero le dijo que no le gustaba el café y que tampoco le apetecía otra infusión. De modo que se quedaron conversando en la cubierta alta del ferry.

Amalia, que era su nombre, le contó que provenía de una isla que él no supo ubicar. No se preocupó por eso porque su educación escolar había sido escasa. Con voz grave y hechizante, habló de Chiloé como quien se refiere a un territorio familiar, Conocía a la perfección las islas más pequeñas, sus ensenadas y roquerías. Había estado en Guafo, en Lemuy, en Apiao y en muchas otras más, algunas que él desconocía pese a navegar frecuentemente.

A medida que Amalia hablaba Emilio fue sintiendo un creciente calor en sus venas, empezó a respirar profundo, sintiendo una excitación sexual que no provenía de su cerebro sino de la cercanía con esa mujer que emanaba sensualidad.

Cuando el viaje culminaba, se ofreció a llevarla a Ancud o a donde quisiera. Amalia le dijo que, ya que le daba libre opción para elegir, prefería que la llevara a conocer Quemchi, el pueblo de Emilio, para conocer su casa  y  su barco.

Emilio no podía creer lo que estaba ocurriendo pero agradeció al cielo el poder vivirlo. La llevó a su casa de madera y de chapa, le mostró su embarcación. Cuando regresaron a la casa, en un delirio de pasión la poseyó sobre su catre. Hicieron el amor hasta cansarse.

A partir de ese momento, Amalia se quedó viviendo en la casa de Emilio, cuidando de él. Cuando su hombre regresaba de navegar, ella lo esperaba con una cena caliente de sabor marino. Después el amor se hacía dueño del tiempo y la pareja emprendía un vuelo que duraba toda la noche.

Días después Emilio le dijo que faltaría por unos días porque irían a cholguear a la Isla San Pedro, pero que no debía preocuparse pues regresaría sano y salvo. Ella le pidió que se cuidara porque esa era zona de brujos y de sirenas, que si se cruzaba con el Caleuche, evitara mirarlo y tapara sus oídos para no escuchar la música que emanaba de ese barco. Emilio rió mucho por la ocurrencia de Amalia y le mostró su rosario de madera y de soga. Ella se cortó un mechón de su rubio cabello y lo ató a la cruz para protegerlo.

Al amanecer Emilio embarcó ya lo estaban esperando sus dos marineros y el maquinista. Con el aire comprimido arrancaron el viejo motor Mercedes y la bahía se llenó de ruido y de humo, compitiendo con la bruma que se levantaba lenta del mar. La marea les permitía flotar libremente, así que viraron el ancla y zarparon.

En la costa estaba la bella Amalia,  Vestía un quillango de rústico tejido chilote que le cubría hasta la cabeza y la protegía del frío de la madrugada. Ella se despedía de él. Con esa última visión, nuestros pescadores navegaron entre las Islas Tenaun y Butachauques, poniendo rumbo sur en dirección al canal Apiao. Esa tarde arribaron al Golfo de Corcovado buscando los bancos de cholgas que abundan en la Isla San Pedro.

Dispuestos a regresar pronto a Quemchi decidieron trabajar durante la noche, valiéndose de las luces de la lancha. Cholguearon hasta que la oscuridad le impidió a Emilio seguir buceando. Este emergió del fondo y lo ayudaron a trepar a la borda del Bahía.

Después de sacarse el equipo y de secarse, mientras los demás iban a descansar a la cabina; con el lento bamboleo del barco fondeado, Emilio se quedó en cubierta pensando en su amada Amalia. Le pareció  que en el reflejo de las aguas se dibujaba su rostro. Sólo  era un juego de la luz de la luna sobre las tranquilas aguas del golfo.

Miró al cielo y divisó la constelación de la Cruz del Sur estampada en el telón azul de un cielo despejado. Entonces con sus dedos índice y mayor abiertos en forma de compás apuntó al brazo más largo de la cruz estelar y marcó en el aire tres longitudes y media, descendiendo luego al horizonte para buscar el sur geográfico. En ese instante, vio que se dibujaba la imagen de un velero en el horizonte, navegaba rápido y sus velas estaban hinchadas de un viento inexistente.

Numerosas luces en la borda del velero y los penoles de sus palos, daban la impresión de un buque de turismo viajando por los canales, pero nunca había visto algo así. Poco a poco llegó a sus oídos una música que provenía del barco y que lo atraía y mareaba al mismo tiempo. Quedó quieto, sin saber qué hacer. Instintivamente, su mano buscó el rosario que colgaba de su cuello. No lo encontró. Había quedado enredado en el bosque de cachiyuyos del fondo cuando buceaba y al haber tironeado para liberarse de las algas, el rosario quedó enganchado en los tentáculos verdes de las plantas marinas.

La melodía era cada vez más intensa. El velero estaba cada vez más cerca. Era un antiguo galeón español sin bandera ni distintivo alguno que maniobró hábilmente hasta abarloarse a su barco.

Emilio miró hacia arriba y vio a las ninfas sonrientes que desnudas lo invitaban a embarcarse. En ese momento olvidó las prevenciones de su enamorada y empezó a trepar por la escala de gato que las ninfas dejaron caer por la borda del galeón.

Una vez a bordo, el capitán del extraño barco  ordenó que lo engrilletaran. Era un brujo al igual que toda su plana mayor. De manera inapelable, declamó su contrato de embarque de por vida como marinero del Caleuche.

Mientras tanto, las ninfas lo toqueteaban en sus partes intimas, vistiéndolo con algas pegajosas. Un Basilisco mitad gallo, mitad serpiente corría por cubierta y un Cuchivilu mitad cerdo, mitad víbora, lo miraba con curiosidad. Entonces, Emilio tomó conciencia de lo que ocurría. Por culpa de su sensualidad era un preso de los brujos. Tendría que navegar toda la vida como su esclavo. Rompió en llanto llamando a su amada.

En ese momento el mar se iluminó y las ninfas corrieron a esconderse bajo cubierta, los hechiceros cubrieron su rostro e iniciaron invocaciones inútiles a los espíritus malignos. Amalia emergió del mar. Desnuda y mojada, trepó por la borda. Pisó la cubierta irradiando luz, su cabellera dorada le cubría la espalda. Era la Pincoya, madre de la fertilidad de los océanos y de las playas. Su poder era más fuerte que el de los brujos, tomó a Emilio en sus brazos, arrojándose con él a las aguas. Bucearon hasta el fondo, hasta el palacio encantado donde habitan las sirenas. Ellas los recibieron con alegría. Emilio se sintió  inmensamente feliz en los brazos de La Pincoya.

Al amanecer los tripulantes del barco de Emilio lo buscaron con desesperación. Al no encontrarlo en cubierta, supusieron que cansado por el esfuerzo del día anterior, había caído al mar, ahogándose   sin remedio, perdiéndose en la frialdad de las profundidades. 

Buscaron infructuosamente su cuerpo flotando, dado que suele suceder que los cuerpos de quienes mueren ahogados. Emergen horas más tarde de la superficie.

Después de dos días de búsqueda, decidieron regresar a Quemchi, llevándole a Amalia la trágica noticia. Al desembarcar, caminaron hasta la casa de Emilio pero ella no estaba.  Nada de lo que encontraron, recordaba que hubiera vivido en esa casa.

En esa temporada, el mar de la Isla y las roquerías se llenaron de vida y de peces. Algo mágico había ocurrido.

Por Luis P.

14/03/14

FUNDACIÓN NUESTROMAR

Dejá un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio