Amenaza de colapso en la industria pesquera marplatense.
Amenaza de colapso en la industria pesquera marplatense.
Barcos que truchan permisos, industrias clandestinas, miles de trabajadores negreados, ausencia de controles estatales, sobreexplotación de los recursos del mar. Las promesas de los 90 pusieron en riesgo de extinción a la industria ictícola de Mar del Plata, por vía de la desaparición de su especie más vendida: la merluza. Están en juego entre siete y 20 mil fuentes de trabajo, más 1.000 millones de dólares por exportaciones.
En el Mar Argentino se expande el caladero de merluza más importante del planeta. Gracias a su aporte, el año pasado ingresaron al país más de 1.000 millones de dólares por ventas al exterior, mucho más de lo que representan las exportaciones de productos argentinos más famosos como los lomos y los bifes de chorizo.
Sin embargo, el mar se está vaciando de peces. Ese vaciamiento comenzó a acelerarse hace cuatro años, con la llegada de más de una docena de barcos congeladores, de gran poder de pesca, a zonas donde no estaban habilitados. La superexplotación del recurso sumada a la falta de controles del Estado han llevado a la merluza casi a la extinción. Ese fantasma se proyecta a las siete mil fuentes de trabajo –hasta 20 mil si se suman los puestos indirectos– de quienes la procesan en las plantas de tierra.
Muchos de los barcos factoría tienen permisos de pesca ilegales otorgados en tiempos del menemismo.
En medio de esta situación, Gerardo Nieto abandonó y luego reasumió su cargo de subsecretario de Pesca de la Nación. Nieto es el responsable de que en los últimos cuatro años el país no tenga una política pesquera que proteja a la especie más importante para el sector.
Ex ministro de Economía de Néstor Kirchner en Santa Cruz, lejos de controlar o apartar a los barcos de dudosa legalidad, les permitió pescar en mejores zonas e intensificó la sobrepesca que hoy pone a la merluza en una situación de colapso, de acuerdo con lo que expresan los investigadores científicos.
–Si no trabajo no puedo darles de comer a mis hijos –dice Leticia Márquez, marplatense y filetera desde que se animó a manipular el cuchillo, una daga filosa de mango blanco que secciona en dos el pescado. Son las dos de la mañana y acaban de decirle que no tendrá mesa para cortar. “Vino menos pescado del que pensábamos, mamita”, le dice un hombre petiso y ancho como un ropero que hace de gerente de recursos humanos en una planta clandestina.
La “planta” es en realidad el garaje de una casa de familia que supo de tiempos mejores. La cortina está baja, siempre lo está para no llamar la atención. Hay que achinar el ojo para ver por la hendija que deja la chapa. El piso mugriento y encharcado, casi en penumbras. En un par de caballetes diez trabajadores apuran el corte de pescado.
–Tengo otra changa. Es acá cerca, llamaron para las tres –informa Leticia sin perder la esperanza. Anotó el dato escuchando la radio. Las empresas empleadoras utilizan ese medio para avisar si necesitan gente, si hay o no trabajo, y a qué hora deben presentarse.
Leticia tiene cuatro hijos a los que dejó durmiendo solos. Si tiene suerte de conseguir la changa, cuando se levanten, la mayor les dará la leche a sus hermanos y el televisor los entretendrá hasta que tengan que ir a la escuela. “Al gordo no; mi hija se lo deja a una vecina hasta que yo llego”, dice la mujer de 35 años, que parecen más. Para ella, como para miles de trabajadores, la escasez de pescado tiene un impacto devastador. “En dos semanas junté $150, es algo”, sonríe, como quien pide disculpas.
Capear el temporal
Mar del Plata es el principal puerto pesquero del país. La merluza es el aire de la industria y sin ella, como Leticia, todos se ahogan. Históricamente la ciudad recibió casi el 50% de los desembarques totales de merluza. El año pasado esa cifra llegó a las 173 mil toneladas, 33 mil menos que en 2006. Para este año las perspectivas no son mejores: la resolución 65/07 de la Secretaría de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación (SAGPyA) aplicó un recorte del 20% a la cantidad de merluza que se permite pescar, con lo cual la flota marplatense no podrá desembarcar más de 145 mil toneladas, la mitad de lo que se pudo pescar en 2005. Los micros de radio que antes dedicaban muchos minutos a repasar la lista de horarios de trabajo dados por las empresas, ahora no duran más de un cuarto de hora.
El dato del recorte decretado por la SAGPyA puede hacer pensar que los funcionarios están preservando el recurso. No es así. En el informe técnico nº 10, elaborado por el Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero (INIDEP) y difundido por la revista especializada Puerto, se establece que lo que se permitió pescar el año pasado resultó “excesivo”. El organismo sugirió que se capturen 198 mil toneladas de la población del sur, pero Nieto permitió capturar 265 mil. Con esa cantidad, la recuperación de la merluza se produciría recién en 2033.
Como ya se pescaron los ejemplares más grandes, ahora la mayoría de los desembarques de merluza están integrados por juveniles. Los resultados son catastróficos. El INIDEP advirtió que en los dos últimos años se redujo la cantidad de “jóvenes” de merluza en un 85% en el grupo de edad 1 y en un 88% en el grupo de edad 2. Sin jóvenes que se conviertan en adultos no hay posibilidades de sostener el ciclo reproductivo.
–Esto sucede pese a que están en vigencia las disposiciones que establecen la prohibición de traer más del 10% de la bodega con ejemplares juveniles así como tirar pescado al agua. Son reglas que no tienen nada que ver con lo que sucede en el mar y sólo fomentan la corrupción –advierte Karina Fernández, periodista de Puerto.
La historia de Leticia se repite por miles en las calles del barrio Puerto. En su figura delgada se contornea el eslabón más débil de la cadena productiva: el del procesamiento de la materia prima. Es también el eslabón en el que se enlaza la voracidad empresarial con un Estado autista. El engendro resultante es un sistema de relación laboral singular: la mayoría de los obreros cobran sólo cuando trabajan. El modelo de trabajo rige desde 1993; las empresas ya ahorraron más de 45 millones de dólares en cargas sociales y previsionales. De las siete mil personas que están ligadas a la industria del pescado –más de 250 fábricas en toda la ciudad–, apenas 2.500 están en relación de dependencia. El resto se nuclea en cooperativas de trabajo, muchas de las cuales son un sello de goma que esconde el avasallamiento de los derechos laborales más básicos.
El colapso de la merluza se trasladó del papel oficial de los investigadores del INIDEP a las plantas procesadoras a mediados del año pasado. Las calles del puerto se transformaron en una postal del infierno: accesos bloqueados, frigoríficos y camionetas atacadas a pedradas, sindicatos tomados, empresarios armados, obreros baleados, marchas y movilizaciones que sitiaron y paralizaron aun más la industria. Adolfo Pérez Esquivel sufrió en carne propia la represión policial una mañana en que fue a solidarizarse con los obreros en lucha.
“Los vidrios son blindados, pero igual se astillaron. Cambiarlos me cuesta 40 mil dólares.” Luis Ángel Fernández es directivo del Frigorífico Moscuzza. Los ventanales del frente de la fábrica que miran hacia la calle Ortiz de Zárate fueron los primeros que sintieron la bronca de los trabajadores. “Es posible que se rompan la próxima vez”, dice sin amargarse. En Mar del Plata no se sabe cuándo, pero todos en el puerto coinciden en que estallará una nueva revuelta. “Hay que parar de pescar y que bajen subsidios. Para los obreros que estamos pasando hambre. Los empresarios ganaron fortunas”, aclara Roberto Villaola, referente de los que se quedaron sin trabajo. A él al menos lo indemnizaron: cobró 16 mil pesos.
A la deriva
Marcial Rico tiene 35 años, es filetero desde que abandonó la escuela secundaria y forma parte de la masa laboral que quedó al garete por el colapso del recurso y llenó las calles de la ciudad en reclamo de un cambio en las reglas de juego. En lo que va del año, más que trabajo, hizo changas. Las tiene contadas: doce en noventa días. Siempre de madrugada y con pago al finalizar. “Por cada kilo de filet me pagan 70 centavos”, cuenta. Si hay mucho pescado para filetear, puede juntar hasta 170 pesos por 12 horas de corte y corte. Como el pescado es cada vez más chico, tarda más en cortarlo y le rinde menos. El pago es el mismo. En el mercado internacional, una tonelada de filet de merluza se abona casi 10 mil pesos.
En el INIDEP cuentan que la situación del recurso ya era compleja cuando llegó el menemismo y “privatizó” la pesca para unos pocos que se sacaron la grande. En esto terminó degenerando el acuerdo sobre las relaciones en materia de pesca entre la Unión Europea y la República Argentina, firmado en 1994. Con el acuerdo se incorporaban buques congeladores a cambio de retirar barcos fresqueros de similar potencia y capacidad de pesca. Algunas empresas cumplieron con esa orden y otras iniciaron procesos de triangulación de permisos que propiciaron la sobrepesca. La Unión Europea invirtió 230 millones de dólares para exportar un centenar de buques hacia los caladeros argentinos en el período 1991-1997. La mayoría de estas embarcaciones concentró sus actividades en la merluza.
Quien avaló ese proceso fue Felipe Solá, por entonces titular de la SAGPyA. Por acción o por omisión, 16 de los 25 buques que cedieron sus permisos de pesca continuaron pescando merluza hubbsi. Algunas maniobras las efectuaron tres armadores marplatenses, Luis y Antonio Solimento, José Moscuzza y Alberto Valastro, hoy convertidos en colosos de la pesca. Las presuntas irregularidades quedaron expuestas en un informe elaborado por profesionales de la UBA, a pedido del gobierno de Fernando de la Rúa en el año 2000. Pese a descubrir diversas “desprolijidades”, el Estado nunca se preocupó por avanzar para sancionar a los responsables.
El golpe mortal ya estaba dado, no había culpables. En 1997 oficialmente se desembarcaron más de 500 mil toneladas de merluza, pero los investigadores científicos que siguen el tema aceptan que se capturó casi el doble. El gobierno de Menem celebraba el crecimiento de la actividad pesquera: se triplicaban las exportaciones de años anteriores. Pero a poco de funcionar a pleno la máquina de matar merluza, los efectos negativos comenzaron a titilar en las estadísticas y muy pronto hubo que declarar la Ley de Emergencia Pesquera para proteger al recurso. Esa ley todavía está vigente. Se amplió la zona de veda para proteger a los ejemplares juveniles. Se intentó, sin éxito, correr a los congeladores al sur del paralelo 48. Además se dispuso el uso de un mecanismo de selectividad en las artes de pesca para que se escape el pescado chico. Pero los inspectores que deben controlar que se cumpla muchas veces son coimeados por los armadores.
Una década después, y a pesar de la Ley de Emergencia, se sigue pescando mucho más de lo aconsejable. La pesquería está jaqueada por barcos con permisos ilegales y falta decisión política para sacarlos del caladero. Las consecuencias se palpan en Mar del Plata, la ciudad que detenta el índice de desocupación más alto del país, con el 10,9%. Son miles de obreros de brazos caídos dueños de una única certeza: lo peor está por venir.
El tesoro blanco
La merluza hubbsi es una especie que habita en dos grandes poblaciones. Al sur del paralelo 41ºS, frente a las costas patagónicas, se encuentra la más importante para la flota comercial, la que aporta más del 90% de los desembarques. La población del norte, en la zona común de pesca con Uruguay, aporta el resto. Además del sabor y el color blanco de su carne, la merluza se conserva más tiempo en hielo que otras especies y eso la convierte en un producto apetecible tanto para pescadores como para consumidores. Es un tesoro que se captura con redes de arrastre a una profundidad que oscila entre los 150 y los 500 metros, por barcos fresqueros con una capacidad de bodega de hasta 250 toneladas, acumuladas en cajones de 33 kilos, y congeladores, grandes fábricas marinas que capturan y procesan a bordo con máquinas automáticas hasta mil toneladas.
03/04/08
CRITICA DIGITAL
