Un cuento sobre cosas que pasan en el mar. Por Cristián Pérez Colman*.
Un cuento sobre cosas que pasan en el mar. Por Cristián Pérez Colman*.
Nadie podía imaginar que orientaría su vida hacia las cosas del mar, hacia los barcos que surcan sus aguas procelosas, a veces en calma. En realidad, vivía tan ensimismado en su mundo, tan alejado de la realidad que lo rodeaba, que nadie pensó que pudiera orientar su vida hacia ningún lado, aunque, en ciertos aspectos, los que hacían a las cosas del espíritu, podía llegar a superar a muchos. Pero al mar ni siquiera lo conocía. Como no conocía tantas cosas elementales de la vida.
Como prueba de esto último, siendo ya un muchacho, alto y robusto, descubrió –tal era la ignorancia que padecía por lo simple y cotidiano, propia de ese vivir permanentemente metido en su propio pellejo–, el uso apropiado de la tabla del water closet. Sí, aunque parezca mentira, hasta que fue sorprendido por un amigo –incrédulo éste ante semejante revelación–, entronizado en lugar tan prosaico, asentadas sus posaderas sobre la fría loza de la taza, no supo cuál era la función de ese adminículo, inútil hasta ese preciso instante. Para él, desconocedor de tantas trivialidades, desconectado de las realidades de este mundo, la tabla sólo servía para ser orinada convenientemente cuando las necesidades acuciantes eran de las llamadas “menores”. El hecho grave es que, siendo como era, un ser más que bien dotado por la naturaleza, al dejar de lado la tabla (o atrás, más que de lado), resultaba inevitable que, sentado sobre la loza, su portentoso apéndice, asomando desde tan poca altura (dado que esa altura no incluía el espesor de la tabla) entrara en contacto con aquellas lóbregas y tenebrosas aguas. Y ése, en todo caso, había sido por años el contacto más aproximado que había tenido con algo que mal podía asemejarse a un océano, oscuro por cierto, para nada proceloso y, la más de las veces, plagado de inmundos escollos.
Por eso, cuando decidió ser un navegante, muchos se sorprendieron y otros tantos le auguraron un seguro fracaso. Aunque en cierta forma se equivocarían.
Cómo logró engancharse como inexperto foguista en uno de los más lujosos transatlánticos que surcaban los mares, nunca nadie lo supo, pero lo logró.
El RMS (1) “Glasgow”, paquebote de diez mil toneladas, orgullo de a la “Royal Mail Steam Packet Company”, estaba propulsado por dos hélices y máquinas de vapor de cuádruple expansión y ocho mil caballos de fuerza. Su eslora se extendía hasta los ciento sesenta metros y su blanca superestructura, sobre un casco renegrido, estaba coronada por una chimenea de color ocre y por cuatro cubiertas que, entre otras cosas, alojaban el puente de navegación y los lujosos salones y camarotes de primera clase, aunque estos exclusivos sitios estaban vedados para un simple foguista, un invisible habitante de las máquinas como él, sitios cargados de lustroso bronce, madera de roble, suntuosas escaleras y vistosas claraboyas de cristales coloreados.
Pocos días le llevó al oficial de máquinas concluir que aquel marinero, alto y bien plantado, pero con un rostro del que nunca huía esa expresión atolondrada o, mejor aún, esa expresión de ojos soñadores, presagiadores de irremediables descuidos, no tardaría, durante el turno de guardia que cubría en el compartimiento de calderas de popa, en producir alguna catástrofe. Por eso, días después de la zarpada, cuando la válvula de seguridad de una de las calderas a cargo de él sopló insistente por segunda vez en pocas horas, ante su aparente obstinación en considerar a los manómetros de presión como inofensivos instrumentos para marcar el interminable tiempo de sus guardias, el oficial decidió hablar con el capitán de la nave para desembarcarlo en la primera de las escalas, bastante antes del último puerto. Sin embargo, un hecho fortuito habría de cambiar su seguro e inmediato destino.
Después de dejar la guardia, bajo un cielo estrellado e ignorante de cuanto se cernía sobre él –porque su extraña personalidad le impedía asumir claramente las consecuencias de sus actos–, mientras fumaba un cigarrillo acodado en la barandilla de la cubierta inferior de popa, destinada a los pasajeros de tercera clase, a esa hora solitaria, y a pesar de su normal estado de ensimismamiento, percibió claramente, hacia proa, una silueta que, desde una de las cubiertas superiores, caía (o quizá se arrojaba) al mar. Dio la voz de alarma y, sin pensarlo, al mismo tiempo que escuchaba el chasquido del cuerpo al golpear sobre las aguas, se arrojó al mar fosforescente. Tuvo la inmensa fortuna de que uno de los tripulantes oyera su grito de “hombre al agua” y lo retransmitiera de inmediato al puente de navegación. También de encontrar un salvavidas cercano antes de saltar por la borda, porque, nada raro dentro de las innumerables cosas que ignoraba, tampoco sabía nadar. Y fortuna aún más grande, cuando el salvavidas al que se había aferrado lo llevó desde la profundidad del océano hasta la superficie, arrastró en su ascenso el cuerpo que había caído y que, justamente, se hundía en el mismo lugar adonde él había ido a dar poco después.
El buque, en una maniobra casi perfecta, viró hacia una de las bandas e invirtió el rumbo que llevaba, hasta divisar, iluminados por la luna, los dos cuerpos que flotaban en aquel mar de olas extendidas y mansas.
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Lily O’Donell era una irlandesa linda como pocas y con apenas los años para ser más mujer que niña cuando deslumbró al maharajá de Dolpur, viajero persistente, quien la convirtió en su tercera esposa y la transformó, paradójicamente y sin solución de continuidad, en el ser más infeliz sobre la tierra.
Hawan Singh, señor de Dolpur, era un hombre violento y vicioso, un perfecto depravado acostumbrado a que todos los seres que lo rodeaban satisficieran su desenfreno por más caprichoso, impúdico y rebuscado que éste fuera. Claro que tales “cualidades” se evidenciaron una vez consumado el matrimonio. Lily, educada en la fe católica, comprobó con espanto que habría sido preferible caer en manos de Barbazul que en las de aquel exacerbado libertino. Entre muchas otras exigencias, a la vista de su cruel esposo, regodeado ante tales visiones, debió compartir, a pesar de sus súplicas en contrario, el lecho con otras mujeres que pertenecían al inagotable harén del palacio; inclusive, en oportunidades, debió hacerlo con algún eunuco de menguada virilidad, atributo que la emasculación no había logrado suprimir del todo. Pero la gota que rebasó su cáliz y terminó por sumirla en el ostracismo y el desprecio, fue su rotunda negativa a dejarse montar por el horrible (y aunque hubiera sido hermoso) y sanguinario mastín de Hawan Singh.
Sólo aquel viaje a Londres, emprendido por su marido tres meses atrás, y del que ahora regresaban, hizo que fuera sacada de aquel cruel aislamiento al que había sido confinada: Hawan Singh pensaba que, acompañado por una esposa occidental y de semejante belleza, mejor lograría los propósitos que lo llevaban hasta la corte del Rey Jorge, Emperador de la India. Durante el motín de los cipayos, la “Luz de Dolpur”, piedra inigualable que había pertenecido a los antepasados de Hawan Singh, fue robada en circunstancias poco claras, para ir a parar, finalmente, a manos de la corona británica. Ahora, en pleno apogeo de la Gran Guerra, Gran Bretaña necesitaba de todos los aliados posibles, y Dolpur (nombre que se daba indistintamente tanto a Hawan Singh como al Estado que regía) no era la excepción. (2) A cambio, la joya retornaría a manos de sus poseedores originales. De aquí aquel viaje, considerado por algunos consejeros de Hawan Singh como demasiado peligroso, dada la trágica contienda que, con su oscuro manto, envolvía las tierras de la vieja Europa, sin dejar de lado a las colonias de Oriente y África.
Sin embargo, y a pesar de haber conseguido su objetivo, tras el que había cruzado “las aguas negras” (3), el viaje en nada cambió la actitud de Hawan Singh para con su tercera esposa, y tanto en la travesía de ida como de vuelta, pasaje y tripulación habían sido testigos de aquel trato cruel y humillante, y que en alguna oportunidad había obligado a la dulce Lily a abandonar, llorosa, la mesa del comedor o la amable tertulia, que se reunía en alguno de los lujosos salones del barco.
La misma noche en que la válvula de seguridad de una de las calderas se disparó por dos veces consecutivas, Lily había sufrido durante la cena en el elegante comedor uno de aquellos degradantes comentarios por parte de su marido. Humillada, abatida por completo, se alejó de allí sin escuchar la firme reconvención hecha a Hawan Singh por parte del capitán de la nave, hastiado de aquellos malos tratos: ‹‹¡Este es mi barco y no voy a permitir que ninguno de mis pasajeros sea objeto de tales iniquidades!›› De haberlo escuchado, en Lily hubiera anidado una lucecita de esperanza; alguien, por primera vez parecía compadecerse de su suerte; alguien salía en defensa de su dignidad avasallada. Pero nada de eso escuchó Lily O’Donell, y sintiéndose completamente sola, desamparada, vulnerable, vacía, decidió acabar allí mismo con su deplorable existencia. Aquel mar, con fosforescencias de noctilucas, habría de recibirla en su seno, para toda la eternidad.
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Lily y su salvador fueron rescatados de las aguas por una chalupa conducida por vigorosos remos, arriada al mar una vez que el buque maniobró hasta dejar a los dos náufragos a sotavento de una brisa animosa que soplaba del noroeste. Ya recuperada del estado de shock con el que había llegado a bordo, Lily quiso conocer a su benefactor, aunque no estaba segura de si éste había sido eso o, simplemente, su verdugo, porque, al evitar su muerte, parecía haberla sumido definitivamente en el infierno. Sin embargo, quien se había arrojado al mar en su búsqueda había demostrado ser hombre de coraje, capaz de arriesgar su propia vida para salvar la de ella; y creyó que debía agradecérselo. Sólo eso. Pero fue verlo, contemplar aquellos ojos claros y soñadores, aquella mirada bondadosa, dulce, para que dejara de pensar en el infierno que la aguardaba; la imagen del hombre joven que tenía frente a sí la llevó a recapacitar en cuanto a su inmediato destino: ¿acaso la vida no merecía ser vivida? En seguida, ante aquel pensamiento que restalló en su mente, y en una forma que no admitía réplica alguna, hizo una petición, al mundo, a la noche, a las estrellas titilantes, a quien fuera, porque no estaba claro a quién iba dirigida: quería que ese hombre, plantado delante de ella, a partir de ahora y hasta el final del viaje fuera su compañía permanente, su ángel guardián. Y nadie se atrevió tan siquiera a murmurar un no. Hawan Singh, después del escándalo que había generado –no existían dudas sobre que su trato deplorable había sido la causa de todo–, no estaba en condiciones de negarse a nada. En cuanto al capitán del barco, entrevió en este exigente reclamo una solución perfecta a la disyuntiva que se le había planteado: desembarcar a un hombre, ahora transformado en poco menos que un héroe, como lo había solicitado su oficial de máquinas, resultaba cosa tan difícil como encontrar para tan valiente atolondrado una tarea que le permitiera, sin afectar la autoridad de nadie, desechar semejante pedido. Y para su felicidad y alivio, acababa de encontrarla.
Como primera medida, para cumplir con su nueva tarea, tarea que aceptó con esa mansedumbre tan propia de él, le fue provisto un elegante uniforme de oficial, arreglado por el sastre de a bordo, aunque, por supuesto, sin ninguna clase de galones, lo que hubiera supuesto una autoridad por completo inexistente.
Todas las mañanas se presentaba en el lujoso camarote estilo Luís XV para pasar muchos momentos del día junto ella, sentados en cubierta o, cuando el tiempo no acompañaba, en alguno de los salones de primera clase. Ella descubrió en él un encanto tan particular, tan renovador de su espíritu oscurecido, que su presencia se hizo indispensable en todo momento, a un punto tal que empezaron a compartir también los almuerzos (y muchas veces las cenas), que eran servidos para ambos en la intimidad del camarote, aunque siempre un sirviente de Hawan Singh se hallaba presente con el seguro pretexto de atenderlos.
Para él, compartir tantas horas con aquella mujer llena de encantos y tan necesitada de protección se transformó, de mera y agradable amistad, en perdido caso de arrobamiento, aunque tardó en tomar conciencia –cosa para nada extraña– de que los sentimientos de ella hacia él eran muy similares. Asunto este último (el de los sentimientos de ella) que a nadie podía sorprender: a su prestancia, enfundado en el elegante y desgalonado uniforme, que destacaba sus hombros cuadrados y su espalda recta como una viga, debía agregarse el encanto que le otorgaba ese aire de permanente alejamiento y esa segura ignorancia de sus propios atractivos, la profundidad de su charla, cuando la circunstancias la conducían por caminos adecuados, propia de los espíritus superiores y, finalmente, ése, su mirar, cargado de ternura y clara bonanza.
Y como no podía ser de otra manera, esas dos almas, una tan necesitada de afecto y protección y la otra con tanto para dar de sí, terminaron arrolladas –si cabe el término– por sentimientos de pasión tan fuertes que, ignorando el peligro que se cernía sobre ellos, acabaron por entregarse el uno al otro en toda circunstancia posible, aunque no por posible, necesariamente propicia. Él, en un principio asaltado por algún prurito moral en cuanto a traicionar la aparente buena fe del maharajá, terminó por considerarse eximido de toda culpa ante el relato espantoso de las torturas y perversidades sufridas por Lily.
Y cuando Lily descubrió en él esa balanceada mezcla de inmensa ternura y pasión descontrolada –aspectos que él mismo ignoraba de sí–, unida a esos atributos insuperables que la naturaleza le había otorgado, no tuvo dudas de que él era el hombre con quien acabaría sus días. A partir de allí, con el consentimiento de su enamorado, comenzó a planear la huida de ambos, sin consecuencias desagradables para ninguno. Ésta, concluyó, debía producirse en la escala anterior al puerto de Calcuta, final de la travesía, pero, indudablemente, una vez concretada, ellos requerirían de un apoyo económico sustancioso, y Lily, entonces, empezó a pensar en la “Luz de Dolpur”. De obtenerla, la gema no sólo les permitiría huir lejos y vivir luego holgadamente por siempre, también sería la más dulce de las venganzas hacia Hawan Singh, ya que su sola fuga, pensaba, no preocuparía demasiado al cruel príncipe, aunque se viera obligado a una venganza honorable.
Así fue que, de alguna manera, obtuvo la combinación de la caja fuerte donde el diamante –porque de eso se trataba– permanecía a cobijo, en el amplio salón que compartía ella con el maharajá y que separaba sus habitaciones. Todo estuvo decidido y calculado, sólo era cuestión de tiempo, pero dos noches antes del anteúltimo puerto, mientras Hawan Singh entablaba una partida de whist con un grupo de caballeros, y ellos, aprovechando la ausencia de sirvientes, se entregaban uno al otro con apresurado frenesí, en el sofá estilo Luís XV del salón del camarote, el torpedo alemán hizo explosión en un punto vital del “Glasgow”. El sigiloso seguimiento del submarino U-24, iniciado dos horas antes, había dado sus frutos: el paquebote comenzaba a hundirse con rapidez.
En lo único que pensó Hawan Singh antes de abandonar el barco fue en la “Luz de Dolpur” y, en contra de la marea humana que intentaba llegar hasta los botes, avanzó con gran dificultad hacia su camarote. Cuando llegó frente a la puerta, el barco había adquirido una escora absolutamente peligrosa. La puerta del camarote se hallaba cerrada por dentro. Buscó un hacha de esas que, cada tanto, jalonaban los mamparos del buque. Para cuando la encontró la nave amenazaba con una inminente vuelta de campana. Un oficial y otro tripulante, en busca de pasajeros rezagados, lo obligaron, por la fuerza, a abandonar su intento y el barco.
El camarote de Hawan Singh, con muchos de sus muebles y objetos apilados sobre una de las elegantes paredes revestidas de tela, dada la escora alcanzada por el barco, se hallaba solitario en ese momento. El grueso cristal biselado de una de las ventanas de marco de bronce –ahora en ángulo casi horizontal–, había sido deslizado hacia abajo, mediante la correspondiente manivela, hasta dejar libre una salida a la cubierta principal, hacia donde daban esas ventanas encortinadas y algunos ojos de buey. La caja fuerte, donde Hawan Singh guardaba la “Luz de Dolpur”, estaba abierta.
Las calderas del buque rugieron al explotar.
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Larga fue la lista de desaparecidos por el ataque al RMS “Glasgow”, en septiembre de 1916. El nombre de Lily O’Donell, tercera esposa del maharajá de Dolpur, estaba entre ellos. Hawan Singh, el maharajá, fue rescatado con vida. Muchos fueron los tripulantes que encontraron la muerte durante el hundimiento del “Glasgow”; en lo que a los hombres de máquinas se refiere, la cifra fue apabullante. Entre éstos figuraba el nombre de un inexperto foguista de ojos soñadores.
Sin embargo, a diez años de la tragedia, en la ciudad alemana de Dresde, residía un matrimonio tan inmensamente próspero como bien avenido, pareja feliz de la que, cualquier sobreviviente del “Glasgow”, podría haber dicho que en mucho se parecían a la infortunada Lily O’Donell y a un circunstancial acompañante con quien ésta se paseaba por las cubiertas del barco después de su aparente intento de suicidio. Pero esa debía ser una absoluta casualidad, dado que, según lo trascendido, ambos yacían en las profundidades del océano.
El marido de este matrimonio de Dresde, hombre de excelente planta y buen ver, era un reconocido fabricante de artículos sanitarios, sobre los que, al parecer, había fundado su prosperidad, seguramente por la excelente calidad y diseños que desarrollaba. Entre sus artefactos, muy particularmente, sobresalía una tabla para water closet, aunque en este caso no precisamente por su indudable buen diseño. A pesar de las opiniones en contrario, el fabricante de marras había insistido en grabar a fuego, sobre sus tablas de madera lustrada, una leyenda que había terminado por ser el símbolo distintivo de sus inodoros, por encima incluso de su propio nombre, estampado en el interior de la taza de loza en elegantes letras azules. La leyenda, grabada en ambos lados de la tabla de madera, pueril, obvia y por completo innecesaria –según le habían dicho y no sin razón– rezaba:
“Levántese o bájese según corresponda”
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1) Royal Mail Steam.
2) Inglaterra mantuvo en el territorio de la India, por conveniencia política, una serie de Estados independientes, regidos por príncipes autócratas e inmensamente ricos, aunque con una sutil sujeción a sus designios y exigencias, tal el caso del Dolpur mencionado aquí.
3) Antigua y metafórica manera de designar los indios al océano.
* El autor es un habitual colaborador de NUESTROMAR. Ha publicado su reciente libro Venusberg, de Editorial Argenta, 2006
17/01/07
NUESTROMAR
