Carta de un lector de NUESTROMAR sobre el comportamiento del Comandante del rompehielos Almirante Irízar.
Carta de un lector de NUESTROMAR sobre el comportamiento del Comandante del rompehielos Almirante Irízar.
Señor Director:
Inicié temprano un viaje a la Costa por motivos vinculados con la celebración de los 25 años de la Gesta de Malvinas. Apenas salí a la ruta y viajando solo me dispuse a escuchar mi programa de noticias habitual, disfrutando por anticipado la quietud y el silencio solo alterados por el ronroneo del motor. Poco me duró ya que apenas iniciado el programa, a eso de las seis, escuché las palabras lamentable e Irizar. Para un marino solo tiene un significado: Algo serio le pasó al Rompehielos.
Como no había demasiadas novedades tan temprano, solo pude quedarme con saber que habían abandonado el buque a causa de un incendio. Se estaba rescatando a la dotación y pasajeros con la ayuda de dos buques cercanos y se dirigían hacia allí un Guardacostas y tres buques de la Armada. La noticia en sí no podía ser más penosa. El Irizar es y no voy a decir fue hasta que no vea con mis propios ojos que no va a ser reparado, un orgullo no solo para la Armada. Lo es para la Dirección Nacional del Antártico, su verdadera dueña, y para sus incontables tripulantes, de todas las Fuerzas Armadas, científicos civiles, familias de los que invernaban, en fin, hasta de aquellos que fueron rescatados durante la guerra cuando fue buque hospital o más cercanos en el tiempo, aquellos tripulantes de buques accidentados en la Antártida a los que él concurrió presuroso a rescatar. ¿Cómo podría ser de otra manera llevando el nombre del Almirante Dn. Julián Irizar, el que con la diminuta Corbeta A.R.A. Uruguay rescató allá por 1902 a Otto Nordenskjöld y su expedición, entre los que se contaba el alférez Dn. José María Sobral? Por eso el Irizar es un orgullo para todos los que lo sentimos como propio y como al herido, le deseamos que se pueda recuperar de sus graves daños, sabiendo que aquí en el país hay, tanto en la Armada como en la Industria Privada, manos hábiles y mentes creativas para volverlo a poner en funcionamiento. Definitivamente nuestro país no puede darse el lujo, después de más de un siglo de presencia ininterrumpida en la Antártida y después de haberles enseñado a muchos países hermanos a navegar por las riesgosas aguas antárticas, de no tener un rompehielos. Esto es una causa nacional, es de interés de todos, es una verdadera Política de Estado que no puede discutirse, como no discutimos si las Malvinas son Argentinas.
Algunos kilómetros más adelante escuché que el desembarco, porque me niego a usar el término correcto de abandono, aunque debiera hacerlo, había sido exitoso y no se habían registrado bajas en el personal a bordo. Y digo bajas porque el guerrero de los hielos sufre bajas, no muertos o heridos. Y me alegró saber que aun nocturno, el buen Dios le impartió estrictas órdenes a Neptuno para que no interfiriese así que el buen tiempo los acompañó. Ya estaban todos emprendiendo el camino de regreso. Menos dos, el Irízar y su comandante. Pero no había detalles.
Llegado a destino, mi primera pregunta, ansiosa y urgente, fue: ¿El Irízar está a flote? No podía imaginarme al gigantón vencido. Quemado y lleno de cicatrices, puedo aceptarlo porque sé que los cirujanos del acero lo van a operar tantas veces como haga falta y le vamos a hacer cuantas cirugías estéticas necesite y más aun, para que quede tan gallardo y hermoso como siempre, allí en su lugar de Dársena Norte. Es sabido que estos procesos son largos pero la perseverancia es la regla. Había rezado todo el camino para que no se hundiera. La respuesta fue: Sí señor, sigue a flote y con el comandante a bordo.
Ahora se trataba de un camarada, un ser humano sobre cuyas espaldas había recaído todo el peso de la más difícil decisión que puede tomar un comandante. Pregunté su nombre. Me lo dijeron y entonces hubo mucha luz en mi mente. El Irizar no se iba a hundir porque si se hundía se iba a llevar consigo a uno de los hombres, uno de los pocos quizás, que hoy, en estas épocas en que el sacrificio personal es algo que merece la burla de parte del “piola nacional”, se iba a quedar para irse con él. Ese Comandante, así con mayúsculas, no iba a dejar a su buque solo cualquiera fuese el resultado final y estoy seguro que Neptuno y Iemanjá, Oceánidas y Nereidas, todos se juntaron para decirle a Dios que ese no debía ser el destino de ninguno de los dos. Y Dios los escuchó y confieso que me debe haber escuchado a mí también porque no podía sacar de mi mente la figura enorme de ese Comandante. Ciertamente debe haberse cansado de escucharme porque al final los dos estaban a flote. A mi regreso, mi esposa me comentaba que por los medios se había insistido en que se le había ordenado desembarcar y que se había negado reiteradamente. Aquí quiero hablarles con el corazón a todos los marinos, sin distinciones, a los marinos que pescan, que comercian, que patrullan, que defienden la soberanía. Si pudiera hablarle a ese Comandante le diría de toda mi orgullosa admiración por él. Le diría que bendito sea si lo acusan de pasado de moda porque el Capitán, para englobarlos a todos, no puede hacer otra cosa que la que él hizo. Pero aquellos que no conocen la simbiosis entre el Comandante y “su buque” nunca entenderán esto. En unos tiempos en que fracasan a diario los principios, los deberes, las responsabilidades y cuando encontrar un ejemplo de hidalguía, bravura y tradición es casi un imposible. En estos mismos tiempos, hay un Comandante que dijo: A “mi buque” yo no lo dejo. Aunque me repitan mil veces la orden.
Me imagino a un Spiro volando la santabárbara de su nave para no dejarla caer en las manos realistas, me imagino a un Rosales embistiendo con sus cañoneras a flotas infinitamente superiores, me imagino a un Brown herido arengando a sus tripulaciones y yendo a rescates casi suicidas de naves varadas y bajo fuego. Imagino a un Piedrabuena, construyendo hace mucho más de un siglo un Luisito para cruzar nada menos que el Le Maire. Me imagino a un Gomez Roca, viendo venir al misil inglés que lo llevaría a la muerte con Olivieri y tantos otros en Malvinas. Siento la necesidad de agradecerle al Comandante del Irizar, a quien no quiero nombrar porque para él, por tradición, esto debe ser la única actitud admisible, darle las gracias por este hálito de viento fresco, de aire puro, de regreso a las fuentes, de ejemplo para otros. Quiero decirle que las críticas podrán o no pretender mostrar su actitud como perimida. Y quiero decirle que no hay nada más válido y actual que su actitud. Ojalá haya muchos más como usted. ¡Ah! Y no sabe cuan contento estoy de que haya podido volver a salvo y con “su buque”. Y deberá permitirme que cuando lo encuentre, lo estreche en un fuerte abrazo, Señor Comandante, con mayúsculas.
Buenos Aires, 12 de Abril de 2007
ANDRES JULIO GUGLIOTTA
Capitán de Fragata (RE) VGM
