Cuando el hombre entrevista al mar

Cuando el hombre entrevista al mar

El documental de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud desnuda los secretos de la fauna marina y ofrece una lección de belleza y ecología.

El documental de Jacques Perrin y Jacques Cluzaud desnuda los secretos de la fauna marina y ofrece una lección de belleza y ecología.

El mar que se muestra como nunca en la extraordinaria película francesa Océanos es el mismo que agoniza en las costas de Luisiana, en el Golfo de México.

Recientes estudios científicos encargados por el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, subrayan que el desastre ecológico causado desde la explosión de la plataforma Deepwater Horizon , la noche del pasado 20 de abril, podría haberse evitado si durante el gobierno de George W. Bush (especialmente próximo a las empresas petroleras) se hubieran tenido en cuenta los informes de impacto ambiental a la hora de redactar las licencias y permisos que habilitan la explotación a más de mil metros de profundidad.

Hoy se sabe que, mientras Colin Powell alertaba sobre las armas de destrucción masiva en Irak, los lobbies petroleros presionaban a legisladores estadounidenses para obtener esas licencias, con el argumento de que las consecuencias de un hipotético vertido serían mínimas.

Cabe aclarar que, en Europa, las explotaciones de British Petroleum y otras multinacionales no van más allá de los 200 metros bajo el mar, mientras que la de Deepwater Horizon llegaba a los 1500.

Con esta catástrofe, que el propio Obama comparó con "una epidemia que deberá combatirse durante años", la pérdida de biodiversidad, la destrucción de hábitats naturales, la desaparición de especies y el consiguiente desequilibrio ecológico resultan inevitables. Las maravillas que se ven en Océanos podrían convertirse en puros recuerdos. O no del todo, si los directores Jacques Perrin y Jacques Cluzaud logran su principal objetivo.

El documental Océanos es un milagro cinematográfico que exigió casi cinco años de creación. Su factura incluye el diseño y fabricación de equipos fílmicos capaces de mostrar la oscuridad del mar, además de minihelicópteros con cámaras de 35 mm, un torpedo listo para tomar imágenes de las criaturas marinas más veloces en plena carrera y cámaras de altísima definición. Con este arsenal, Perrin y Cluzaud exhiben los mares como nunca se han visto: desde el punto de vista de los peces, y también con la tecnología devenida pez.

Hay razones para pensar que Océanos es la película que siempre hubiera querido filmar un delfín. O una foca, dado el protagonismo que esta especie tiene durante buena parte del film. En una estrategia inversa a la también notable La marcha de los pingüinos , de Luc Jacquet (justo ganador del Oscar en la categoría Documental), aquí no se humanizan las desventuras de los animales, sino que se muestra a las más distintas especies tal como son, sin que una historia narrativa articule sus respectivas andanzas.

En Océanos el protagonista es el mar, y este personaje ofrece tantos matices y perfiles que resulta inagotable. De hecho, el asombro que causa la película no se construye tanto en su extensa y llamativa representación del mar como en todo lo que parece dejar afuera.

Peces abisales que podrían haber sido diseñados por Tim Burton, espectaculares escenas de gaviotas cazadoras (que las cámaras siguen desde el vertiginoso vuelo hasta la captura de la víctima) y espontáneos conciertos de ballenas se registran con pulso milimétrico, y la sensación que dejan esos detalles es que siempre queda mucho más por ver. El viaje de Océanos deslumbra porqueparece infinito como el mismísimo mar.

Los límites que la producción se impone a sí misma son las razones para emprender semejante esfuerzo, que en definitiva también son las mismas del mar: la preservación de la vida y la exhibición permanente de un mundo que es la obra de arte más hermosa jamás imaginada.

En Océanos , el hombre entrevista al mar. Y lo que el mar declara es que la vida es consecuencia de la belleza, y que de la belleza sólo se es digno si se la aprecia con la humildad del caso.

El mar es imponente; el hombre, no. Pero el hombre puede ser la más alta de las creaciones si aprende a valorar aquello que lo rodea. El mensaje de la película se explicita en el paseo que un hombre adulto realiza por un museo con un niño, y se vuelve más importante que nunca en tiempos de vertidos petroleros y negligencias políticas.

La conciencia ecológica que Océanos propone no apunta a una visión enternecedora de la Naturaleza. Ryszard Kapuscinski decía que todo trabajo periodístico debe tener una intención.

Como investigación que es, la intención visible en Océanos consiste en formar generaciones ajenas a la corrupción inherente en hacer oídos sordos a los llamados de la tierra y el mar.

Pero también hay una dimensión filosófica acaso más profunda en la película, que pone en la mira en los adultos y no tanto en los niños. A ellos, a nosotros, nos dice que la corriente de nuestra vida es como la ola que el delfín salta a sabiendas de que habrá otra, y otra y otra más, y que sólo quien las salta -y se divierte con ellas- comprende los misterios de ese ritmo.

La maravilla visual de Océanos estimula el descubrimiento de ese pulso mientras se imita la felicidad del pez que viaja sin rumbo, sin destino fijo, siempre dispuesto a dejarse llevar.

Por Leonardo Tarifeño
De la Redacción de LA NACION

11/07/10
LA NACION

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