Antártida: Frágil y misteriosa

Antártida: Frágil y misteriosa

Durante los últimos años, miles de turistas comenzaron a visitar  la Antártida, uno de los últimos territorios vírgenes del planeta. El debate está echado: ¿será posible disfrutar de esta maravilla de la naturaleza sin arruinar su equilibrio?

Durante los últimos años, miles de turistas comenzaron a visitar  la Antártida, uno de los últimos territorios vírgenes del planeta. El debate está echado: ¿será posible disfrutar de esta maravilla de la naturaleza sin arruinar su equilibrio?

Las condiciones para planear allí un viaje de placer no parecen las óptimas. Ni las climáticas ni las logísticas. El mes más cálido del año no supera los 0° C. Y el viento navega a 200 km por hora sin pestañear. Pero todos quieren conocer la Antártida. Todos quieren tener su bautismo blanco.

Tanto es así, que en la temporada 2008-2009, de acuerdo a las cifras elaboradas por la Asociación Internacional de Operadores de Turismo Antártico (IAATO, su sigla en inglés),  arribaron a sus costas más de 46 mil turistas a bordo de cruceros que pueden albergar a más de 2.000 viajeros en cada travesía, en su mayoría atraídos por el pingüino Emperador, los glaciares y la impetuosa necesidad de una vivencia extrema. Sin embargo el continente blanco parece estar sintiendo tan asfixiante devoción. “Más temprano que tarde, los gobiernos necesitarán abordar la cuestión del número total de visitantes”, declaró en 2009, Jim Barnes, director de la coalición Antarctic and SouthernOceanCoalition (ASOC), una entidad que agrupa a unas 100 organizaciones ambientales del planeta.

 

Presenciaargentina: Un muelle cerca de la base científica Almirante Brown

 

Tierra de nadie
La Antártida es un lugar que ostenta el extraño privilegio de ser el único espacio terrestre del mundo sin un titular gubernamental. Sólo está regulado por el Tratado Antártico, que fuera celebrado en Washington el 1 de diciembre de 1959 y puesto en marcha dos años más tarde, el 23 de junio de 1961. Acefalia institucional que representa un inconveniente a la hora de imponer argumentos. “No siempre es fácil llegar a acuerdos entre países muy diversos, pero la Reunión del Tratado Antártico que se celebró el pasado año prohibió el uso de fuel pesado. Medida que permitirá controlar o evitar el impacto del turismo”, explica desde España, Javier Benayas, profesor titular del Departamento de Ecología de la Universidad Autónoma de Madrid. La enmienda de la Organización Marítima Internacional (IMO) que prohíbe el uso y transporte de combustible pesado (HFO) dentro de la zona del Tratado, entró en vigencia el 1 de agosto de 2011
Las sonantes voces de científicos, grupos ecologistas y algunos países miembros han logrado incluir en la agenda anual de la Reunión del Tratado Antártico –que agrupa a las 50 naciones, entre ellas la Argentina– la preocupación por el incremento del negocio turístico en detrimento del ecosistema de la zona. “La Antártida como tal no es un lugar turístico, es decir, no está preparada para recibir turistas”, responde Samuel Leiva, organizador de Campañas de Greenpeace. El temor de que algún barco choque con un iceberg o encalle en un bajío sin cartografiar es cada vez más creciente, “por lo tanto es necesario que los cruceros estén regulados”, señala.

Desembarco: Un grupo de viajeros mantiene un contacto demasiado cercano con pingüinos.

 

El verdadero impacto
El ecosistema antártico es profundamente sensible a la destrucción y alteración de sus hábitats diseminados en sus 14.000.000 km2. Pero restringir el ingreso de embarcaciones -51 compañías de todo el mundo operaron el año pasado- al sitio más seco del globo no pareciera ser el único problema.
De acuerdo a su vasta experiencia en el tema, Walter Patricio Mac Cormack, biólogo, jefe del grupo de Microbiología del Instituto Antártico Argentino, explica que “es crucial definir muy bien dónde pueden descender pasajeros y donde no. También es importante regular cuántos. No es lo mismo que circulen 10 personas por día que 1.000. El arribo de cruceros abre un segundo interrogante: el descenso de los pasajeros. Es por eso que es necesario saber “cómo actúan y se comportan en el terreno. Porque ese es un factor determinante del impacto causado”, concluye Mac Cormack.
Por su parte el biólogo Benayas junto con el geógrafo catalán Martí Boada realizaron, entre 2008-09, uno de los estudios más lúcidos sobre el tema en cuestión. El trabajo, titulado “Valoración del impacto ambiental del turismo comercial sobre los ecosistemas antárticos”,  arrojó como resultado que las emisiones del “turista antártico son de 4,39 toneladas de CO2, la cantidad de residuos por pasajero de 3,5 kg y a partir de las 500 pisadas la recuperación del suelo en forma natural es muy lenta”. Si a este minucioso análisis le anexamos la deficiente aplicación de los protocolos marítimos durante la época de los cruceros –entre noviembre y febrero–, el peligro de contaminación por los derrames de petróleo provocado por accidentes navieros y la consecuente alteración de la flora y la fauna, el resultado se vuelve complejo.

Llegan las provisiones: Festejos en la base Marambio durante el arribo de un avión con nuevos suministros.

 

La serie de accidentes marítimos en la mayor reserva de agua dulce del mundo son contemporáneos al boom turístico. El primer hundimiento de un crucero se registró en la madrugada del 23 noviembre de 2007. Ese día el “Explorer”, un barco de bandera liberiana con más de 150 pasajeros a bordo, naufragó en cercanías de la Isla Bridgeman. Desde ese momento a esta parte la lista es larga. No siempre fueron cruceros. Siempre fueron desastres que impactaron en el ecosistema.
La Antártida comenzó a ser blanco del turismo en 1958 con el arribo del crucero “Les Eclaireurs”. Ocho años más tarde las visitas se hicieron regulares. En 1980 ya recibía más de 1.000 personas por año. Sin embargo la sobrepoblación de personas en el continente, que indicaría un valor sustancial en la pirámide de impactos sobre el trazado antártico, parece no ser del todo cierta. Ni del todo cardinal. “Si los turistas son bien aleccionados a bordo, en general se convierten en férreos defensores de las normas de protección al momento de bajar a tierra”, comenta Mac Cormack.
 Nadie quiere desarticular un destino turístico tan exótico como impoluto. Pero algunos cambios se antojan urgentes. “Nosotros exigimos que se revisen las reglas generales para el turismo antártico desde una perspectiva más estratégica”, dice Leiva, desde Greenpeace. Los ecologistas y los científicos parecen unidos por una misma causa: proteger al continente blanco. Sin embargo la Antártida no pertenece a ningún país. Es de todos y de nadie. Y acaso ese sea el principal problema.

(Por Leonardo Iglesias Contín, Revista Rumbos)

02/02/15

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