A Punta del Este, por río y por mar

A Punta del Este, por río y por mar

El puerto del principal balneario uruguayo tiene su capacidad colmada; el 85% de las 512 amarras, ocupadas por barcos argentinos.

El puerto del principal balneario uruguayo tiene su capacidad colmada; el 85% de las 512 amarras, ocupadas por barcos argentinos.

PUNTA DEL ESTE.- Exclusivo y chic, jactancioso de que su capacidad es ostensiblemente inferior a la demanda. Si hay un lugar que se ríe, y con ganas, de la crisis internacional, ése es el puerto de Punta de Este.

Mientras los operadores esteños cruzan los dedos para que el 35 por ciento menos de argentinos sea sólo una conjetura y que la temporada se estire más allá del 7 de enero, el puerto tiene desde marzo su capacidad colmada para el verano.

Ya hay barcos que se precipitan al puerto sin amarra y especulan con claudicaciones sobre la hora, pero cada temporada -y ésta no será la excepción- un promedio de 150 embarcaciones deberá poner proa de regreso a Buenos Aires, sin haber podido "jugarla de local".

Hoy, sus 512 amarras -342 marinas y 170 borneos- alojan un despliegue impactante de cruceros, yates y veleros que, además de sus soberbios diseños y equipamiento, se ufanan de llevar bandera argentina en el 85 por ciento de los casos.

 

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Como una estampida naval sin tregua que tiene su cuello de botella entre Navidad y Año Nuevo, atracan, con maniobras sigilosas y bajo perfil embarcaciones de gran porte tripuladas por marinos expertos.

En los barcos, que permanecerán anclados 60 días en puerto, no viajan sus dueños. El trasiego de las 12 horas de viaje de Buenos Aires a Punta del Este -seis por agua dulce, el resto, por mar- lo emprenden patrones y timoneles contratados especialmente.

Son sólo un puñado los propietarios que hacen del barco su hogar. La usanza náutica en el Este se ciñe a paseos por la Isla Gorriti, atardeceres en Solanas, excursiones a la Isla de Lobos y, por su puesto, a noches de champagne con luna llena y caleidoscopio de estrellas.

En uno de los 250 yachts ya anclados en el puerto -uno de 41 pies, dos motores de 450 hp fly (comando exterior con solárium) y tres camarotes- llegó LA NACION a Punta del Este, acompañando a la tripulación: el patrón y mecánico naval Daniel González, que lleva y trae seis barcos por temporada, y el marinero David Moyano.

Ambos nacidos en el Delta, la náutica es para ellos su primer recuerdo de infancia.

González aprendió el metier en el austero astillero de su padre y se perfeccionó en Génova.

Entre su cartera de clientes supervisa y repara 30 cruceros, de los cuales 15 recalan en el Este. Cobra US$ 1200 más viáticos por los viajes. Moyano es desde hace ocho años fiel custodio de un mismo barco, y sus estadías en Uruguay se prolongan por dos meses, sin francos. Así, el sueldo se duplica: 5000 pesos.

Proa hacia el Este

La travesía, que comenzó de madrugada en un exclusivo club náutico de San Fernando, tiene en el Río de la Plata a su actor más disuasivo: cementerio de 60 barcos hundidos, poco calado para el navegante inexperto, irascible por su naturaleza ventosa y neurótico por su oleaje cruzado. Con excepciones, no hay timonel que permanezca seco en esa empresa.

La ferocidad del spray del agua asume la potencia de un azote que mella el equilibrio. Ni la luna en cuarto menguante ni la sugestiva noche estrellada alientan, con vientos de 15 nudos, a timonear desde lo alto del “fly”.

A la altura de Montevideo, ya de día, el agua verdosa descubre su componente salino y la navegación, ondulante y acompasada, se convierte en un deleite. Al menos otros seis navíos, a lo lejos, repiten la misma travesía. Delante de la Isla de Flores, un ex presidio uruguayo ahora abandonado, irrumpe uno de los tantos imponderables que enfrentan los navegantes: una de las palas de las dos hélices que propulsan al crucero se pierde. "Fatiga de material", decreta González. Para corroborarlo, apaga motores y se zambulle en el agua. Palpa con las manos y su diagnóstico es certero.

Desde allí hasta el puerto de Piriápolis se verá obligado a reducir la marcha de 18 a 7 nudos, apoyado en un solo motor. Y González avisa que hasta Solanas la navegación será lenta, casi una excursión, que regala, sin embargo, una subyugante puesta de sol sin nubes.

A la altura de Casapueblo y desde el “fly”, el cielo violáceo es un tapiz de estrellas. A lo lejos, como estacas, se recortan las siluetas de concreto de las torres de la Punta y, un poco más cerca, el contorno sinuoso del Conrad. A pesar de los percances y de una travesía que se prolongó más de la cuenta, el navío entra en el puerto con un solo motor. Pero con viento en popa.  Por Loreley Gaffoglio, Enviada especial.

26/12/08
LA NACION

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