Parálisis, dolores y muertes: el peligroso oficio de los buzos de langostas en Nicaragua

Parálisis, dolores y muertes: el peligroso oficio de los buzos de langostas en Nicaragua

La captura de langostas a lo largo de la costa caribeña del país es una actividad increíblemente peligrosa para los pescadores, en su mayoría indígenas, que requiere zambullidas profundas con equipos de mala calidad. Cada vez que está en el mar, el buzo reza una oración justo antes de arrojarse al agua. Eso se ha convertido en un ritual constante desde que casi perdió la vida en una inmersión hace tres años.

“Dios, ayúdame una vez más”, suplica el pescador de langostas Edmundo Stanley Antonio. “Acompáñame en el agua”.

Esta sencilla invocación encierra múltiples preocupaciones. Que la manguera de aire improvisada a la que está atado no tenga una fuga. Que el compresor de aire en la superficie no falle. Que su conciencia innata de la distancia y el tiempo (no tiene un reloj ni un medidor de profundidad) sea mejor que la vez que salió a la superficie demasiado rápido desde una profundidad de 45 metros y fue golpeado por la enfermedad por descompresión, que dejó parte de su cuerpo paralizado durante un año.

Stanley, de 33 años, todavía siente dolor en la espalda y en el corazón cuando se sumerge. Un médico le ha dicho en repetidas ocasiones que no vuelva a meterse al agua y le ha advertido que la próxima inmersión podría matarlo. Su esposa le ruega que deje de hacerlo; ya ha perdido a un hermano y a un yerno en accidentes de buceo.

Su respuesta, aunque lamentable, es siempre la misma: no tiene otro trabajo.

Tristemente, esta es una queja bien conocida en la costa caribeña del noreste de Nicaragua, una región empobrecida cuya población en su mayoría indígena depende sobre todo de la pesca. La langosta espinosa es una de las presas más codiciadas porque se paga muy bien. La mayor parte de la pesca de estas aguas termina en los platos de Estados Unidos.

Una comunidad de pescadores ubicada a unos 96 kilómetros de la costa de Nicaragua, donde viven y trabajan algunos buzos.

Una tarde reciente, en un tramo de playa de Puerto Cabezas, el principal puerto de la región, se registró una gran actividad cuando grupos de hombres cargaron botes de 23 pies (7 metros), conocidos como “pangas”, con gasolina, alimentos y equipo de buceo, en preparación para salir en expediciones de pesca de langosta que durarían varios días.

Sin embargo, aquí la pesca de langosta es una actividad en extremo mortal. Decenas de pescadores han muerto a causa de la enfermedad por descompresión en los últimos treinta años, según los cálculos de los pescadores locales y los líderes de la comunidad. Cientos más han quedado paralizados en la búsqueda de langostas y otros manjares como el caracol y los pepinos de mar que se encuentran en las profundidades del océano.

Y esta búsqueda se está volviendo más peligrosa.

En el pasado, la mayor parte de la recolección de langosta se hacía en inmersiones libres, sin necesidad de equipos de respiración. Pero a medida que la sobrepesca ha arrasado con los hábitats cercanos a la costa, la competencia por los crustáceos restantes se ha intensificado y los pescadores se han visto obligados a explorar aguas cada vez más profundas, a bucear con más frecuencia y permanecer bajo el agua durante más tiempo, ya sea con equipos de buceo o mangueras de respiración conectadas a compresores de aire en la superficie.

El equipo de las embarcaciones casi siempre es deficiente y se le da poco mantenimiento, según dicen los pescadores y sus defensores. Pocos bucean con dispositivos para medir la profundidad o el suministro de aire restante en sus tanques. Y, por lo general, los pescadores no reciben ningún entrenamiento formal de buceo. En cambio, aprenden el oficio de sus parientes y amigos a través de la instrucción en el trabajo.

“Debido a nuestra necesidad económica, no nos queda de otra”, dijo la esposa de Stanley, Linda Bautista Salinas, de 46 años, sentada este mes en el porche de su pequeña casa de madera donde la pareja vive con otros 14 parientes. “Es una triste realidad”.

La embarcación “Lady Alexander” en un muelle de Puerto Cabezas, Nicaragua. El barco lleva buceadores en alta mar hasta por 30 días.

La casa, ubicada sobre pilotes de madera, tiene un techo de láminas de metal corrugado. Como muchas viviendas de Puerto Cabezas, no tiene cañerías interiores y la familia saca agua de un pozo.

Viven en una calle sinuosa y lodosa que, como la mayoría de las calles de Puerto Cabezas, no está pavimentada y está llena de baches. La mayor parte de la población del pueblo pertenece a la comunidad indígena misquita, uno de los diversos grupos étnicos que viven a lo largo de la costa atlántica de Nicaragua. El pueblo es remoto, apartado de la capital, Managua, por un largo día de viaje a través de sabanas calientes y húmedas.

El accidente casi fatal de Stanley sucedió a muchos kilómetros de la costa. Era la temporada baja para la pesca de langosta, por lo que estuvo buceando en busca de caracoles con equipo de buceo, a una profundidad de unos 45 metros. Su tanque se quedó sin aire y salió a la superficie demasiado rápido. “Me desmayé en la superficie”, recordó. Tampoco podía moverse.

El barquero pidió ayuda por radio y, después de algún tiempo, se envió una lancha rápida desde la costa para recuperarlo. Llegó a Puerto Cabezas ocho horas después.

Stanley fue trasladado de urgencia al principal hospital público, que tiene la única cámara hiperbárica de la región para tratar la enfermedad por descompresión. Después de seis meses y una terapia física constante, recuperó parcialmente su capacidad para caminar, aunque con una dificultad considerable. No volvió a sentirse bien durante un año. Pero cuando recuperó sus facultades, no pasó mucho tiempo antes de que volviera a bucear.

En 2007, bajo presión internacional, la Asamblea Nacional de Nicaragua aprobó una legislación que suprimía de manera gradual el buceo como medio para capturar langostas y trasladaba la industria al uso de trampas. La ley establecía un plazo de tres años para que la prohibición entrara en pleno vigor.

Sin embargo, los dirigentes de la industria y los grupos de buzos se opusieron, con el argumento de que el costo de transformar sus operaciones para incorporar el uso de trampas era demasiado elevado y que los cambios dejarían a muchos buzos sin trabajo. Así que los legisladores acordaron posponer la aplicación de la ley, para dar a la industria más tiempo para la transición.

No obstante, catorce años después continúa el buceo para pescar langostas.

“Las razones lógicas para reemplazar el buceo con trampas son muchas”, dijo Renfred Paisano, decano asociado de la facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Bluefields Indian and Caribbean en Puerto Cabezas. “Pero no hay voluntad política para hacerlo”.

Más allá de la ley destinada a finalizar el buceo, existen otras regulaciones y normas, incluidas las convenciones internacionales, que prescriben requisitos de seguridad en el lugar de trabajo que tienen como objetivo proteger a los pescadores. Pero son ampliamente evadidas y no se hacen cumplir estrictamente, dijo Paisano.

Muchos buzos de langosta nicaragüenses han sufrido enfermedad por descompresión. Felicito Mena Flores, al frente y al centro, asistido por su hijo Oscar, quedó paralizado luego de un incidente en 2011.

“Hay una cadena de corrupción”, dijo. “Los funcionarios de los más altos niveles tienen inversiones en la industria”.

Nancy Elizabeth Henríquez, líder de la población indígena de la región y exalcaldesa de Puerto Cabezas, culpa de las continuas prácticas inseguras al partido gobernante del presidente Daniel Ortega, el Frente Sandinista de Liberación Nacional.

Los representantes del Ministerio de Salud y la agencia gubernamental que regula la industria pesquera no respondieron a las solicitudes de entrevistas.

En Puerto Cabezas, no parece haber ninguna protesta pública por los peligros persistentes de la industria pesquera y la inacción del gobierno para hacerla más segura. “La gente está acostumbrada a lo que está pasando”, dijo Kenny Lisby, de 59 años, fundador y director de Radio Caribe, una estación de radio local.

Al mismo tiempo, la necesidad de bucear es tan grande como siempre en estos días. La pandemia ha afectado a la economía nicaragüense, que ya se tambaleaba por una recesión de dos años. A fines del año pasado; al sur de Puerto Cabezas dos grandes huracanes tocaron tierra, con dos semanas de diferencia, afectando o destruyendo miles de hogares.

Clifford Piner, de 68 años, un pescador veterano, estaba de pie a la sombra de una palmera viendo la acción en la playa del pueblo. Perdió su panga y todo su equipo de buceo, cuyo valor era de casi 50.000 dólares, dijo, cuando el huracán Iota llegó a la costa en noviembre, y estaba tratando de conseguir trabajo para llegar a fin de mes.

Comenzó a bucear en estas aguas en 1970, relató, con un aire de nostalgia al recordar aquella época y la abundante pesca tan cerca de la costa, la facilidad de trabajar en aguas menos profundas y la relativa seguridad de ese momento.

“Hace un momento hablaba con un buzo y me dijo que estaba buceando a una profundidad de 42 metros”, comentó Piner. “Le digo: ‘¡Estás loco, hombre! ¡No puedes hacer eso!’”.

Pero también sabía que muchos, incluido él mismo, no tenían alternativa a pesar de los peligros. “No hay trabajo. Solo el buceo”, dijo. Y añadió que, sin eso, “nos morimos de hambre”. (Kirk Semple – NY TIMES) #NUESTROMAR

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