Cuento: Hello Ayo (Daniel Molina Carranza)

Cuento: Hello Ayo (Daniel Molina Carranza)

En el año 1975 la OPEP, organización de la cual Nigeria es socio, cuadriplicó el precio del petróleo. El país estaba gobernado por el general Yakubu “Jack” Dan-Yumma Gowon , al frente de una junta militar. Este dictador caería en el mes de julio de ese año, derrotado por el general Murtala Mohammed un nuevo dictador que no duró mucho tiempo. Gowon escapó a Londres a disfrutar su fortuna mal habida. Nigeria era un desorden total, un país dominado por la corrupción y de la mano de los ingleses por detrás, principal socio comercial del país africano. El puerto de Lagos cobijaba a más de 400 barcos cargados de mercaderías, que esperaban fondeados poder descargar.

El gobierno africano les pagaba a los armadores por día de espera en la rada, así que las tripulaciones desconocían hasta cuando deberían esperar en fondeadero. Mi cuento es la historia de un barco argentino y un tripulante de la misma nacionalidad, joven oficial que va a vivir una aventura extraordinaria, donde predomina el Africa misteriosa…

Entre marinos jubilados, viejos capitanes con añoranzas de mar, cuando nos reunimos tenemos un tema común, que son los barcos y los recuerdos de nuestras travesías. Cada uno con sus historias, que pueden ser más o menos interesantes, dependiendo de quién las relata. Pueden atrapar nuestra atención, o conseguir que recemos para que la perorata termine lo más rápido posible.

Eso sí, siempre respetamos al narrador, aunque luego no nos acordemos lo que nos contó. No es este el caso, porque quien se sentaba a mi mesa, es un querido amigo, compañero de estudio y deportes, y excelente narrador.

Esa tarde, en el inmenso salón de fumar del club naval que nos alberga, (para que molestemos menos en casa) tuve la suerte de que se sentara a almorzar conmigo, el capitán Juancho A.

En un ambiente, rodeado de cuadros de barcos, una amplia boiserie de madera, y el olor de las pipas encendidas más algún cigarro quizás cubano, acompañados de un buen escocés, previo al almuerzo encaramos el tema de siempre, las aventuras en el mar.

Juancho navegó desde que nos recibimos hasta cumplir sus 65 años, y no siguió porque no lo dejaron. Así que era a él, a quien me interesaba escuchar, teniendo en cuenta que navegó por todos los mares y en todo tipo de buques: carga general, bulk carriers, petroleros, frigoríficos y pesqueros. El de hoy prometía ser un relato interesante.

̶ Mirá Daniel te voy a contar una de las experiencias más extrañas que marcó mi vida. Ocurrió hace muchos años, cuando yo era un joven oficial de la marina mercante. No recuerdo bien si fue en 1974 o 75, pero sí recuerdo que estaba embarcado como segundo oficial del buque frigorífico Aremar. Este buque si bien era nuevo, carecía de equipamiento moderno. Su concepción era antigua, para la época de su botadura.

Lo escuchaba atentamente, mientras bebíamos un whisky, sentados cómodamente en los sillones, mientras el mozo nos servía el menú del día, en la mesita ratona, y Juancho continuo con la historia:

̶ El viaje que iniciábamos estaba programado para cargar pescado entero congelado en el puerto de Iquique y entregarlo en Lagos, puerto de Nigeria. Todo indicaba que sería un viaje fácil. Nunca pensé que el diablo metería la cola. Y esto es literal.

Juancho pasó a relatarme la aventura con el barco ya cargado y llegando a Nigeria.

̶ Golpean la puerta de mi camarote –Dice mirándome como para hacerme vivir la escena y continúa

̶ Segundo oficial, el capitán lo llama al Puente. –La voz del primer oficial me despierta. Sigue teatralizando el relato

̶ Ya subo en un minuto ̶ contesto rápidamente, prendo la luz de cabecera y miro la hora, mientras me visto apresuradamente me cepillo los dientes, y observo nuevamente el reloj. Eran apenas pasadas las 4 de la mañana y se suponía que llegaríamos a la rada del puerto de Lagos cerca de las 8 AM. Me preocupé porque no era normal la llamada, y… ¿qué hacía el capitán a esa hora en el puente? Maldije el momento que me demoré charlando con el primer oficial, cuando le entregué la guardia. De eso hacía apenas poco más de tres horas. ¿Nos habríamos adelantado tanto? ¿Podía ser que estuviésemos tan errados en la posición?

Llego al puente, abro la porta de acceso y veo al Capi de espaldas mirando hacia proa

¬̶ ¿Estas cartas, están al día? ̶ Fue la respuesta del Capitán a mi saludo. Yo estaba aún medio dormido, y mientras hablaba con él estiraba el cuello hacia la mesa de navegación tratando de ver de qué se trataba.

̶ Claro capitán, están todas las correcciones al día. Dije más seguro al ver la fecha y mi firma al pie de la carta y agregué:

̶ Los últimos avisos llegaron en Iquique, y por telegrafía no ha llegado nada. Mientras hablaba miraba hacia la oficina de comunicaciones, buscando el apoyo del oficial radio comunicante, aunque la oscuridad del cuarto de telegrafía, me confirmaba que el viejo, seguía plácidamente su sueño.

̶ Mire el radar Segundo, póngalo en 48 millas y dígame que le parece. Me ordena el capitán.

Rápidamente, me zambullí en el protector de goma que tenía la pantalla radar, para evitar que la luminosidad del puente no dejara ver los ecos en la pantalla. Eran los años 70, acuérdate que los radares eran de tubo de rayos catódicos, y que los BLU (equipos de radio que trabajaban en banda lateral única) recién estaban apareciendo, ni hablar de los GPS que no existían.

Quedé asombrado de lo que veía en el radar, parecía una península o un cabo hasta donde daba la pantalla. En una primera evaluación el eco tendría cerca de 20 millas de ancho y otro tanto de profundidad. No podía ver más, porque se acababa la pantalla del radar. Probé pasar a escala de 60 millas, pero la imagen era la misma. Nuestro equipo a más de 45 millas no detectaba nada.

La costa de Nigeria, particularmente el Golfo de Guinea y la ensenada de Benín es totalmente playa, tanto que los lagos internos están formados por la invasión del mar en las zonas bajas, donde se mezcla el agua salada con la dulce de los deltas de los ríos.

El capitán ordenó bajar la máquina principal para acercarse lentamente, aunque aún faltaban 15 millas para llegar al eco radar. En el puente de mando empezaron las deducciones, a las que se sumó el jefe de máquinas que apareció en cuanto sintió la bajada de las revoluciones del motor principal.

Ninguno de ellos había estado en Lagos anteriormente, así que las posibilidades que cada uno imaginaba eran amplias. Por ejemplo, una teoría era que Nigeria como había ingresado en la OPEP, existía la posibilidad de que lo que detectábamos fuera una gran destilería petrolera sobre relleno marítimo. Les dije que, si así fuera, lo que veíamos en el radar era una tremenda modificación portuaria, y que no figuraba en ninguna carta, ni existía aviso a los navegantes con esa información.

Las ideas más descabelladas iban surgiendo y a la vez se descartaban a medida que el buque se acercaba a media fuerza, y comenzaba a verse las primeras luces de la presumible costa o isla artificial.

̶ No es costa ̶ dijo el primer oficial sin bajar los prismáticos.

̶ Por eso la estación costera Lagos no contesta la llamada por VHF. El eco que veíamos en el radar son todos barcos. Esto es el fondeadero y la costa está fuera del alcance de nuestro radar. Costaba creer en una aglomeración tal de buques.

Alguien recordó que lo mismo estaba pasando en Libia, los buques esperaban meses en la rada de Trípoli sin posibilidad de bajar a tierra.

Al acercarnos al fondeadero pudimos comunicarnos con la estación de control puerto, tuvimos una breve respuesta “fondear en espera”. Hasta cuando… nadie sabía. Provisiones, correspondencia, agua potable, atención médica, no estaban en el programa. La Agencia Marítima, que es la representación de la empresa de los propietarios en cada puerto, para asistir el buque en esos menesteres era solo una, la oficial, es decir estatal.

La Agencia estaba totalmente rebalsada por la atención de más de cuatrocientos barcos, a lo que se sumaba una cuota de ineficiencia y despreocupación típica de un organismo de un estado sumergido en la peor burocracia y corrupción. Nigeria había finalizado en inicio de los 70 una sangrienta guerra civil y en el 75 el gobierno enfrentaba una nueva revolución.

Para la comunicación radial con el resto de los barcos en el fondeadero, a corta distancia se hacía por medio del VHF. La mayoría de los buques que formaban esa flota inactiva, contaban con viejas radios, grandes como una heladera y con no más frecuencias que 4 o 6 canales. Entonces era de suponer que las comunicaciones eran un caos total, aun en el canal 16, que es solo para emergencias.

Recurriendo a los viejos equipos de sintonía manual o telegrafía, nos fuimos enterando de las noticias. Las empresas armadoras recibían una especie de subsidio por día de espera, entonces hacían de ese sistema un buen negocio. Otros aprovechando la falta de control, vendían su carga con conocimiento de la empresa…o no. Habían convertido su buque en un supermercado flotante, particularmente los que transportaban licores, cajas de cerveza y gaseosas.

El trueque era moneda constante. En pequeñas cantidades no afectaban a la carga, entonces se podía conseguir un bolsón de papel higiénico a cambio de una caja de pescado, o dos bolsas de harina por cordero congelado. Las posibilidades eran miles, el Radio operador, traía al comedor los clasificados del día, y veíamos que truque nos interesaba.

Una mañana, a pocos días del arribo, llegó a bordo la visita de don Fernando Sanjurjo, capitán de La Cartuja, un viejo buque anclado a un par de millas, que era un transporte de la Segunda Guerra Mundial, conocido como mula manca, por su rolido particular. Este gentil hombre español acostumbraba a bajar su bote salvavidas cada tanto y visitar a cualquier buque de habla hispana. Esa mañana apareció prolijamente vestido con una botella de brandy Viejo Veterano Osborne. Su presencia produjo una revolución en la camareta.

Tanto el Capitán como los oficiales lo bombardeamos a preguntas. Llevaba más de tres años haciendo de viaje desde el puerto de La Coruña a Lagos. Su espera más larga no había sido mayor a dos meses, gracias a la provisión de Brandy que su empresa acostumbraba a entregarle al Capitán de Puerto. Este último personaje reunía todos los vicios y defectos de la raza humana. Pero era quien disponía que un buque tomara puerto o siguiera esperando fondeado por tiempo indeterminado.

Gracias a don Fernando supimos donde se conseguía cerveza holandesa, carne de cordero australiana, cigarrillos turcos, latas de galletitas de Dinamarca y un centenar de posibilidades. También don Sanjurjo nos asesoró que se podía ir a la playa, aun sin autorización oficial. La playa se llenaba con varios centenares de tripulantes de todas las nacionalidades. Todos los días se organizaban partidos de fútbol entre tripulaciones, tejo playero, juego de paleta y todo lo que sirviera para divertirse y apostar. Obviamente el único medio de bajar a la playa era la embarcación propia.

Otra novedad interesante fue la posibilidad de conseguir algo de provisiones en la misma playa. Algunos lugareños traían sus productos, generalmente frutas y verduras o carne ovina, que se podían conseguir con precios relativamente accesibles, pese a la demanda. También nos advirtió que era muy poco aconsejable alejarse de la playa, ya que hacia el interior era casi todo pantano, y sin conocer el lugar, tratar de llegar a la ciudad, era una aventura muy peligrosa. Finalmente nos advirtió sobre Makoko la ciudad flotante de Lagos.

̶ Cuando llegan a Lagos al pasar el tercer puente, navegando con la lancha arribaran a esta ciudad erigida sobre pilotes en el mar. Tengan en cuenta que los pobladores de esa Venecia del subdesarrollo no sienten ningún tipo de respeto por las autoridades. Viven en la miseria más extrema como consecuencia de la guerra civil, y de la indolencia de las autoridades. No existe ley y mucho menos el orden en Makoko ̶ Nos advirtió el capitán Sanjurjo.

Dicho esto, me quedó dando vueltas en la cabeza conocer ese lugar único en el mundo. Le pregunté cómo comunicarnos con la gente del lugar

̶ Mire, la gente de esta zona hablan el yoruba que es ininteligible, lo más educados hablan inglés que es el idioma oficial ̶ Me desasnó el marino español.

En un principio el Capitán, pese a la insistencia de todos los tripulantes, estuvo muy renuente a permitir que se bajara el bote. Era uno de los artículos más importantes para la seguridad y no debía usarse más que para un caso realmente extremo. Sin embargo, a medida que las semanas pasaban, comenzó a negarse con menos convicción, hasta que un día hablando con el cocinero que ya no sabía cómo dibujar el menú, a base de papa y del pescado que sacábamos de la carga, aceptó que podría permitir una salida siempre que sirviera para conseguir algo de variedad para las comidas.

Finalmente se produjo lo esperado, una mañana el Primer Oficial nos informó que se autorizaba una salida semanal de media tripulación de modo de ir rotando, y condicionado a la posibilidad de comprar algo de frutas, verdura o cualquier alimento que fuese novedoso a la dieta existente. Por supuesto que yo hice valer mi condición de oficial para salir en todos los viajes. El Primero era un tipo muy quedado y no le molestaba que yo me fuera, lo que significaba quedarse él de guardia.

Las salidas fueron un éxito tal que, hasta el mismo Capitán bajó un día y disfrutó de la playa. Desembarcó con unos hierros de golf y varias pelotitas, para despuntar el vicio.

En poco tiempo aumentamos la frecuencia a dos viajes por semana ya que mejoraba el estado de ánimo y ni hablar de la comida en la que aparecieron cítricos, banas y frutos de la región, todo era una fiesta, hasta que llegó el problema… se acabó la plata.

El buque no tenía caja, más que para el pago de la divisa en concepto de viatico, lo cual no era tanto y los tripulantes normalmente cuentan solo con eso para moverse en los puertos. Los dólares de la divisa se habían acabado y la caja del buque estaba en cero. Ya habían surgido varias ideas, y de ellas la más aceptable era la posibilidad de un canje, cajas de pescado congelado de nuestra carga por mercaderías .

Ya habíamos hecho un par de trueques en especial con los españoles que todo lo que sea pescado vale, aunque para ser sinceros, el pescado del Aremar, no era lo que se dice una delicia. Se trataba de un jurel entero del norte de Chile, sin eviscerar de no más de 100 gramos por pieza, que tenía más espinas que carne. Pero para los nativos no parecía ser un problema, tenían a la venta unos pescaditos tipo sardinas que, con 40 grados de temperatura, presentaban sobre unos chapones gruesos de hierro puestos al sol, salados despedían un olor fuerte poco agradable, pero lo comían.

En una de mis visitas a la playa conocí a una mujer difícil de describir. ¡como describirte su belleza!, era una verdadera diosa de ébano, o por lo menos yo la veía así, quizás por los días de ausencia de puerto. También colaboraba en mi juicio positivo su desnudez, usaba únicamente un taparrabos y dejaba a la vista sus pechos firmes y proporcionados. Su nombre era Glélé. Era muy difícil adivinar su edad.

Afortunadamente hablaba inglés mejor que el mío. Su segundo idioma era el yoruba. Sin embargo ella pertenecía a una etnia diferente, los Damohey. Ellos fueron los señores de esta área de África hasta el siglo XVIII. Se distinguieron por su ejército de mujeres soldado, las amazonas negras. Gléglé se consideraba a si misma una amazona, pero no era virgen como se obligaba a las mujeres guerreras, ni cumplía con el celibato.

Desde el primer día en la playa, nos metimos juntos y abrazados al mar, ella se despojó de su taparrabos y yo de mi malla bermuda, lo que hice con bastante dificultad, por el oleaje, que, si bien era suave, me hacía perder el equilibrio.

Te juro Daniel que fue un acto sexual que disfruté intensamente, ella difundía calor y su olor de hembra se mezclaba con el del mar. El día de hoy me estremezco cuando te lo cuento. Así fueron pasando los días, y yo me anotaba en todas las idas a la playa, donde me esperaba Glélé. Ella llevaba frutos y verduras y yo me despojaba de mis bienes personales. Comencé por canjearle elementos de aseo y terminé regalándole un reloj pulsera y una cadenita de oro que había comprado en Iquique para una novia argentina, de la cual ya me había olvidado.

Un día apareció en la playa acompañada por un supuesto negociante que por su aspecto era más para escaparle que para hacer una transacción, vestido solo con un pantalón recortado, un pañuelo a la cabeza y descalzo (pese que la arena de la playa estaba infernalmente caliente). Con más de un metro noventa y hablando en voz muy alta, casi gritando, en un inglés que podía entenderse aceptablemente. Glélé me dijo que era su tío y que quería hacer una transacción

̶ Cambio, kilo por kilo ̶ repetía ̶ Caja de pescado por cesta de naranja, caja de pescado por cesta de plátano, caja de pescado por cesta de …. – Y el tío seguía agregando frutas y verduras que yo nunca había escuchado nombrar.

Cuando llegué a bordo conté la historia con un entusiasmo casi infantil frente a todos los oficiales y la mirada seria del capitán. éste lo analizó pensando un rato en silencio, hasta que finalmente se convenció.

̶ está bien, llévele un par de cajas a la playa y haga la prueba ̶ fue su decisión.

̶ Pero… hay un tema capitán ̶ me animé a aclararle ̶ el trueque no es en la playa, es entrando por la ría a la ciudad flotante de Makoko, son unas cuantas millas y en lo que refiere a la cantidad hablamos de 40 o 50 cajas. ̶ Fui aclarando temeroso de la reacción del Capí

̶ Cómo? Usted piensa meterse aguas adentro, pasar los puentes con la lancha cargada con una tonelada de pescado de la carga para hacer un cambio con un hombre que le dice que le va a dar lo mismo en fruta, verdura, pollo y cerdo o lo que sea. Juancho… usted es un suicida o está loco ̶ Fue el juicio del capitán y creo que no estaba muy equivocado.

Yo defendía la idea convencido que era una buena posibilidad, ya que, para el barco cargado con once mil toneladas, solo el roto al fin de la descarga, supera lejos diez veces esa cantidad, y pensaba que, para el comerciante negro era también un buen trato ya que el precio pescado siempre sería mucho mejor que cualquier fruta o verdura local. Además, pensaba que mientras se hacia el trueque, con la mano de obra de marineros y aborígenes yo estaría con Glélé, jugueteando amorosamente.

En un rapto de lucidez recordé los comentarios de don Fernando Sanjurjo. O yo estaba loco, o era un suicida. Meterme por canales desconocidos, quien me garantizaba que con quienes iba a canjear no fueran ladrones que me quitarían la carga, o peor aún la vida y el honor previamente.

Por eso no supe si alegrarme o lamentar cuando el Capitán luego de pensar otro largo rato, largó de una

̶ ¡Está bien, vaya si quiere, pero solo con 25 cajas! ¡Si sale bien se manda otro viajecito, pero, cuidado! quede claro que fue una idea suya, y que no lo agarren los milicos porque yo no me entero de nada. Ah, busque al menos dos de cubierta y un maquinista para que lo acompañen.

A nadie le extrañó la postura del Capitán, eran actitudes bastante comunes en él.

Luego de la reunión varios tripulantes se me acercaron, ̶ piénselo bien ̶ decían ̶ es un riesgo gratis y nadie te obliga a correrlo, ni siquiera cuentas con el aval del Capi

Quienes así me aconsejaban, no solo trataban de persuadirme, sino que también indicaban claramente: No cuentes conmigo, esta locura es tuya.

Y llegó el día. El arreglo era claro, debíamos zapar con la lancha del barco después de las cuatro de la tarde, para evitar que el calor descongelara el pescado. De ese modo también suponía regresar antes de que llegue totalmente la noche. Igualmente, si oscurecía y aun no llegábamos se encenderían 2 luces rojas todo horizonte en línea vertical en el lugar más visible, para facilitar la ubicación entre todos los barcos. Por su parte, según Glélé los isleños tendrían todas las cajas listas para el canje.

Zarpamos con la lancha, yo al timón y a mi lado el Contramaestre, un voluntario medio por la fuerza porque el mismo capitán le había hecho entender que “sin huevos no hay omelete, no hay mayonesa ni hay contramaestre”.

El proel era el Gordo Núñez, marinero compañero de mis guardias. No venía por valiente, ni estaba presionado, lo hacía porque ni se había dado cuenta del riesgo. Pensaba que era como un paseo a tierra, su evaluación del riesgo eran las de un niño de diez años. Ahora sentado en la proa se sometía a las salpicaduras refrescantes del mar, iba como un cachorro asomado a la ventanilla de un automovil. El maquinista, había sido voluntariado por el Jefe de Máquinas, por cabrón y mal llevado. Nunca había sido promovido de su trabajo como engrasador, a pesar del tiempo embarcado en la empresa. Hizo todo el viaje maldiciendo su suerte.

Teóricamente el trayecto iba a ser de un par de horas, pero el capitán el día anterior, fiel a su coraje, había cambiado el fondeadero cinco millas mar afuera. Le habían informado que varios barcos más próximos a la entrada del puerto habían sufrido actos de piratería. Nada de mucha importancia, generalmente rapiña en los pañoles de proa. Los ladrones trepaban por la cadena del ancla y rompían los candados de los pañoles de proa para llevarse cabos de amarre, latas de pintura o algunas herramientas.

Pero ya estábamos aproximadamente a dos millas de la boca del canal, así que repasé la indicación que me había dado por escrito Glélé: “Makoko is a across the 3rd Mainland Bridge, when you cross under the bridge you will see the light of a flashlight from the first paraffite”.

Así que navegamos hacia el puente Mainland ayudados por el cuarterón del puerto que me había traído de la mesa de cartas náuticas, atentos a las señales que nos pudieran hacer de tierra.

Cuando cruzamos bajo el puente vimos la luz de una linterna fuerte y distinguí a quien pensé era el gigante de la playa. Al acercarnos gritó:

̶No hay muelle, hay muchas casas, verás una bandera amarilla y una verde atraca ahí. Te estarán esperando.

Eran casi las ocho de la noche cuando llegamos a la rada externa del puerto. Una vez pasado bajo el puente, los prismáticos me permitían ver gracias a la luz de unas antorchas las dos banderas del aviso, asi que empecé a impartir órdenes:

̶ Hay alguien haciendo señas, vamos a navegar por el canal estrecho que se abre entre las casas que aparentemente se afirman con postes sobre el mar, estén atentos. Vos Núñez con el bichero en proa, usted contramaestre prepare el bate de béisbol por las dudas haya que ablandar alguna cabeza.

El hombre que esperaba, y que tenía clara la maniobra, no era el mismo grandote de la playa y para peor hablaba muy poco inglés solo yoruba. Al atracarnos mientras sostenía la boza para que el bote no se abriera, gritaba palabras ininteligibles hacia las casas. Sorpresivamente comenzaron a salir hombres del rancherío y se acercaban sin mucho apuro.

A medida que aparecían, nuestra calma comenzó a entrar en crisis. Eran los All Blacks completos, con suplentes incluidos, pero sin la camiseta negra estaban desnudos. Más de 20 nativos, con solo un pantalón corto o una manta a modo de taparrabos, comenzaron a tomar las cajas de pescado congelado del bote mientras yo preguntaba por mi Glélé a cada uno de ellos, esperando que entendieran algo de inglés, sin mucha suerte. Por señas el jefe del grupo de portadores dio a entender que lo siguiéramos.

̶ La feria está aquí cerca y ahí tienen las cajas de comida que vinimos a buscar. Uno se queda cuidando el bote, y los otros dos vienen conmigo… ̶ dije, mirando a la tripulación del bote como si yo la tuviera clara.

̶ Yo me quedo cuidando el bote- Interrumpió el contramaestre casi gritando. El pobre marinero Núñez se quedó mirando al Contra como un niño que le han quitado un caramelo. Resignadamente me siguió a distancia. El maquinista se escudó tras la caja del motor y se quedó a bordo.

Maldije al engrasador cobarde y seguí al resto de los negros con Núñez a mis espaldas.Debiamos ir en fila india por lo estrecho de las vereda,choza de un lado pantano del otro. Todos los portadores llevaban una caja de pescado en la cabeza y algunos dos.

̶ Quédate tranquilo Núñez, el canibalismo entre las etnias de Nigeria, es un porcentaje muy bajo ̶ quise hacerme el gracioso para despejar los nervios. La cara de Núñez mirándome primero y luego mirando hacia el bote, me hizo temer que se fuera a escapar. Por qué no nos habrá acompañado el engrasador, así por lo menos era uno más a defendernos antes de que nos comieran.

De golpe comenzamos a sentir más voces. – Hello ayo!! Hello ayo!! Eran voces femeninas. Efectivamente, media docena de mujeres algunas, con niños en brazos, con curiosidad nos recibían y nos miraban con sus brillantes sonrisas, mientras repetían su estribillo –hello ayo, hello ayo. Paso seguido empezaron los pellizcos a nuestra blanca carne.

Para darme animo le dije a Núñez, quien también sufría el acoso de las mujeres ̶ ¿Entiende el yoruba Núñez? Hello ayo! quiere decir, llegó la cena y todas lo miran a usted.

Por la cara de mi compañero me di cuenta que no fue un comentario afortunado. Núñez contraatacó a medida que le volvía la circulación de sangre al cuerpo.

–No jefe, hello ayo! quiere decir ¡Gordito ven a mi choza! ̶ Se desquitó sabiendo mi obstinación por Glélé. La comitiva de recepción fue aumentando, pronto se sumaron otras mujeres y cerca de medio centenar de chiquilines de todas las edades que correteaban sin dejar de mirarnos.

Finalmente llegamos a una especie de gran plaza flotante rodeada de unas construcciones donde abundaba los puntales de madera y techos bajos de chapa, muchos no admitían una persona de pie. Sin paredes, aparentemente solo servían para protegerse de la abundante lluvia. En el piso unas dobles hileras de canastos estaban cargados de frutas y verduras que debíamos elegir para que nos llevaran a bordo.

Entonces apareció el grandote de la playa, era una especie de jefe o posiblemente el contratista porque daba todas las directivas. Hizo separar los canastos que yo elegía, y luego cargarlos hacia el bote. Los canastos estaban hechos con hojas de palma tan fuertemente tejida, que soportaba mucho más que los 20 kilos que decía el grandote que contenía, y eran descartables. Diariamente las mujeres del poblado reponían los perdidos o rotos confeccionando cientos de ellos con hojas de una palma baja que crece naturalmente en el pantano.

Cuando terminamos con la maniobra de los canastos ya había oscurecido totalmente, solo las antorchas nos daban iluminación para regresar. El grandote me dijo que Glélé me esperaba en una de las chozas, la cual me indicó con el dedo indice. Tras un estruendoso relámpago comenzó a llover fuertemente.

Mi ansiedad y sangre caliente me llevó a encaminarme hacia la choza, acompañado del coro de mujeres que decían Hello Ayo y me toqueteaban. Cuando llegamos, me dió la impresión de entrar en un templo, y así era.

El culto de los Yorubas se llama Egúngún que es una parte de la mitología yoruba. En la tradición Orisha y la adoración de los antepasados, el Egúngún representa el espíritu colectivo de los antepasados y una Yetunde es la madre ha regresado, pero atención que puede traer luz o ser un demonio. Igual ellos adoran a sus deidades inclusive las diabólicas, no discriminan el bien del mal. Y Glélé mi enamorada era un demonio, ya no me cabe duda.

Cuando entré a la choza había un grupo grande de mujeres cantando. Una se me acercó y me obligó a beber una bebida espesa de sabor muy fuerte, luego todo empezó a dar vueltas. Las mujeres me fueron llevando hasta el lecho de paja sobre la que estaba Glélé totalmente desnuda y gimiendo, sus ojos en blanco. A partir de ahí todos mis recuerdos son confusos y se mezcla un inmenso goce físico con imágenes demoniacas muy fuertes. Evidentemente el hecho de copular con esa sacerdotisa o diablo era parte de alguna ceremonia esotérica.

Cuando recuperé la conciencia estaba en el piso de nuestro bote, desnudo y rodeado de los canastos de fruta y verduras. Yo deliraba. Núñez que resultó ser más pícaro que cómo yo lo había evaluado, se mantuvo a distancia y cuando vio lo que ocurría en el templo, pensó sabiamente que, terminada la ceremonia, me convertirían en víctima propiciatoria. Aprovechando la poca luz tomó una de las antorchas que iluminaban la choza y prendió fuego a la paja, que ardió rápidamente. En el desborde que se provocó entre las mujeres que corrían y los hombres que acudían a apagar el fuego con baldes de agua, aprovechó para rescatarme, me cargó al hombro y corrió hasta al bote, donde esperaban el contramaestre y el maquinista. Hecho esto zarparon rápidamente. Me había salvado.

Cuando llegamos a bordo yo estaba afiebrado así que me atendió el enfermero y me medicó. Pasé dos días en ese estado. El capitán no quiso desembarcarme por temor al escándalo que explotaría por lo ocurrido. Dicen que el primer día intenté tirarme al agua. Yo no recuerdo nada.

Lo que sí ocurrió es que se terminaron las excursiones a la playa y el trueque continuó entre barcos únicamente. Treinta días después tomamos puerto, descargamos y regresamos a Buenos Aires. Yo me desembarqué y traté de olvidarme de lo ocurrido. Pero sabes que Daniel, sigo pensando que me acosté con el diablo. Al final de cuentas cada uno elige su infierno.

Yo estaba tan impresionado con la narración que no ingerí bocado del almuerzo, ̶ ¿Juancho supiste alguna vez que significaba Hello Ayo?. Fue lo único que atiné a preguntar

Me miró con cara de incrédulo y dijo ̶ ¿qué importancia tiene eso? después de lo que te he contado….

̶ Ninguna Juancho ̶ Le dije avergonzado, mi amigo tenía razón. (CAP. DANIEL MOLINA CARRANZA) #NUESTROMAR

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