En una cena realizada en el peor momento de la turbulencia y el clima sombrío para la industria automotriz en Estados Unidos y Europa, un ejecutivo petrolero le dijo a un colega de una compañía fabricante de autos que era su sector, y no el automotriz, el que luchaba por su supervivencia.
En una cena realizada en el peor momento de la turbulencia y el clima sombrío para la industria automotriz en Estados Unidos y Europa, un ejecutivo petrolero le dijo a un colega de una compañía fabricante de autos que era su sector, y no el automotriz, el que luchaba por su supervivencia.
Su argumento era que la preocupación por el cambio climático estaba haciendo que la gente se pusiera más en contra del combustible que mueve a los vehículos que de los vehículos en sí. Esto sugiere que los productores de autos deben aprender a cambiar con la época, mientras los productores de petróleo no tienen otra opción que bajar los brazos y abandonar el juego.
La situación de ambas industrias desde que empezó la desaceleración global parece decir lo contrario. Mientras las automotrices recibieron más de US$ 100.000 millones en rescates gubernamentales, y muchas luchan por sobrevivir, hasta ahora las grandes petroleras se las han arreglado para mantener sus presupuestos de inversión relativamente sin cambios, aunque algunas han tenido que recortar costos y personal.
Sin embargo, a medida que el mundo se pone serio en lo que respecta al cambio climático, la industria del petróleo y el gas tiene por delante un camino realmente más difícil, opinó Bruce Duguid, titular del área de compromiso inversionista del Carbon Trust, una firma independiente establecida con asistencia del gobierno del Reino Unido para ayudar a las empresas a reducir la intensidad de la emisión de carbono. Según Duguid, mientras la industria automotriz debe reinventarse a sí misma, la petrolera enfrenta una caída fundamental en la demanda de sus productos.
Los científicos han llegado a la conclusión de que, para evitar los peores efectos del cambio climático, el mundo debe asegurar que la concentración en la atmósfera de las emanaciones de carbono no suba por encima de las 550 partes por millón (ppm) y, posiblemente, incluso mantenerla en un máximo de 450 ppm. Esto significa que las emisiones necesitarían alcanzar su techo en el año 2020 y después caer rápidamente.
Esto no es un buen augurio para el consumo de petróleo y gas, que da cuenta de 30% de las emisiones mundiales de dióxido de carbono y 60% de las emanaciones causadas por los hidrocarburos (el carbón es el otro gran culpable). El Carbon Trust estima que la producción petrolera tendrá que alcanzar su techo en 2015 y la producción de gas natural en el año 2030 para que el mundo enfrente el desafío en materia de cambio climático.
Christophe de Margerie, CEO de Total de Francia, coincide en que la producción de petróleo llegará a su techo alrededor de la mitad de la década, pero su análisis se basa en el convencimiento de que políticas como el aislacionismo de Irán, la violencia en Nigeria, el populismo en Venezuela y la incertidumbre en Irak limitará el acceso de las energéticas a los recursos de esos países ricos en petróleo, obstruyendo su capacidad de recurrir a suficientes yacimientos nuevos como para compensar la declinante producción en los viejos.
En general, el resto de la industria no está de acuerdo porque considera que las petroleras continuarán logrando el tipo de innovación tecnológica que les permitió perforar a través de la espesa capa de sal en los vastos yacimientos en aguas profundas en la costa brasileña. Sin embargo, esta idea choca con la postura de los activistas ambientales, ya que estos nuevos yacimientos suelen ser mucho más dañinos para el medio ambiente que los que ya están en desarrollo. Las arenas bituminosas de Canadá son un ejemplo especialmente irritante para los ambientalistas porque la tarea de extraer la brea de las arenas demanda más energía, es sucia y produce más emisiones de dióxido de carbono que los métodos más convencionales de extracción de petróleo. Pero hasta la extracción convencional se ha vuelto más carbono intensiva. Como ya se han explotado los yacimientos de petróleo fácil de refinar, el crudo que ahora llega al mercado es cada vez más pesado, con una huella de carbono mayor. Si los ambientalistas tienen razón y la regulación aleja a la gente de los vehículos que consumen mucho combustible y las lleva a optar por los autos eléctricos, compañías como Royal Dutch Shell, que están muy involucradas en la explotación de las arenas canadienses, van a sufrir el impacto.
Otras empresas que probablemente resultarán afectadas son las que tienen grandes operaciones de refinación. Las que tengan más inversiones en gas que en petróleo se perjudicarán menos, especialmente en la etapa inicial. Esto es así porque la refinación deja una huella de carbono relativamente grande, mientras la extracción y el uso de gas emite menos carbono.
Carbon Trust estima que las empresas refinadoras podrían perder hasta 30% de su valor de mercado a medida que la demanda de nafta y otros derivados declina y la regulación le ponga precio a las emanaciones de carbono, que es algo que se está debatiendo en EE.UU.
Seis sectores por sí solos -el automotriz, el del petróleo y el gas, el del aluminio, el cervecero, el de aislación de edificios y el de electrodomésticos podrían potencialmente perder hasta US$ 7 billones en capitalización de mercado si el mundo realmente opta por una vía más sustentable, dijo el Carbon Trust.
El clima que predomine en la reunión de diciembre en Copenhague será importante para decidir si los comentarios del ejecutivo petrolero en la cena eran correctos y los inversionistas están muy equivocados, o si el escepticismo de los inversionistas con respecto a la posibilidad de grandes cambios es razonable, dada la dificultad de aprobar normas de regulación globales para combatir el cambio climático.
Por Carola Hoyos / Financial Times
07/11/09
DIARIO FINANCIERO – CHILE
