Cuento: “El Albatros Real” (DANIEL MOLINA CARRANZA)

Cuento: “El Albatros Real” (DANIEL MOLINA CARRANZA)

El pasado 19 de junio se celebró por primera el Día Mundial de los Albatros. El objetivo de este día es honrar a estas aves y concientizar sobre la actual crisis de conservación de la especie. Los albatros pasan la mayor parte del tiempo en el mar y recorren largas distancias. En este cuento escrito por nuestro colaborador el Capitán Molina Carranza, un marino patagónico que ama la naturaleza y las aves marinas, a lo largo de su vida tiene varios encuentros con albatros, pero uno es decisorio de su destino…

Nací en Puerto Deseado, Provincia de Santa Cruz. Mi pueblo no es muy grande, pero está bendecido por una geografía especial que atesora una fauna extraordinaria, factores que movilizan a los turistas a conocerlo. Es un puerto ubicado en la parte norte de la Ría de Deseado. El mar la invade, desde hace millones de años cuando dejó de recibir las aguas del rio Santa Cruz, penetrando unos 40 km sobre lo que fuera el lecho del río.

De niño me deleitaba navegarla con mi padre, que era pescador. Lo hacíamos en su lancha de madera movida por un viejo motor Mercedes Benz. En esos paseos náuticos él tenía como costumbre parar el motor, dejando que la embarcación derivara con la corriente, para que, en el silencio logrado pudiéramos conversar y enseñarme lo que él sabía sobre la naturaleza del lugar, en especial hablarme de las aves locales, que era lo que más me gustaba.

Me mostraba como en los acantilados de la margen sur de la ría, anidan hasta cinco especies distintas de cormoranes, desde el simple Biguá hasta la rara especie de ojos azules. Más allá en las muchas islas que salpican el curso de agua viven aves ostreras, que cuando vuelan dejan caer los mejillones desde la altura, para romper la cáscara y poder comerlos.

Penetrando en la ría empujados por la marea creciente, avistábamos los pingüinos magallánicos y los de penacho amarillo, numerosas colonias de gaviotas cocineras que anidan en ambas márgenes.

En el silencio de la tarde cuando el viento era nulo y la corriente de marea había parado por la estoa, podíamos ver a los patos vapor desplazándose sobre la superficie del mar y levantando esa cortina de agua en forma de espuma que les da su nombre.

Desde esa época de niño y gracias a la paciencia de mi padre me atrajo la observación de las aves. En el invierno arribaban las palomas antárticas de un plumaje blanco impoluto que recreaban la vista. A la salida del colegio primario me apresuraba para ir corriendo al muelle de Don Ramón para poder observarlas y pasaba largo rato mirándolas, sin tener en cuenta el frio de la época, que al lado del mar suele ser muy duro.

Cuando terminé los estudios secundarios me embarqué en los pesqueros costeros los que se llaman amarillos, con la idea de navegar suficientes millas para después poder presentarme al ingreso en la Escuela de Pesca en Mar del Plata, la cual me ofrecía alojamiento por ser originario de una zona alejada. Entendía que para poder salir al mar abierto era necesario estudiar navegación independientemente del conocimiento sobre artes de pesca, y era en esa Escuela donde me iban a enseñar.

Desde que formé el hábito de la lectura mis libros preferidos eran los que relataban la vida de los de los navegantes, los pescadores y los cazadores de mamíferos marinos. Mi héroe preferido era Don Luis Piedrabuena, por eso leí con pasión los libros de Arnoldo Canclini, Entraigas , Alvarez Font y cuantos escribieron sobre él, su epopeya.  Quería ser como Piedrabuena un caballero del mar y quizás algún día construir mi propio cúter como el Luisito y navegar toda la costa patagónica.

También me interesaban los libros sobre aves y peces patagónicos, a punto tal de hacerme tambalear la vocación pescadora, que, si no hubiera sido porque el deseo de hacerme a la mar y la posibilidad de ganar buena plata, que fue más fuerte, quizás mi destino fuera otro. 

Cuando obtuve en la Escuela el título de patrón, decidí tomarme un año sabático de estudios y embarcarme en barcos pesqueros de altura e incluso de ser necesario lo hubiera hecho en buques factorías para poder navegar altamar. Como la vida es una sumatoria de casualidades y oportunidades, tuve la suerte de que estando en Deseado tomó puerto uno de los barcos del Instituto de Investigaciones Pesqueras. Su destino era al mar austral, pero la enfermedad del segundo oficial los obligó a recalar en Deseado. La enfermedad no era nada importante a Dios gracias, pero lo suficiente para impedirle seguir navegando. El jefe de puerto amigo de mi familia conocedor de mis deseos le ofreció al Capitán embarcarme en su lugar, dado que yo estaba disponible y tenía el título y la capacidad para hacer el relevo.

El barco estaba realizando una campaña de investigación del fondo marino en el Banco Burdwood, frente a la Isla de los Estados. De poder embarcarme se cumplirían dos de mis sueños, navegar el mar austral y visitar la Isla de los Estados, ese pedazo de patria que había pertenecido a don Luis Piedrabuena y que la familia donó al Estado Nacional.

El capitán del buque de investigación aceptó de buen grado la propuesta del jefe de puerto y me embarqué. Armé mi bolso con la ropa más abrigada que tenía en casa.

Un cortejo familiar me acompañó hasta el muelle para despedirme. Para mayor de mis bienes a bordo estaban embarcadas dos biólogas del Instituto Antártico que se desempeñaban como observadoras de aves marinas. Eso me aseguraba aprender sobre las aves marinas del Atlántico Sur, además de disfrutar de compañía femenina. En esa época no era habitual las mujeres a bordo y yo era un marino sin compromiso.

Asi fue que zarpamos a la zona de trabajo. Durante la navegación, cuando no estaba de guardia colaboraba con las observadoras anotando en una libreta lo que me dictaban sobre el número, especie y características de las aves. Así aprendí de la existencia del petrel de pico grande, el petrel gigante, las pardelas pardas, gaviotas cocineras de gaviotín antártico y de los albatros.

Cuando debimos hacer una arribada forzosa a Isla de los Estados porque presumíamos haber enganchado el eje de la hélice, navegamos a un área resguardada de la costa de la Isla que se llama San Juan de Salvamento en el extremo este de la Isla. En la navegación cruzamos muy cerca de las famosas Tide Ripes que son olas de cruce corrientes de marea,el mar parece en ebullición.

San Juan de Salvamento es un excelente puerto natural, donde se encontraba el Faro del Fin del Mundo, recreado por Julio Verne. en sus novelas. En ese momento estaba destruido y años después se reconstruyó. El capitán apreció que fondeados en esas aguas tranquilas íbamos a poder trabajar más seguro para liberar la hélice.

Como yo era el único buzo a bordo (había hecho el curso de buzo de borda en la Base de Mar del Plata) debí bajar con un traje de neoprene húmedo, que me hizo sentir como algún antepasado esquimal por el frío que sufrí. Finalmente pude desenredar fácilmente el eje, porque lo que había enganchado era simplemente cachiyuyos, que con el cuchillo de buceo se cortó fácilmente.

En premio por mi labor el capitán me permitió desembarcar en el bote Zodiac a la costa, así que invité a Sara y Amelia, las dos observadoras de aves. El premio fue enorme para los tres, porque la vegetación en esa parte de la isla es muy verde y densa, los chorrillos de agua que caen al mar son realmente bellos. En la playa encontramos nidos de aves, algunos de albatros, que son difíciles de encontrar porque anidan en lugares desolados. Ente esos nidos encontramos uno de Albatros Real. Ese fue mi primer contacto con esta especie.

Es un ave marina enorme que puede medir más de tres metros de envergadura de alas y posee una gran capacidad de volar y recorrer enormes distancias sin esfuerzo alguno. Es normal que nidifiquen en islas casi desiertas. Las chicas me contaron que son monógamos y que la pareja divide el esfuerzo del trabajo de cría. Si el macho llega a morir, otra hembra lo reemplaza para ayudar a mantener a los polluelos. Son aves longevas y pueden vivir 70 años.

Recorrimos lo que queda del cementerio de San Juan, que equivocadamente pensé que era el del tétrico presidio que existió en la isla. Después averigüé que el lugar físico del presidio y cementerio era Puerto Cook. En fin, pasé un día maravilloso, bien acompañado y aprendiendo mucho sobre aves y fauna.

A la tarde regresamos al barco y permanecimos en el fondeadero toda la noche para disfrutar de un merecido descanso. A la mañana siguiente zarpamos nuevamente al banco Burdwood a sondar profundidades y extraer muestras del fondo. Es en ese lugar donde se forma el banco de corales fríos más importante del mundo.

En los minutos libres iba al laboratorio donde estaban muestreando, con el interés de aprender. Yo sabía que barcos arrastreros japoneses habían arrastrado cadenas por el fondo destrozando los corales con el único fin de poder luego arrastrar sus redes por el Banco.

Con las dos biólogas ya éramos compinches y disfrutaba verlas. Pasaban buena parte del día enfundadas en pesados anoraks azules encapuchadas por el frío y con los binoculares mirando las aves. Hasta que un día apareció planeando sobre el mar un enorme albatros real que daba la impresión que con la punta de sus alas quería dejar un surco en la superficie del agua. Fue aparecer esta enorme ave para que las otras, albatros y petreles que continuamente seguía la estela del barco esperando atrapar algo de la comida que se tiraba por la borda, levantaran vuelo en señal de respeto del gigante solitario que había aparecido. El albatros real no se acercó a nosotros. Estaba solo, seguramente la pareja quedaba en el nido.

Después de esa experiencia empecé a investigar sobre esta ave. Lo que me llevo a libros de mitología griega y relatos de los marinos con los que navegué. Así aprendí que hay albatros errantes, reales y comunes, su nombre latino Diomedea, se lo deben a Diomedes, un héroe griego conocido por la fidelidad a su esposa, que durante la guerra de Troya, donde se mezclaron humanos y dioses, junto a Ulises habían sido los encargados de buscar a Aquiles en la isla de Esciro para combatir luego juntos. Diomedes fue uno de los guerreros que entraron a Troya escondidos en el caballo de madera. Si bien peleaba en tierra era un marino que aportó muchas naves al ejército, pero cometió un grave error ofendiendo a la diosa Afrodita al vencerla en combate. Afrodita, convertida en la bruja cobró caro su ofensa convirtiéndolo junto con sus marinos en aves marinas, los albatros. Por todo esto entre la gente de mar se piensa que los albatros son aves de buen augurio y el hecho de matar o dañarlas podría significar un desastre o una desgracia para quien lo haga, puesto que se supone que contienen las almas de los marinos muertos en el mar.

Los años pasaron, yo también fui madurando, viviendo siempre entre barcos que buscaba operaran desde Puerto Deseado para estar cerca de mis seres queridos. Me casé tuve varios hijos y construí mi casa sobre una peña elevada para tener vista del mar, como los pájaros marinos. Nunca olvidé la experiencia de haber visto ese albatros. Siempre me pregunté ¿cuantas almas volaban adentro de él?, tal cual Diomedes entró en Troya en el interior de un caballo de madera. También he visto petreles gigantes. Una vez que a un barco se le cayó un tripulante al mar, (el cual murió por hipotermia), los vi pacientes esperar su muerte para después picarlo, nosotros llegamos lamentablemente tarde. Me preguntaba ¿si caigo al mar un albatros también me atacará? Y como todo llega en la vida, tuve oportunidad de dar respuesta a mi duda

Estábamos pescando cerca del arrecife Águila en la latitud del Estrecho de Magallanes.  Mientras la gente de cubierta tomaba un descanso, y calentaba el cuerpo, yo bajé del puente a cubierta de pesca a ver como habían dejado la maniobra los marineros. Afortunadamente me puse un traje anti exposición con capacidad flotante que había comprado en Punta Arenas unos meses antes. Con temperaturas del mar cercanas a los 10 grados centígrados, si uno cae al agua tiene muy pocas posibilidades de sobrevivir con ropa común, aun con un chaleco salvavidas. El oleaje estaba fuerte y el buque cabeceaba con intensidad, me acerqué a la rampa, que no la habían cerrado pese a mi orden de hacerlo, cuando una ola me barrió literalmente de cubierta y caí al mar.

  Mi temor inicial era que nadie hubiera advertido lo ocurrido. Traté de recordar los cursos de supervivencia. mentalmente repasaba: mantener los zapatos puestos, evitar la rompiente de la ola y rezar. Ya los petreles empezaron a revolotear alrededor mío, sabía que mientras estuviera en movimiento no me iban a atacar, pero cuando apareció el albatros real, todos levantaron vuelo y él solo se acercó a mi flotando a mi lado, no hizo nada más que mirarme. Sentí que me daba fuerza.

Milagrosamente el primer oficial me había visto caer y había iniciado la maniobra de hombre al agua. Pero con ese oleaje me hubieran perdido de vista,  sino hubiera sido por el círculo de petreles en el aire, y por el imponente albatros real que se posó flotando a mi lado hasta que me rescataron.

De regreso a mi casa relaté lo ocurrido, noticia que corrió como reguero de pólvora, pero no todos me creyeron, algunos pensaron que en el delirio de la hipotermia había soñado la presencia del albatros, yo sabía que había sido muy real.

En mi casa sobre la roca que da al mar muchas tardes cuando salgo a la puesta de sol, lo veo a lo lejos volando en soledad. Nunca se acerca demasiado, pero es conocido que nunca un albatros real voló tan cerca de Puerto Deseado, Yo sé que es él.  (DANIEL MOLINA CARRANZA) #NUESTROMAR

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