La mano invisible del mercado o la visible del Estado

La inversión que puso en marcha el Astillero Río Santiago fue impulsada por el Estado. Sin Estado es imposible que se realicen tales inversiones, pues hay que financiar una inversión que cuenta con un plazo de recupero demasiado largo y resulta imprescindible, además, aportar una formación de trabajadores sumamente específica.

La inversión que puso en marcha el Astillero Río Santiago fue impulsada por el Estado. Sin Estado es imposible que se realicen tales inversiones, pues hay que financiar una inversión que cuenta con un plazo de recupero demasiado largo y resulta imprescindible, además, aportar una formación de trabajadores sumamente específica.

En proyectos de envergadura semejante, es necesario que las instituciones jueguen un rol central en lo referente a la continua modernización tecnológica que se necesita para subsistir en el mercado mundial.

Seguramente, el ARS, a pesar de ser el astillero más grande de América Latina, revela la necesidad de mejorar su funcionamiento y su productividad. Recorriendo su predio, uno no puede dejar de asombrarse de ver en funcionamiento las diferentes máquinas que datan ya de más de 4 décadas de antigüedad.

Obviamente existe alguna maquinaria con control computarizado que permite sostener el proceso de producción, pero en líneas generales se destaca que a la empresa le hace falta una modernización tecnológica relativamente importante. No obstante, el saber hacer del colectivo de trabajo permite un flujo de producción que da vida a la empresa.

Por eso, no sorprende que, en la postconvertibilidad, el ARS haya concretado varios contratos significativos. Recientemente se botó el buque “Madrisa”, un bulk currier de 27 mil toneladas de porte bruto, que constituye el cuarto de una serie de 5 buques construidos para la firma alemana Wilhem Finance Inc. Además, se está reparando la Fragata ARA Libertad, que se encuentra en el dique flotante, y que fue botada en Río Santiago en 1956.

A eso se agrega producciones secundarias, como puentes, componentes mecánicos, etc., que, aunque no representan la primera fuente de facturación, dan idea de la importancia que tiene la empresa de cara a sus posibilidades de derrames productivos en la industria.

La falta de modernización tecnológica es consecuencia de una desatención manifiesta por parte del Estado hacia sectores productivos que requieren una articulación fuerte con el sistema de educación y exigen apoyo financiero para emprender grandes proyectos.

Los defensores de las políticas de liberalización dicen que, con su privatización, la empresa funcionaría eficientemente. Sin embargo, desde otra postura, podemos sostener que el desarrollo de proyectos productivos de envergadura resulta imposible sin un plan estratégico por parte del Estado.

En un escenario mundial donde los países en desarrollo o subdesarrollados liberalizan sus mercados y los desarrollados se apropian de sus activos y de los saberes históricamente generados, las políticas activas dirigidas al sector productivo terminan siendo una herramienta fundamental para fortalecer la industria. A partir de aquí, las estrategias productivas del sector privado no se conciben sin un Estado que participe en la producción.

Es probable que una empresa privada tenga mayor eficiencia que una empresa estatal. Ahora bien, ¿cómo se construyó la empresa? Esta es la gran pregunta. La empresa se construye porque existe un saber socialmente producido previo.

Este proceso de adquisición de capacidades lleva tiempo (y ciertamente necesidades de financiamiento), y no se produce gracias a los ajustes automáticos e invisibles del mercado; en este proceso intervienen las instituciones y la mano visible del Estado. Y, como todo proceso de tales características, puede estar bien, regular o mal dirigido.

Una empresa privada responderá a la voluntad de sus propietarios y acumulará conocimientos en pos de aumentar su rentabilidad. Para mantenerse y aumentar su participación en el mercado, la empresa recogerá y desarrollará nuevas tecnologías mejorando sus productos y procesos. De lo contrario, desaparecerá.

Sin embargo, cuando una empresa es privatizada y vendida a capitales externos, los conocimientos y los desarrollos tecnológicos que mejoran el funcionamiento de la empresa son apropiados por esos actores externos dueños del capital. Los conocimientos históricamente acumulados (que pueden ser pocos o muchos pero autóctonos) son también vendidos y se desecharán de la actividad productiva que alimenta el acervo nacional de conocimientos.

En definitiva, el saber cómo producir es el activo o la riqueza fundamental con que cuentan los países para desarrollarse. El Estado no puede desentenderse de dicha cuestión. Si se privatiza y “el saber como nacional” se abandona, se abandona el tren tecnológico. En este caso, la privatización termina debilitando las capacidades nacionales para producir conocimientos, y nos alejamos entonces de las posibilidades de abandonar el subdesarrollo.

13/04/06
DIARIOHOY.NET

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