Cañones extranjeros en aguas del Plata

Durante el siglo XIX las potencias europeas tenían estaciones navales fondeadas frente a Buenos Aires y Montevideo para "velar por las vidas y bienes" de sus respectivos súbditos.

Durante el siglo XIX las potencias europeas tenían estaciones navales fondeadas frente a Buenos Aires y Montevideo para "velar por las vidas y bienes" de sus respectivos súbditos.

En un número de la revista brasileña Veja , un reportaje reflejaba la airada reacción de los ahorristas italianos frente a lo que la publicación calificó como un "calote argentino" que aprisionaba recursos destinados a garantizarles una apacible vejez. Uno de los entrevistados lanzó esta belicosa idea: "El gobierno italiano debería mandar navíos y bloquear el Río de la Plata para forzar a las autoridades argentinas a pagar lo que nos deben".

Posiblemente, el afectado Gianfranco Lucifora no supiese, al formular tamaña sugerencia, que a lo largo del siglo XIX las potencias europeas de primero y segundo orden, los Estados Unidos y aun el imperio del Brasil, contaban con estaciones navales que, compuestas por buques de guerra de diferente porte y armamento, fondeaban en las radas de Buenos Aires y Montevideo para "velar por las vidas y bienes" de sus respectivos súbditos frente a las enconadas disputas intestinas que ensangrentaban a los pueblos platenses. Por otro lado, los países que no querían ser menos en una época en que estaba a la orden del día la denominada "política de prestigio" eran capaces de vaciar sus generalmente exhaustas arcas para sostener, como lo hacían Gran Bretaña y Francia, barcos y dotaciones armadas tan lejos de sus propios territorios.

Inglaterra había desplazado buques hacia el Plata, desde Río de Janeiro, donde enarbolaba su insignia un almirante de la Royal Navy en virtud de la alianza con Portugal, antes de que se produjeran los acontecimientos de Mayo de 1810. Las simpatías del jefe de la división, comodoro Elliot, hacia las autoridades españolas encerradas en las murallas de Montevideo y en lucha con el Primer Gobierno Patrio, contrastaban con las inocultables preferencias del comandante de la Mistletoe , Robert Ramsay, hacia la política de la Junta. Sin embargo quedó claro, frente al bloqueo de Buenos Aires por parte de las naves realistas del Apostadero oriental, que antes que nada defenderían los bienes e intereses de los súbditos del Rey Jorge.

Y no sólo se dio el caso de que los británicos se ocupasen de tratar de impedir que sus connacionales se viesen afectados por las luchas interiores, sino que se prestaron a participar en la política interna. En 1830, el gobernador Juan Manuel de Rosas pidió la colaboración del capitán Tabot, del Algerine , para apresar al coronel de marina Leonardo Rosales, quien se había apoderado de la goleta Sarandí para ponerse al servicio del general Juan Lavalle en la ciudad de Paysandú. También consiguió apoyo de las goletas francesas de estación: Emulation y Etoile du Sud . Por cierto, la presencia naval y el intervencionismo de ambas potencias se acentuó años más tarde, cuando entraron en guerra abierta con la Confederación Argentina, cuyo punto más dramático fue el combate de la Vuelta de Obligado (1845).

En cuanto a la aún no unificada Italia, la estancia en el Plata de numerosos súbditos del Reino de Cerdeña dedicados, a partir de la segunda década del siglo XIX, a la navegación fluvial y a diversas actividades comerciales, impulsó al gobierno de Turín a destacar buques de guerra que tras recorrer los países sudamericanos constituyeran estaciones permanentes en los fondeaderos de Montevideo y Buenos Aires. En 1831, flamearon en las aguas del estuario las banderas de cinco naves sardas, una de las cuales, la De Geneys , permaneció con el fin de "proteger el comercio nacional y vigilar a los capitanes y marineros mercantes de aquel país", a la vez que promover la creación de consulados. A partir de entonces, distintos buques de guerra sardos se asentaron en dichas radas.

España no quiso ser menos, y al designar a su primer encargado de negocios en Montevideo (1845), remitió la vieja fragata Perla y el bergantín Héroe , con los que pensaba navegar también en aguas argentinas. Pero si el Uruguay había reanudado relaciones con Su Majestad Católica, Rosas se manifestaba reticente a hacer otro tanto. Se negó a recibir al diplomático pero aceptó que visitara Buenos Aires el buque más pequeño de la estación. Fue cuando se produjeron intentos de fuga por parte de súbditos españoles que venían sufriendo en esta ciudad malos tratos y, en no pocos casos, miseria. Los marinos hispanos los proveyeron de uniformes para hacerlos pasar por miembros de la dotación. Pero la treta fue descubierta por el ojo avizor del jefe de Policía y no hubo nuevas visitas hasta después del 3 de febrero de 1852, en que se produjo la batalla de Caseros.

La rápida huida de Rosas en un buque inglés, que dejó la defensa de la ciudad en manos de su cuñado el general Lucio Mansilla al frente de inválidos incapaces de tomar con eficacia las armas, hizo que los comandantes de las estaciones ordenaran el desembarco de marinería para controlar la Aduana, los bancos y las propiedades de los súbditos. Con sus oficiales al frente y a paso de trote, franceses, ingleses, norteamericanos y suecos ocuparon sus objetivos.

A partir de entonces, separada Buenos Aires del resto de la Confederación (11 de septiembre de 1852), las naves extranjeras navegaron por los ríos Paraná y Uruguay, siguieron de cerca y apoyaron acciones humanitarias durante la larga guerra del Paraguay y, sobre todo, participaron en diversas manifestaciones de sus respectivas colectividades, contribuyendo a la creación de instituciones culturales y asistenciales. Otro tanto ocurrió con respecto al Uruguay. Aunque no faltó el desembarco de marinería extranjera en 1880, cuando se libraron en Buenos Aires los últimos combates por resolver definitivamente la Cuestión Capital de la República.

La última actuación en masa de los buques extranjeros se produjo con motivo de la revolución del 26 de julio de 1890, cuando parte de la flota argentina, sublevada contra el gobierno, dirigió sus fuegos con poca eficacia contra distintos objetivos. Las 26 naves brasileñas, inglesas, francesas, norteamericanas y uruguayas, con una fuerza de 1600 hombres y 60 cañones, formaron la denominada Escuadra Internacional para disuadir a los insurrectos y evitar que sus compatriotas y el resto de la población sufrieran graves daños. Su acción no fue necesaria.

Hacia fines del siglo XIX y principios del XX, las estaciones navales fueron retiradas del Río de la Plata. Desde tiempo atrás no se veía con buenos ojos esa presencia tuitiva y ahora los países del Cono Sur estaban en condiciones de dar seguridad a todos sus habitantes. Los buques extranjeros vinieron con finalidades puntuales, como participar en la Revista Naval del Centenario de Mayo, adherir a celebraciones especiales o traer aspirantes a oficiales en viajes de instrucción.

A modo de corolario, y con referencia a la poco amistosa sugerencia expresada en Veja , cabe recordar que en 1902, durante la segunda presidencia de Roca, su ministro de Relaciones Exteriores Luis María Drago, frente a la intención de potencias europeas entre las que se hallaba Italia, de exigir a Venezuela el pago de unas acreencias, impuso en el derecho internacional su célebre doctrina sobre el cobro no compulsivo de la deuda pública.

Por Miguel Ángel de Marco
El autor fue presidente de la Academia Nacional de la Historia

04/03/07
LA NACION – ENFOQUES

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