Reflexiones de una historiadora
En una oda escrita en 1966 con motivo del Sesquicentenario de la Independencia, Borges afirma: "Nadie es la patria. Ni siquiera el jinete/ que, alto en el alba de una plaza desierta,/ rige un corcel de bronce por el tiempo". "Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos", insiste, "pero todos debemos/ ser dignos del antiguo juramento/ que prestaron aquellos caballeros/ de ser lo que ignoraban, argentinos."
El poeta que combinó en forma admirable la universalidad con el más entrañable argentinismo explica que ese juramento pronunciado en Tucumán nos compromete hoy a los argentinos.
Indagar en las decisiones tomadas hace 190 años, en un marco histórico tan diferente del de hoy, nos enseña que la trascendencia del Congreso no se debió al mero azar. Por el contrario, fue el fruto de una experiencia dolorosa y breve, asambleas en las que se habían puesto expectativas desmesuradas que resultaron frustradas; campañas militares que terminaron en derrotas y despertaron odios tenaces.
Los congresales que proclamaron la Independencia representaban a una vaga expresión geográfica, las Provincias Unidas de Sudamérica. Recibieron de sus distritos recomendaciones moderadas; así, puede decirse que la declaración de la Independencia resultó el corolario natural del proceso desatado en 1810 y que en ese momento parecía haber fracasado en Sudamérica, salvo en la región del Río de la Plata.
Enlas instrucciones recibidas por los representantes de Buenos Aires, el texto es conciso y acotado. La Junta confiaba en el patriotismo, la ilustración y los buenos deseos a favor de la causa pública de los diputados, elegidos en comicios en los que se votó por primera vez en la campaña, todo un adelanto en materia de representación popular.
Se les encargó que procuraran la indivisibilidad del Estado y que se deslindaran los tres poderes ejecutivo, legislativo y judicial, "de modo que jamás se confundan las funciones y atribuciones del uno con el otro". Debían asegurar la soberanía popular, las libertades individuales -principalmente la libertad de prensa- y reservar al Legislativo la iniciativa en materia de contribuciones, empréstitos o cualquier otro auxilio que necesitara el Ejecutivo. Este sería de preferencia unipersonal, para evitar la repetición de experiencias negativas (los dos Triunviratos). Se trataba de que al consolidar las ideas de Mayo en un sistema político se evitaran las arbitrariedades del poder absoluto.
Sentido patriótico
El objetivo de consolidar una autoridad centralizada, independiente, moderna y respetada no constituía sin embargo el único punto en cuestión.
Por encima de la propuesta de gobierno civil, que no llegaría a definirse bajo una forma constitucional, más allá de la coyuntura externa, de los fuertes intereses regionales en disputa y de las rivalidades personales entre "cuicos" y "abajeños", fue el sentimiento de compromiso patriótico de los diputados lo que hizo posible la declaración del Congreso y, su trascendencia histórica. Ese compromiso se expresó en la fórmula adoptada para el juramento de defender la Independencia "hasta con la vida, haberes y fama".
Sin el impulso de ese patriotismo que expresaba la actitud ética ofrecida por el pensamiento revolucionario de Mayo para sustituir a la antigua lealtad a la Corona, hubiera sido imposible llevar adelante este incipiente proyecto de nación. El mandato, traducido a la actualidad, significa, en lo político, tener el bien público como objetivo, ser honrado, constante, cuidar el buen nombre y anteponer el interés general al de los particulares y, por qué no, tener algún coraje para afrontar la adversidad. Sin este punto de partida, es difícil imaginar resultados positivos en la construcción del futuro. Porque, en palabras de Borges, "La patria, amigos, es un acto perpetuo como el perpetuo mundo".
Por María Sáenz Quesada
Para LA NACION
La autora es historiadora y subdirectora de la revista Todo es Historia.
09/07/06





